El mejor aliado de Putin

El mejor aliado de Putin

Durante décadas, la mayor fortaleza de la OTAN no fueron sus tanques, sus aviones ni sus portaaviones. Fue una idea mucho más poderosa: la certeza. La certeza de que un ataque contra cualquiera de sus integrantes desencadenaría una respuesta colectiva. La certeza de que Washington respaldaría a Europa. La certeza de que el famoso artículo 5 no dependía del humor del ocupante de la Casa Blanca.

Las alianzas militares viven de esa confianza. Cuando desaparece, comienza la erosión.

Eso explica por qué las declaraciones de Donald Trump durante la cumbre de Ankara resultan más importantes que el intercambio verbal con Pedro Sánchez.

Es cierto, primero calificó a España como un socio “terrible”, pidió cortar relaciones comerciales, criticó el escaso compromiso europeo y volvió a introducir disputas paralelas como Groenlandia. Horas después aseguró que había encontrado “mucho cariño” y “mucha unidad” y reafirmó que Estados Unidos permanecería dentro de la OTAN.

Pero la desgracia para el mundo no es su constante cambio de opinión. Ojalá eso fuera. Lo terrible es que nadie sabe cuál de las dos versiones es la que realmente define la política estadounidense. Y, en asuntos de seguridad internacional, la incertidumbre puede resultar tan costosa como la debilidad.

La disuasión funciona cuando el adversario puede anticipar la reacción de quien tiene enfrente. Si esa reacción depende del estado de ánimo, de una negociación comercial, de una amistad de ocasión o de un desencuentro político, la capacidad disuasiva empieza a deteriorarse incluso antes de que se dispare el primer misil.

Y eso lo entiende perfectamente Moscú. Le encanta.

Mientras los titulares se concentran en las declaraciones de Ankara, Rusia lleva varios días intensificando los bombardeos sobre Kiev con una intensidad que recuerda las etapas más duras de la guerra. Han sido ataques despiadados. Inmisericordes.

Lo anterior no necesariamente porque el Kremlin crea que la OTAN vaya a abandonar a Ucrania mañana mismo, sino porque cada episodio de división occidental constituye una oportunidad estratégica. Un espacio. Un momento donde mete la bita rusa.

El Kremlin no necesita derrotar militarmente a la OTAN. Le basta con sembrar dudas sobre su cohesión.

Desde hace años la estrategia rusa combina operaciones militares con campañas de desinformación (¡muchas de ellas en suelo mexicano!), presión energética, ciberataques y explotación sistemática de las fracturas políticas occidentales. Cada desencuentro entre Washington y sus aliados alimenta la narrativa de que Occidente es incapaz de sostener un compromiso prolongado. Y tendría razón.

La historia demuestra que las alianzas rara vez se desmoronan por una derrota militar. Con mucha mayor frecuencia se desgastan por la pérdida gradual de confianza entre quienes las integran. Por el desánimo. Por la soledad que experimenta la nación que está siendo atacada.

Paradójicamente, Trump tiene razón en un punto. Europa necesita asumir una mayor responsabilidad sobre su propia defensa. Durante demasiado tiempo varios gobiernos europeos descansaron bajo el paraguas estadounidense mientras reducían capacidades militares.

Pero una cosa es exigir un reparto más equilibrado de las cargas. Otra muy distinta consiste en convertir cada cumbre en un ejercicio permanente de incertidumbre diplomática. Las alianzas no se sostienen únicamente con presupuestos de defensa. También necesitan previsibilidad.

La fortaleza de una organización militar no depende sólo del número de soldados que puede movilizar, sino de la confianza que inspira en sus amigos… y del temor que provoca en sus adversarios.

Cuando ambas comienzan a evaporarse, quien sonríe no suele estar sentado en la mesa de la cumbre. Suele estar observándola desde el Kremlin.

POR VERÓNICA MALO GUZMÁN

COLABORADORA

VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM 

MAAZ