Cauce europeo con las Américas

Cauce europeo con las Américas

Dos noticias aparentemente desconectadas iluminan -en positivo- la mudanza geopolítica que vivimos: la aplicación provisional del acuerdo Unión Europea-Mercosur desde el 1 de mayo, y la presencia de Canadá en la reunión de la Comunidad Política Europea en Ereván el lunes. Una habla de comercio, mercados y cadenas de valor. La otra de seguridad, confianza, autonomía estratégica y reconstrucción del orden internacional. Pero ambas apuntan en la misma dirección. En un mundo que se desbarata, las Américas buscan cauces nuevos, y Europa podría comprender que su papel no consiste en rasgarse las vestiduras o acuñar fórmulas pomposas y apilar informes no desarrollados, sino en ofrecer una arquitectura de conexión a quienes tampoco desean quedar atrapados entre la brutalidad de los imperios, el repliegue americano y la lógica desnuda de la transacción.

El acuerdo con Mercosur llega después de más de dos décadas de negociaciones, resistencias, equilibrios agrícolas, objeciones ambientales y tensiones entre capitales europeas. Su vigencia no resuelve todos los problemas ni elimina todas las cautelas, pero abre una zona de intercambio de 700 millones de personas y envía una señal que trasciende lo mercantil. Mientras proliferan aranceles, sanciones, controles de exportación y la tentación de levantar muros económicos con lenguaje de soberanía, la Unión Europea y una parte decisiva de América Latina recuerdan que el comercio sigue siendo una forma de anclaje político. No el comercio ingenuo de la globalización feliz, donde el intercambio por sí solo había de producir convergencia y paz. Sí el comercio entendido como estructura de certidumbre, vínculo entre sociedades y alternativa a la fragmentación en bloques rígidos.

Además, la dimensión iberoamericana no es un apéndice sentimental ni una memoria retórica peninsular; es densidad histórica, lingüística, empresarial y diplomática que nos da profundidad exterior propia. América Latina no es "nuestro" espacio, ni puede tratarse con reflejos confianzudos que pertenecen a otro tiempo. Dicho esto, es una región donde España posee conocimiento acumulado, redes y una familiaridad que los socios europeos no tienen. Por eso el acuerdo UE-Mercosur debe leerse también como oportunidad para ayudar a traducir América Latina a Europa y Europa a América Latina, no como puente ornamental, declaratorio, pura performance -características que lastran tantas iniciativas- sino como estrategia idónea para identificar intereses comunes en alimentación, energía, infraestructuras, materias primas críticas, transición tecnológica y seguridad jurídica.

Ahora bien, no cabe arbitrar ese nexo con América Latina como vía de confrontación con Estados Unidos. Sería un error estratégico y una mala interpretación del continente. El "Amigo Americano" seguirá siendo, sin perjuicio de quien ocupe la Casa Blanca y con distintas expresiones, protagonista del hemisferio por peso económico, capacidad financiera, seguridad, energía, migraciones, narcotráfico, tecnología y simple geografía. Europa puede brindar a América Latina una relación más compensada y más atenta a sus prioridades. Puede abrir áreas de cooperación que no pasen automáticamente por Washington ni por Pekín. Pero sólo será eficaz si interioriza que, en las Américas, Estados Unidos no es un actor entre otros; es el suelo sobre el que gira todo lo demás. La cuestión no es sustituir a Estados Unidos, sino ensanchar el campo de juego.

El segundo movimiento llega desde el norte del continente americano. Canadá ha acudido a Ereván como primer país no europeo invitado a la cumbre. Mark Carney, su jefe de gobierno, lo manifestó con claridad: Canadá se considera "el más europeo de los países no europeos" por historia, valores y confianza. Su discurso no fue una pieza protocolaria. Fue una hábil lectura del momento. En síntesis, el mundo ha de adaptarse a una revolución tecnológica, energética y comercial; la integración se utiliza como arma; las reglas ya no constriñen suficientemente a los poderosos; y la nostalgia no es una estrategia. Su conclusión fue aún más relevante: el orden internacional se reconstruirá desde Europa.

