Eduardo Infante, filósofo y autor, sobre adolescentes en la era de la IA: "Tienen que saber que no pensar por sí mismos tiene un precio muy alto"

Eduardo Infante, filósofo y autor, sobre adolescentes en la era de la IA: "Tienen que saber que no pensar por sí mismos tiene un precio muy alto"

En Salvar a Sócrates (Ed. Ariel), el filósofo y autor superventas Eduardo Infante une aventuras, humor y reflexión invitando a adolescentes y mayores a pensar de forma crítica a través de un viaje en el tiempo en el que Alex y Jason, dos compañeros de clase enfrentados, tienen que salvar al maestro. 

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Como destaca el también docente, "la filosofía solo tiene sentido si sirve para pensar la vida y vivir el pensamiento". En sus redes sociales se acerca a los lectores con sus populares FiloRetos, donde plantea desafíos que exigen pararse a reflexionar y tomar partido, algo poco habitual en la era del consumo rápido de contenido que favorecen las redes sociales.

Hemos charlado con él de lo que aporta la filosofía en el mundo de la inteligencia artificial y de cómo favorecer que los adolescentes puedan ir creciendo en libertad, para ser ellos mismos, al margen de lo que se les imponga desde fuera.

Hay que enseñarles a distinguir entre sinceridad y exhibicionismo. No todo tiene que ser publicado. Ser auténtico no es exhibirlo todo, a todas horas, en todas partes, es no traicionarte en lo importante

Eduardo Infante, filósofo y escritor

¿Cuál es la mayor aportación de la filosofía a los adolescentes en la era de la IA?

La inteligencia artificial parece saberlo todo, pero depende completamente de una cosa: la calidad de la pregunta que le hagas. Si le haces una mala pregunta, te dará una mala respuesta. La filosofía enseña a preguntar bien. Porque quien formula la pregunta, marca el rumbo. En un mundo lleno de respuestas automáticas, los adolescentes que aprendan a hacer buenas preguntas no solo pensarán mejor: serán más libres.

Además, en un mundo saturado de información, la filosofía funciona como una depuradora. O más bien como una prueba de potabilidad del pensamiento: no elimina la basura, pero revela si lo que estás consumiendo –o produciendo– es intelectualmente bebible. Porque el problema no es que haya “opiniones de mierda”. Eso siempre ha existido. El problema es que hemos perdido los criterios –y la valentía– para someterlas a examen.

Por último, la inteligencia artificial puede darte respuestas en segundos, pero no puede decidir por ti qué vida merece la pena ser vivida. Ahí entra la filosofía. Su mayor aportación hoy es enseñar a los adolescentes a no delegar su criterio. A pensar por sí mismos en un entorno donde todo les empuja a no hacerlo. La filosofía no compite con la IA: la domestica. Les da algo que ningún algoritmo puede ofrecerles: criterio, sentido y responsabilidad. El futuro más cercano no será una lucha cognitiva entre humanos y máquinas, sino entre humanos que piensan y humanos que no. El verdadero peligro no es que las máquinas piensen, sino que los humanos dejemos de hacerlo. La filosofía no enseña qué pensar, enseña a no dejar que otros piensen por ti. Sin duda, Sócrates sería hoy el mayor enemigo de los algoritmos.

Eduardo Infante© Eduardo Infante
Eduardo Infante, filósofo y autor

¿Cuál es la respuesta de los jóvenes a tus #FiloRetos?

Un #FiloReto, en el fondo, es una pregunta socrática: una pregunta que no te deja salir indemne, que te obliga a elegir, a justificarte y a mirarte por dentro. No busca que aciertes, busca que pienses. Cuando les planteas un #FiloReto bien formulado –de esos que no tienen escapatoria fácil– ocurre algo interesante: primero se incomodan. Luego se implican. Y finalmente, piensan por sí mismos. Y eso es oro.

Están acostumbrados a opinar, pero no a responder de lo que opinan. A lanzar juicios rápidos, pero no a sostenerlos con razones. El #FiloReto les obliga a dar un paso más: no basta con decir lo que piensas, tienes que convencer a otros… o dejarte convencer si alguien te da mejores razones. Y ahí pasa algo importante: descubren que pensar no es repetir lo que han oído, sino exponerse. Que tener criterio no es tener razón, sino saber usarla. El problema no es que los jóvenes no quieran pensar. Es que casi nadie les escucha ni les invita a participar en nuestros diálogos.

La sorpresa es que responden mejor de lo que muchos adultos esperan. Cuando dejas de tratarlos como consumidores de contenido y los tratas como interlocutores, están a la altura. Es más, muchas veces mejor que los adultos. Y hay una razón clave: todavía no sienten sus opiniones como una extensión de su ego. Por eso están más abiertos y no se ofenden tan fácilmente cuando les cuestionas. Con muchos adultos ocurre justo lo contrario: no defienden una idea, se defienden a sí mismos. Y entonces cualquier pregunta se vive como un ataque. Por eso reaccionan a la defensiva, a veces incluso con agresividad.

