El negocio del próximo encierro
Bastó que apareciera la palabra hantavirus para que medio internet sacara del clóset el cubrebocas emocional que no había lavado desde 2020. Otra vez los gráficos alarmistas, otra vez los expertos de TikTok hablando con voz grave, otra vez los usuarios preguntando si ya conviene comprar papel de baño como si fueran corredores de bolsa apostando en Wall Street. La civilización contemporánea no distingue entre prevención sanitaria y casting para película apocalíptica.
Veamos: lo fascinante no es el virus, sino el comportamiento humano. Un puñado de casos, un crucero aislado, algunos muertos y de inmediato la humanidad comenzó a sudar recuerdos. El coronavirus dejó algo mucho más duradero que los anticuerpos: dejó ciudadanos entrenados para reaccionar al miedo como el perro de Pavlov escuchando una campana epidemiológica.
La OMS salió casi de inmediato a tranquilizar a la población. Que el riesgo global es bajo. Que no es una nueva pandemia. Que la transmisión es limitada. Que no estamos frente al apocalipsis. Pero cuando una institución necesita aclarar “esto no es otra emergencia sanitaria”, significa exactamente lo contrario: que el fantasma sigue sentado en la mesa. Y además cobrando renta.
Porque la pandemia pasada no ha terminado. Si acaso, ha cambiado de maquillaje. Lo que sí se dio por terminado fue la fase administrativa: se reabrieron aeropuertos, volvieron las bodas y la gente regresó a fingir felicidad en restaurantes caros. Pero quizá psicológicamente seguimos encerrados en marzo de 2020, esperando la siguiente conferencia donde algún funcionario nos explique por qué otra vez debemos obedecer “por nuestro bien”.
El hantavirus está funcionando como un detector de trauma colectivo. Y también como una radiografía obscena del negocio del miedo contemporáneo. Es curioso cómo alrededor de cada brote ya existe toda una economía funcionando: medios que necesitan clics, influencers sanitarios que necesitan atención, políticos que necesitan control y farmacéuticas que necesitan mercados nerviosos. El virus llega después; primero llega el algoritmo. O al menos así me lo parece. ¿Y es que no es cierto que antes las pandemias producían médicos, mientras que hoy producen creadores de contenido?
Y qué maravilla observar el ritual digital: tipos grabándose desde el coche diciendo “nos están ocultando la verdad”; cuentas conspiranoicas anunciando el “nuevo encierro global”; personas compartiendo mapas rojos como si estuvieran narrando la invasión zombie de The Last of Us.
El ser humano contemporáneo no quiere información: quiere adrenalina con apariencia científica. Sí, hay algo casi erótico en la fascinación moderna por el desastre sanitario. Durante la pandemia mucha gente descubrió una extraña comodidad psicológica de vivir aterrorizada. El encierro le dio propósito moral a millones de personas mediocres. De pronto quedarse en pijama viendo Netflix era heroísmo civil. Nunca tanta gente se sintió tan virtuosa haciendo tan poco.
Y eso dejó secuelas culturales brutales. Ahora cualquier brote activa una liturgia perfectamente reconocible: expertos peleándose en televisión, gobiernos prometiendo transparencia mientras esconden algo, ciudadanos convirtiéndose en epidemiólogos después de leer tres hilos en X y periodistas hablando de “nueva normalidad” con la emoción de quien anuncia el estreno de temporada. La humanidad desarrolló adicción al estado de emergencia.
Giorgio Agamben lo había advertido: el problema del miedo permanente es que convierte la excepción en forma de gobierno. Después del 2019, el ciudadano promedio aprendió a entregar libertades igual que quien entrega contraseña de Apple: rápido, resignado y hasta agradecido. Y los gobiernos aprendieron algo todavía más peligroso: nada ni nadie es más disciplinado que una población asustada por su propia respiración.
El hantavirus, en ese sentido, considero que importa menos por su dimensión médica que por su capacidad simbólica. Es el regreso del monstruo perfecto: invisible, global, científicamente complejo y mediáticamente rentable. Un virus ya no necesita matar millones para dominar conversaciones; basta con recordarle al público que el caos sigue disponible bajo demanda. Y claro: apareció el crucero.
Porque el siglo XXI tiene un sentido del espectáculo extraordinario. Un barco flotando con enfermos y aislamiento sanitario parece escrito por un guionista: es excesivamente obvio, pero funciona. El crucero es el escenario ideal para la ansiedad contemporánea: ricos atrapados, fronteras dudando, gobiernos coordinándose y redes sociales convirtiendo cada rumor en miniserie.
Lo más revelador es la velocidad con la que la conversación pública saltó de “hay casos aislados” a “¿volverán las restricciones?”. Ahí está el verdadero diagnóstico psicológico de nuestra era. La gente ya no piensa en enfermedades; piensa en consecuencias políticas, encierros, censura, permisos, controles y miedo colectivo administrado desde arriba. El virus dejó de ser biología. Ahora es memoria traumática.
Y además existe un detalle deliciosamente perverso: la confianza pública quedó demolida. Durante años se mintió, se improvisó, se exageró, se ocultó y se politizó información sanitaria. Resultado: hoy nadie cree totalmente en nada. Unos piensan que todo es conspiración; otros quieren encerrarse ante el primer estornudo ajeno. Entre paranoicos y fanáticos murió la racionalidad, la prudencia y el balance adecuado.
Byung-Chul Han decía que las sociedades modernas ya no producen ciudadanos disciplinados, sino individuos agotados. El hantavirus parece confirmarlo. Vivimos cansados, hipervigilantes y emocionalmente inflamados. Cada noticia sanitaria entra al cerebro como notificación de catástrofe. El algoritmo descubrió que el miedo viraliza mejor que la serenidad.
Tal vez por eso el verdadero peligro no sea el hantavirus. El verdadero peligro es una humanidad que ya no sabe vivir sin ansiedad administrada. Una sociedad tan acostumbrada al sobresalto que necesita imaginar el próximo colapso para sentirse viva. Como esos adictos al drama que destruyen la paz porque el silencio les parece sospechoso.
El COVID nos dejó algo peor que una pandemia: nos dejó una civilización convencida de que el fin del mundo siempre está a una mutación de distancia.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