El hijo del sha pide "paciencia" a los iraníes mientras redobla sus esfuerzos para que Trump no deje de golpear al régimen de los ayatolás

El hijo del sha pide "paciencia" a los iraníes mientras redobla sus esfuerzos para que Trump no deje de golpear al régimen de los ayatolás

Ni en el llamado Tehrangeles, como se denomina al área que aglutina a la mayor parte de los 150.000 iraníes que residen en California, ni en el acomodado suburbio de Washington D.C. donde vive exiliado desde hace décadas el príncipe Reza Pahlavi se acogió con tanto alivio como en buena parte del mundo el anuncio de acuerdo in extremis para negociar entre EEUU e Irán, casi en tiempo de descuento del ultimátum de Trump que el martes mantuvo al globo sin aliento. En los dos puntos de Estados Unidos, que acoge a entre 400.000 y 620.000 personas de ascendencia iraní -la gran mayoría de ellas en Los Ángeles, según cifras de la Universidad de California Los Ángeles (UCLA)-, dominan las banderas del León y el Sol -el emblema nacional del país persa hasta el triunfo de la Revolución Islámica- y es bien visible el apoyo al hijo del último sha. Y el mismo Reza Pahlavi no tardó en reflejar en sus cuentas en las redes sociales su decepción por lo que muchos opositores al régimen de los ayatolás, y entre ellos sin duda los monárquicos, consideran un nuevo asidero que beneficia a la dictadura de los mulás para ganar tiempo, reconfigurar su estrategia y mantenerse con fiereza en el poder.

El príncipe heredero de la extinta Monarquía iraní se ha erigido desde hace meses en una de las figuras más preeminentes de la oposición a la República Islámica. Y acogió con satisfacción el inicio de la ofensiva lanzada por Washington y Tel Aviv contra Teherán el 28 de febrero, esperanzado en que iba a suponer la derrota de los ayatolás. Pahlavi ha hecho toda la presión que ha podido en las últimas semanas para agigantar el eco de las voces que en Norteamérica reclamaban a Trump para que no aflojara en la guerra contra la teocracia chií, frente a quienes alertaban de que Estados Unidos se había metido en un callejón sin salida, en una contienda que difícilmente iba a suponer la caída de la misma.

Lo que está ocurriendo desde el martes, además de suponer una frustración para los activistas monárquicos, les obliga a repensar los pasos a dar. Y con el objeto de elevar el ánimo de sus partidarios y de intentar superar el relato de cuantos creen que Trump ya habría claudicado respecto a la meta de un cambio de régimen en Irán que se antoja tan difícil, Reza Pahlavi lanzaba su último mensaje a sus compatriotas, en el que les decía: "Sé que la noticia del alto el fuego de dos semanas entre la República Islámica, Estados Unidos e Israel ha desanimado a muchos de ustedes. Pero hoy no es tiempo de desesperanza, sino de creer aún más en la victoria. Lo que ha ocurrido en estos 40 días está precisamente en la línea de las demandas que el pueblo de Irán ha hecho a la comunidad internacional. (...) Los golpes que se han asestado al cuerpo de la República Islámica en solo 40 días son sin precedentes y, para este régimen, irreparables". Pero el príncipe iba más allá, al pedir a sus seguidores -imposible cuantificar cuántos iraníes dentro del país podrían serlo- "paciencia y protección para sus vidas", pero recordándoles, a la vez, que "somos nosotros, el pueblo de Irán, quienes debemos asestar el golpe final a este régimen debilitado y derrocarlo".

El hijo del sha junto a Bruno Retailleau, ayer, en París.

El hijo del sha junto a Bruno Retailleau, ayer, en París.E. M.

Suena un tanto a canto del cisne este llamamiento a la acción en el momento oportuno por parte de Reza Pahlavi, ya que gran parte de la frustración en la Casa Blanca tiene que ver precisamente con un monumental error de cálculo, en base a suposiciones, informes erráticos y supuestos escenarios dibujados desde los aledaños del Gobierno israelí y sus servicios de Inteligencia, que en los últimos tiempos habían sobredimensionado la articulación de la sociedad civil iraní en torno al rechazo y malestar con el régimen, y la creencia de que tras un golpe a la cabeza de la República Islámica como los bombardeos que, al inicio de la ofensiva, segaron la vida del Líder Supremo Alí Jamenei y de casi toda la cúpula de Teherán, un subsiguiente vacío de poder iba a desembocar en un levantamiento ciudadano, que jamás se ha producido. Al contrario. La creciente represión de la serpiente, dispuesta a morir matando, ha dejado completamente fuera de juego a las organizaciones civiles que se atrevieron a organizar las masivas protestas de enero, y que los ayatolás aplastaron a sangre y fuego, con miles de víctimas mortales.

Cambio en Teherán

Pero Pahlavi no pierde del todo la esperanza de un cambio de régimen desde dentro, aunque el hijo del sha está firmemente convencido de la necesidad de que Estados Unidos e Israel no cejen en su ofensiva militar, frustrado por estas dos semanas de alto el fuego que considera estériles. Y en busca de renovados apoyos internacionales para la causa de al menos la facción de la oposición que él lidera ha emprendido una nueva gira internacional, que ayer le llevó a Francia, donde se reunió con el ministro del Interior y presidente del partido de derecha conservadora Los Republicanos, Bruno Retailleau, así como con miembros del Comité de Asuntos Exteriores francés.