Libro Salvar a Sócrates© Ed. Ariel

¿Cómo transmitir a los adolescentes la importancia de la libertad de pensamiento cuando lo diferente se castiga en redes?

Con los adolescentes hay que ser honestos. No sirve endulzarles la realidad: la libertad de pensamiento conlleva un riesgo. Pensar por tu cuenta significa exponerte. Baruch Spinoza lo entendió muy bien. Por eso sellaba sus cartas –las redes sociales de su época– con una rosa y una palabra: caute, “peligro”. La rosa simboliza la libertad de pensamiento, a todos nos atrae, todos queremos ser libres. Pero toda rosa tiene espinas. Pensar libremente es hermoso, pero no es inocuo. Tiene consecuencias. Y hay que estar dispuesto a asumirlas.

El mayor acto de rebeldía hoy no es reaccionar al imput del algoritmo, es pensar por tu cuenta, al margen del algoritmo e incluso contra el algoritmo. Porque el algoritmo no es neutral. Está diseñado para captar tu atención, no para cuidar de ti. Sabemos –por denuncias de exempleados de grandes tecnológicas– que es capaz de detectar momentos de vulnerabilidad y explotarlos: cuando una adolescente borra un selfie, cuando duda de su imagen, cuando se siente insegura… el algoritmo lo detecta y la bombardea con publicidad intrusiva de productos de belleza o para bajar de peso. Por eso, pensar por tu cuenta hoy no es solo un ejercicio intelectual: es una forma de defensa. Una forma de no dejar que otros decidan, sin que te des cuenta, qué debes sentir, qué debes desear y quién debes ser.

Por eso no basta con decirles “sé tú mismo”. Hay que enseñarles algo más incómodo: que ser uno mismo implica soportar cierta soledad. Que no siempre van a gustar. Que habrá momentos en los que defender lo que piensan les deje fuera. Pero también hay que decirles que no pensar por ti mismo tiene un precio mucho más alto. Significa vivir una vida que no has elegido. Convertirte en eco de otros. Y eso sí que es una forma de desaparición. La pregunta es muy simple: ¿Prefieres que te aplaudan por lo que repites o que te respeten por lo que piensas?

Grupo de adolescentes felices en la calle© Getty Images/Maskot

“Porque decir la verdad, a veces, es lo más peligroso. Pero también lo más necesario”. ¿Cómo preparar a los adolescentes para ser ellos mismos, a pesar de todo?

Lo primero es devolver a primer plano una virtud olvidada: la parresía, el coraje de decir la verdad cuando es incómoda. En un mundo en lucha por imponer un relato, de bulo y de posverdad, la parresía no es una extravagancia filosófica: es una necesidad democrática. 

El problema es que hoy las redes no están diseñadas para buscar la verdad, sino para reforzar lo que ya piensas. Funcionan como cámaras de eco: te devuelven tu propia voz amplificada. Y eso genera una paradoja inquietante: estamos hiperconectados, pero profundamente desvinculados. Cada uno vive encerrado en su burbuja, rodeado de gente que piensa igual, y convierte al que discrepa en enemigo. No dialogamos: nos enfrentamos.

En ese contexto, solo hay una salida: recuperar el amor a la verdad. Porque el filo de la verdad es lo único que puede rasgar la burbuja en la que estamos encerrados. La verdad no te da siempre la razón, pero te obliga a no mentirte. 

Educar no es solo transmitir contenidos, es formar el deseo de verdad. Enseñar que conocer no es acumular información, sino comprometerse con lo que es. Que hay un valor moral en el conocimiento: que importa no engañarse, no engañar, no vivir de espaldas a la realidad. Pero eso no se enseña con discursos. Se testimonia, como hizo Sócrates. Si queremos que los jóvenes amen la verdad, tenemos que encarnarla. Tienen que ver adultos que rectifican, que dudan, que escuchan, que no convierten cada conversación en una trinchera. Porque la parresía no se predica: se practica.

También hay que enseñarles a distinguir entre sinceridad y exhibicionismo. No todo tiene que ser publicado. Ser auténtico no es exhibirlo todo, a todas horas, en todas partes, es no traicionarte en lo importante. La sinceridad tiene que ver con la verdad; el exhibicionismo, con la necesidad de aprobación. Una te construye por dentro; el otro te expone a costa de dejarte sin “un adentro”, sin un mundo interior. Cuando conviertes cada experiencia en contenido, dejas de vivirla para empezar a representarla. Por eso hay que enseñarles algo muy poco popular: que hay una intimidad que se protege. Que no todo debe ser compartido, ni opinado, ni validado. Que hay verdades que solo crecen en silencio. No eres más auténtico por mostrar más, sino por traicionarte menos.

Adolescente grabándose para Tik Tok© Adobe Stock

La novela propone un modelo de convivencia basado en el cuestionamiento. ¿Hay esperanza de que los jóvenes puedan sentar las bases de una sociedad diferente?

