El desmadre
Existe una palabra en español que no tiene traducción exacta en otro idioma: desmadre. Y el Mundial de 2026 es el escenario donde el mexicano está demostrando, en cada partido que juega la selección, que el desmadre, lejos de ser un defecto de carácter, es un gozo colectivo, un modo de supervivencia y hasta un acto de rebeldía.
¿Dije rebeldía? Sí. El antropólogo James C. Scott, en Los dominados y el arte de la resistencia, explica que los de abajo no siempre se rebelan con pancartas o discursos. A veces subvierten la norma con chistes, con rituales o con fiestas que parecen inocentes, pero que en el fondo le están diciendo al poder (cualquiera que éste sea) que no lo necesitan para pasarla bien. Scott le llama a eso “infrapolítica”. Con sus matices, el desmadre mundialista no es protesta, no es revolución, pero tampoco es ingenuo. Es una forma de decirle a la FIFA que el verdadero aficionado existe más allá de sus precios obscenos, de la pausa de hidratación y de sus corruptelas. Es la manera de sentir esperanza y de creer que se es parte de la victoria.
El “relajo”, como decía el filósofo Jorge Portilla, es ese momento en que un individuo que se comporta como se supone que debe comportarse según su trabajo, sus vecinos, su familia, de repente decide portarse como le da la gana. El desmadre, sin embargo, no funciona solo. Portilla sostenía que se requiere que un grupo entero decida al mismo tiempo “suspender la seriedad” y soltar los problemas que traía cargando para recuperar su libertad y autonomía frente a las presiones del sistema.
Algo parecido describió el filósofo ruso Mijaíl Bajtín cuando estudió su concepto de carnavalización. En La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento, Bajtín observó que el orden social se invertía y, por un rato, el rey se volvía bufón, el pobre se coronaba rey y las reglas quedaban suspendidas. Si bien suena a caos, era otro orden más igualitario que la sociedad necesitaba para respirar. El desmadre mexicano en el Ángel o en las calles de Guadalajara es un carnaval bajtiniano donde el profesionista y el obrero gritan juntos y ninguno de los dos le debe explicaciones al otro. Es una tregua social de facto.
Lo que el mundo está viendo en estos días no es sólo fiesta. Es también la manera en que los mexicanos procesan una realidad que resulta inmanejable para muchos. México llegó al Mundial de 2026 con fosas cerca de los estadios, con récords de extorsión en varias entidades, con marchas y con un Trump que, de una u otra forma, no nos deja en paz. El mexicano que entra al estadio, que ve el partido por televisión o que acude al Ángel o a las plazas a echar desmadre con los suyos y con extranjeros no se olvida de esos problemas. Los trae consigo, pero los ha depositado temporalmente en el arco de Sudáfrica y Corea del Sur. Bien dice Juan Villoro que el futbol no resuelve nada, pero ofrece algo que la política rara vez entrega: la posibilidad de ganar.
El desmadre, entonces, no es que al mexicano no le importe lo que pasa afuera del Mundial. Es la forma que hemos encontrado de afirmar que seguimos vivos. Que a pesar de las fosas, del crimen y de Trump, todavía somos capaces de generar alegría y de convertir el desorden en una forma de orden propio. Habrá que ver si ese desmadre tiene algo más que decirnos cuando el Mundial se acabe y haya que volver a cargar con todo lo que dejamos en el arco contrario.
POR ALEJANDRO ALMAZÁN
COLABORADOR
@ELALEXALMAZAN
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