La brújula del poder

La brújula del poder

“Izquierda” o “Derecha” ha sido el binarismo que ha marcado durante más de dos siglos la orientación de la brújula que explica las finalidades del “Poder”. Poder en sentido abstracto o concreto. Poder como aspiración o como finalidad. Poder como reivindicación o como revolución.

Sea cual sea la variable que asumamos de Poder, siempre está la permanente tentación de que se adjudique, ilustre, o asimile sencillamente como Poder de “izquierda” o “derecha”.

El origen de esta bipolaridad descriptiva de los vaivenes ideológicos, surgió –a decir de algunos teóricos–, por un accidente geográfico en la ubicación de los curules de la Asamblea Nacional de Francia del siglo XVIII, ya que los radicales, jacobinos o republicanos se ubicaban a la izquierda mientras que los girondinos y monárquicos a la derecha del presidente de la Asamblea.

Este mapa ideológico: entre izquierda y derecha que, hoy en día, es más complejo en sus construcciones ontológicas y epistemológicas, sigue empleándose –paradójicamente como en su origen histórico–, como una simplificación de las posibles posiciones epistemológicas respecto de conflictos regionales, sociales, económicos y políticos muchísimo más complejos que un binomio. La verdadera utilidad de esta dualidad es que sirve para crear bandos. Sirve para fragmentar. Sirve para separar al amigo del enemigo. Su lógica final es dividir y separar.

Considero que el mundo es más complejo que un binomio con agendas incompatibles y sin ninguna posibilidad dialógica. Pero a esta dualidad, ya sea que lo quieran entintar como de izquierda o de derecha, pero que se emancipa como el único vocero y protector del pueblo, se convierte en lo que ahora se denomina “populismo” y el resultado, simplificando de nueva cuenta, es una radicalización y polarización de las posiciones políticas y sociales de un país o región.

Si la democracia liberal apostó sus esfuerzos a la construcción dialógica de las instituciones, el ascenso de la variable “popular”, ya sea que lo segmentes de “derecha” de “izquierda”, ha traído en este milenio una polarización que quizás nos obligue a repensar cómo reconstruir las instituciones liberales que se forjaban en el consenso y la pluralidad.

La brújula del Poder, aunque se siga leyendo en términos absolutos: izquierda o derecha, no nos servirá para comprender el papel que las autocracias populistas juegan en la escenificación global. No debemos apostar nuestros esfuerzos en clarificar esta dualidad política, o diluir la variable populista en nuestras perspectivas. Debemos reconocer que las instituciones de la democracia liberal fueron insuficientes para contener las ambiciones sin control de los proyectos populistas en la geografía mundial y tenemos que reflexionar en nuevos derroteros.

Debemos buscar fórmulas para fortalecer esas instituciones que, como cadenas de racionalidad, fallaron en contener las autocracias populistas y que empiezan a derruir a las democracias como se forjaron.

La Unión Europea ha experimentado vías de contención. Frente a la marea del “populismo” que amenaza con hundir los cimientos del Estado del Derecho y el crisol de la pluralidad, Europa ha decidido contraatacar con su arma más noble y duradera: la educación.

El Consejo de Europa ha forjado una red transnacional educativa a través de sus Escuelas de Estudios Políticos. Apuestan para establecer verdaderas “escuelas para la democracia”, en la que son convocados jóvenes año tras año para ser educados, desde la pluralidad y la tolerancia.

Si algo debemos reconocer es que nuestras instituciones democráticas están fallando. Solo desde la educación podemos forjar la solución. Y es momento de que nuestras universidades, profesores y estudiantes, tomen la batuta protagónica de nuestra vida democrática.

PAL