Espiritismo desde una casona de Bucareli
Donde el muro aparece descarapelado, José Manuel Cuéllar Moreno (Ciudad de México, 1990) ve “heridas de la memoria”. Es como si la construcción fuera un ente vivo que todo lo ve y todo lo siente. Así concibe esa casona porfiriana de la céntrica calle de Bucareli, en el número 158: “Para mí es una entidad viva, palpitante, no solamente es un espacio geográfico sino que es una casa que existe, que se puede visitar, que se puede tocar, que se puede respirar su atmósfera”.
Así también, Bucareli 158 (Tusquets, 2026), se titula su tercera novela, en la que explora las conexiones entre el espiritismo y la política nacional, en la que el pasado emerge de los pisos que rechinan al caminar, del eco rebotado en los muros tapizados y del terciopelo empolvado de las cortinas. La atracción fue magnética: “Era como si la casa estuviese albergando un secreto, con estos cristales rotos que invitaban a asomarse, a investigar qué pasó detrás de esos muros”.
Ahí, el filósofo de formación —especialista en la obra de Emilio Uranga— ubica a Ifigenia, una modesta trabajadora doméstica que se hace cargo de la limpieza de la casa, pero que debe lidiar con Eulalia Madero, una señorona de la clase alta, venida a menos, pero ligada en el pasado con altos funcionarios del gobierno que gustan de asistir a sesiones espiritistas, discretas y a puerta cerrada.
En Bucareli 158 todo se desata cuando Ifigenia encuentra, oculto en la pared, un pequeño diente envuelto en algodón. “Un poco de lo que va la novela es explorar estos músculos secretos, estas otras prácticas, esta otra manera en que se han tomado decisiones en nuestro país, no solamente en los salones de la Secretaría de Gobernación, sino a puertas cerradas, en otras casonas. Y desde luego, estas decisiones que han tomado nuestros políticos inspirados en espiritismo, todos estos rituales que han llevado a cabo tienen una consecuencia y un efecto inmediato en los ciudadanos de a pie”.
La presencia de un ser casi demoníaco de nombre Nicolás de Rocabertí e, incluso, del Monstruo de Tacuba (aquí llamado Eusebio Cárdenas) se entremezclan con la historia que busca recuperar el tono gótico y suspense de la Aura de Carlos Fuentes, El huésped de Amparo Dávila o Casa tomada de Julio Cortázar. En la historia de Cuéllar, la casona funciona como una máquina narrativa que va revelando secretos.

Eulalia Madero “comienza a confundirse con la propia casa, de modo que la historia comienza a supurar de las paredes, en el momento en que la casa comienza a revelar todos sus secretos, los planos temporales comienzan a dislocarse, a desdoblarse”.
Entonces la narración va de los años 50 y 60 del siglo XX a varios siglos atrás, cuando todas estas historias de sesiones espiritistas apuntan a Palacio Nacional, a aquelarres y misas negras con gente importante, y a un nombre: Nicolás de Rocabertí.
“Él existió, fue un teólogo, un filósofo del siglo XVII de origen catalán, que vino a la Nueva España, que tuvo una relación muy estrecha e incluso sospechosa con la Virreina, gran amigo de Juan de Palafox, y que fue juzgado por el Tribunal de la Santa Inquisición por una serie de libros de tratados que escribió y que están parcialmente perdidos. Este personaje tan misterioso, tan fascinante, parece ser el origen de una serie de grupos políticos en México y que llegan, por supuesto, hasta Francisco I. Madero, nuestro gran espiritista”.
—¿Ha sido fanática nuestra clase política? “Sí, por supuesto, y esto va más allá de la novela, es algo que se ha documentado desde Madero. Se nos olvida que nuestros círculos liberales, estos círculos que fomentaron y que lideraron la Revolución Mexicana, estaban guiados por la teosofía de Madame Blavatsky, por el espiritismo de Allan Kardec, estaban convencidos de la inmortalidad del alma, estaban convencidos de la metempsicosis o la reencarnación de los espíritus en distintos cuerpos”.
“Todo esto llama la atención a los políticos mexicanos y las prácticas espiritistas están documentadas hasta López Portillo y más acá. Sí, por supuesto que sí, que nuestra política tiene un ingrediente de fanatismo”, concluye.
Por Luis Carlos Sánchez
EEZ