Hay una frase de Agustín de Hipona que repito mucho a mis alumnos –y, en el fondo, me repito a mí mismo–: “Decís vosotros que los tiempos son malos. Sed vosotros mejores, y los tiempos serán mejores: vosotros sois el tiempo.” Es una frase profundamente incómoda, porque nos quita la coartada para cruzarnos de brazos. Pero esa frase nos devuelve la responsabilidad: el tiempo no es algo que nos pasa, es algo que hacemos. Por eso sí, hay esperanza. Porque cada generación no es solo heredera de un mundo: es también su posibilidad de recomenzar. En cada joven que se atreve a pensar, a disentir, a empezar de otro modo, el mundo vuelve a abrirse.

Nuestra relación con el cuerpo se ha vuelto enfermiza. Nunca habíamos mirado tanto el cuerpo y nunca habíamos vivido tan mal dentro de él. Lo hemos convertido en escaparate, en proyecto, en producto. Algo que hay que optimizar, comparar y exhibir. Y eso, en los adolescentes –que están todavía construyendo su identidad– es especialmente devastador: aprenden a mirarse como objetos antes de aprender a habitarse como sujetos.

El problema no es estético, es existencial. Cuando tu valor depende de cómo te ven, dejas de vivir desde dentro y empiezas a vivir desde fuera. Tu cuerpo deja de ser casa y se convierte en vitrina. Y entonces aparece la ansiedad, la comparación constante, la sensación de no ser suficiente.

Frente a eso, Sócrates propone algo radicalmente distinto. Su relación con el cuerpo es liberadora. Él no vive para su cuerpo; usa su cuerpo para vivir. “Mis pies son feos, pero me han traído hasta Delfos”: no importan por cómo se ven, sino por lo que permiten hacer. Ese cambio de perspectiva es clave. El cuerpo deja de ser objeto de juicio para convertirse en instrumento de vida. No es algo que tengas que mostrar, es algo con lo que puedes hacer cosas: caminar, abrazar, amar, pensar, ayudar, explorar el mundo. Y ahí empieza la libertad.

Adolescente mirando por la ventana pensativa© Getty Images

“No se trata solo de cómo debemos actuar ante los demás, sino de cómo debemos actuar ante nosotros mismos”. ¿Tienen los adolescentes interiorizado el valor de la coherencia?

Los adolescentes de hoy no son el problema. Son el síntoma. Son los hijos del nihilismo que nosotros hemos construido. Les hemos educado diciéndoles que todas las opiniones valen lo mismo. Y eso suena muy tolerante, pero en el fondo es devastador: si todo vale lo mismo, entonces nada vale realmente. Les hemos quitado autoridades, referencias, horizontes de sentido y luego nos sorprende que vivan desorientados.

Dicho esto, no creo que la coherencia sea algo ajeno a esta generación. Al contrario: cuando un adolescente encuentra algo que de verdad le importa –una causa, una idea, una forma de estar en el mundo– es capaz de una coherencia mucho más radical que la de muchos adultos. Lo que falta no es capacidad, es dirección. No es carácter, es horizonte. La tarea no es exigirles coherencia desde fuera, sino ayudarles a descubrir qué merece la pena ser sostenido por dentro.

Adolescente mirando a cámara© Getty Images

Los problemas de salud mental aquejan a la población infanto-juvenil. ¿Puede la filosofía ayudar a estar en el mundo de otro modo para mejorar el estado emocional?

Lo primero que hay que decir es que la filosofía no sustituye a un psicólogo ni a un psiquiatra. Sería irresponsable afirmarlo. Hay sufrimientos que requieren tratamiento clínico. Ahora bien, dicho esto, la filosofía sí puede hacer algo decisivo: cambiar la forma en la que uno está en el mundo. Y eso tiene un impacto directo en cómo uno se siente.

Vivimos en una cultura que nos promete bienestar constante, satisfacción inmediata y eliminación de cualquier malestar. Y eso es una trampa. El análisis filosófico nos muestra que la vida incluye frustración, incertidumbre, dolor. Cuando alguien desconoce esto, cualquier dificultad se vive como un fallo personal o como un trastorno.

La filosofía introduce algo muy valioso: sentido. No elimina el sufrimiento, pero lo sitúa. Te ayuda a entender qué te pasa, por qué te pasa y qué puedes hacer con ello. Te enseña que no todo malestar es patológico, que algunos son existenciales y otros son estructurales –los que nacen de las condiciones materiales de vida: precariedad, aislamiento, falta de comunidad–. Hay una trampa muy contemporánea: creer que todo malestar es un problema individual que debes resolver tú solo. Hay malestares que no se curan en terapia, sino transformando las condiciones que los producen. Hay malestares para los que es mejor ir al sindicato que al psicólogo. Adaptarse a una sociedad enferma no es signo de salud.