No logró Pahlavi, sin embargo, que le recibiera ningún representante del Elíseo, a pesar de las gestiones realizadas. Desde la Presidencia de Macron se mantiene una postura clara: la elección de los líderes iraníes corresponde al pueblo, sin injerencias externas.

La visita del hijo del sha a Francia se produce apenas unos días después de su furibundo ataque al Gobierno británico de Keir Starmer. "Apaciguaron sin fin al régimen criminal de Teherán. El primer ministro habla de proteger a civiles, pero no ayudó a detener la masacre [sobre las muertes de manifestantes]. El pueblo iraní recordará quién estuvo con ellos y quién estuvo en su contra", cargó desde las redes.

El punto de inflexión de Reza Pahlavi como figura del exilio iraní se produjo en febrero del año pasado, cuando, durante la Cumbre de Derechos Humanos y Democracia celebrada en Ginebra, proclamó que daba "un paso adelante para liderar el movimiento de transición" hacia la democracia en su patria. Acaba de regresar a la Casa Blanca Donald Trump y ello empujó al príncipe a aprovechar la ventana de oportunidad, toda vez que mantiene estrechas relaciones con miembros de la Administración republicana como Marco Rubio. Desde entonces, ha disparado su activismo, multiplicado los mensajes a sus compatriotas, ganado presencia en los medios internacionales y desempeñó un papel relevante en el apoyo de las mencionadas protestas contra el régimen de invierno, antesala de la ofensiva de EEUU e Israel.

Y, aunque quedó patente que Donald Trump no confiaba en su capacidad y suficiente respaldo como líder de una hipotética transición en Irán, Pahlavi no ha dejado de trabajarse a los sectores políticos que susurran al oído del presidente. A finales de marzo, el príncipe fue el gran protagonista de la Conferencia de Acción Política Conservadora, celebrada en Dallas y esta vez sin asistencia de Trump, tras años de ser la gran estrella de la cita. Aunque en la CPAC ya se vislumbró la fractura que la guerra en Oriente Próximo está provocando en el mundo MAGA y entre los conservadores estadounidenses en general, lo cierto es que Pahlavi fue recibido como un héroe y ovacionado por los miles de asistentes, que aplaudieron sus planes para "un Irán que pase de 'muerte a Estados Unidos' a un Irán que diga 'Dios bendiga a Estados Unidos'".

Oposición muy dividida

El apoyo de muchos iraníes en la diáspora al hijo del sha es visible en manifestaciones en todo Occidente, donde los símbolos monárquicos han aumentado de un tiempo a esta parte. Sin embargo, en modo alguno el liderazgo de Reza Pahlavi está sirviendo para coser la fuerte división que caracteriza a los grupos opositores en el exilio. A la miríada de grupos que luchan desde el exterior por la caída de los ayatolás se suma el recién formado Congreso por la Libertad de Irán, con sede en suelo británico, que tiene entre sus impulsores al inversor Majid Zamani y que persigue la colaboración entre diferentes facciones. La desconfianza hacia lo que representa Pahlavi es manifiesta entre sus representantes, que incluye a figuras que se declaran ex monárquicas. Y, como explicaba recientemente el historiador Arash Azizi en The Atlantic, uno de los motivos que convierten a Pahlavi en un líder divisivo es su total entreguismo a Israel.

Los vínculos del príncipe con el Gobierno de Netanyahu son muy estrechos, y se cree que gran parte del apoyo mediático que se ha disparado hacia Pahlavi en el último año tiene detrás a empresas e intereses económicos ligados al Estado hebreo. Y una de las personas en las que éste se ha apoyado para dar forma a su plan de transición sería ni más ni menos que Eyal Hulata, ex jefe del Consejo de Seguridad Nacional israelí. Hulata advertía a principios de año que "derrocar un régimen desde la distancia es difícil", por el de los ayatolás, y decía que Israel sólo podía "brindar asistencia a los grupos de oposición y tal vez ejercer algo de influencia", pero, como otros expertos, subrayaba que lo que podía marcar la diferencia era una acción militar contundente contra la Guardia Revolucionaria. Eso fue lo que hicieron Washington y Tel Aviv. Y ahora sabemos lo que ha pasado.

Lo que es innegable es que el apoyo al plan de transición que encabeza Pahlavi sí ha cristalizado entre sectores opositores dentro de Irán, como se reflejó en las manifestaciones previas a esta guerra. Y muestra de que para el régimen no es una broma es que a mediados de marzo las autoridades de Teherán, en plena oleada represiva, dieron cuenta del arresto de miembros de más de un centenar de supuestas "células monárquicas", acusándoles de conspirar contra la República Islámica. Y, en las últimas horas, ONG han dado cuenta de otras detenciones señaladas, como la del activista monárquico y ex preso político Ehsan Ghadiri, o el músico Keyvan Ahmadi, que también habría dado respaldo a los símbolos de la Corona imperial. En este contexto, el llamamiento a la "paciencia" de Pahlavi puede aportar poco consuelo.