Esta frase merece atención porque procede de Canadá, país atlántico, norteamericano, miembro del G7 y de la OTAN, fronterizo de un Estados Unidos imprevisible y, por ello, particularmente consciente de lo que significa vivir junto a una potencia indispensable cuando ésta se comporta de forma transaccional, grosera e impaciente. Canadá no amaga ruptura con Washington. No podría ni querría hacerlo. Lejos de alzarse en adalid antiamericano (y antiisraelí), tantea complementar su enraizamiento norteamericano con una trabazón más robusta con Europa en defensa, energía, minerales críticos, inteligencia artificial, cadenas de suministro, Ártico y seguridad. Esa es la lógica; no reemplazar alianzas, sino diversificar lazos.

Mercosur y Canadá representan dos Américas diferentes, pero confluyen en un planteamiento semejante. La primera mira a Bruselas para insertarse en un espacio de reglas, mercados y acreditación estratégica que no la reduzca ni a periferia de Washington ni a proveedor de China. La segunda mira a Europa de cara a un mundo en el que la vecindad con Estados Unidos ya no basta como garantía de estabilidad. En ambos casos, la Unión, que tanto hace por apuntalar su fama de museo normativo, aparece aquí como plataforma de articulación. No porque sea fuerte en todos los ámbitos -no lo es- ni porque haya resuelto sus contradicciones internas, sino porque conserva una combinación de mercado, derecho, estándares, poder regulatorio, capacidad financiera y legitimidad política.

Esa plataforma sólo funcionará si se evita la confusión -que practica notoriamente nuestro gobierno- de creer que ganar influencia en las Américas pasa por definirse contra Estados Unidos. América Latina no quiere ni puede ignorar ni enfrentarse al mandatario del norte del Río Bravo, Canadá no busca emanciparse del gigante contiguo, y Europa no dispone de la envergadura militar, ni cuenta con la continuidad política para erigirse como potencia alternativa. Su valor, hoy por hoy, reside precisamente en añadir opciones, modular dependencias, ofrecer reglas y mercado, establecer asociaciones que extiendan margen sin forzar alineamientos imposibles. Para eso necesita un trato razonable con Washington. De lo contrario, cualquier ambición europea en el hemisferio occidental acabará en melancólica gesticulación.

Para España, esta coyuntura debería ser especialmente fértil. Pocas veces se han enfilado mejor los planos: una América Latina que explora holguras en un mundo de antagonismo entre grandes potencias, un Canadá que se acerca a Europa a forjar soberanías compartidas con afines, una Unión Europea obligada a elevarse por encima de sus cuitas domésticas, y una España que puede aportar peso histórico, lengua, empresas, diplomacia y conocimiento del terreno. Para ello hace falta algo más que declaraciones; hace falta constancia, seriedad y una idea clara del interés nacional dentro del interés europeo y de la relación atlántica.

Las Américas buscan cauce porque el mundo ha dejado de marcar caminos automáticos. Estados Unidos sigue siendo eje hemisférico, pero ya no domina el sistema como antes. China trae consigo escala, financiación y disciplina estratégica; también dependencia, opacidad y subordinación. Nuestro mercado único, con todos sus límites, encarna reglas, negociación y apertura sin renunciar a la protección de sus intereses. El acuerdo con Mercosur y la presencia de Canadá en Ereván no anuncian por sí solos un nuevo orden; sugieren que, en la rugosidad del mundo que viene, Europa puede ser más que tablero para dirimir rivalidades. Puede ser cauce. Y España, si sabe reconocerlo y jugar pragmáticamente sus cartas, puede estar en una posición singular para ayudar a abrirlo, no contra Estados Unidos, sino desde una relación sólida que amplíe, no estreche, el margen de acción.