La ciudad más antigua de Alemania que acumula 9 monumentos Patrimonio de la Humanidad y una de las grandes regiones vinícolas del continente

La ciudad más antigua de Alemania que acumula 9 monumentos Patrimonio de la Humanidad y una de las grandes regiones vinícolas del continente

Unos pocos pasos separan el centro histórico de Tréveris de una campiña tapizada de viñedos. Viñedos de verdad, con sus hileras de riesling cayendo en pendiente hacia el Mosela, las torres y los tejados de la ciudad a los pies y el río abajo, ancho y tranquilo. No hace falta mucho más para entender por qué los romanos decidieron establecerse aquí hace más de 2000 años. Ni por qué quien visita Tréveris hoy siente exactamente la misma tentación.

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Trier para los alemanes, Augusta Treverorum para los romanos, Tréveris nació en el año 16 a.C. en un territorio celta y con el tiempo llegó a ser una de las cuatro capitales del Imperio. Aún hoy sus habitantes la llaman con cierto orgullo Roma secunda. Nueve de sus monumentos figuran en el Patrimonio de la Humanidad —siete son de época romana—, una cifra que impone hasta que uno llega allí. Porque Tréveris, con sus 115.000 habitantes, su universidad y el trasiego de visitantes llegados de Luxemburgo, Francia y hasta de China (la 'culpa' es de Karl Marx, que nació aquí), tiene una energía cosmopolita y desenfadada que hace llevadera toda esa historia.

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Porta Nigra, Tréveris© Turismo de Tréveris
Porta Nigra.

Los propios trevenses tienen una expresión para describir su forma de entender la vida: maach mellisch, que en el dialecto local viene a significar "ve despacio". No es mala idea aplicarla también a la visita. El encuentro con la Porta Nigra es inevitable. Esta mole de arenisca que preside la entrada norte de la ciudad data del año 170 d.C. y es hoy la puerta romana mejor conservada al norte de los Alpes. Sus habitantes la llaman cariñosamente "Pochta", y pocos saben que nunca llegó a terminarse: falta de fondos o un cambio de prioridades políticas dejaron las obras a medias. Un monumento inconcluso convertido en el símbolo más reconocible de la ciudad. Si la historia tiene sentido del humor, Tréveris es la prueba.

Quien quiera ir más allá de la contemplación puede subir a sus torres acompañado de un centurión —un actor que narra con una mezcla de rigor y desparpajo difícil de resistir— o adentrarse en el anfiteatro romano, al sur de la ciudad. Llegó a acoger a 20.000 espectadores, y hoy es escenario de visitas teatralizadas en las que el gladiador Valerius recuerda sus combates en la arena. Completan el trío las Termas Imperiales, con sus pasadizos subterráneos y su laberinto de salas.

Catedral de Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Catedral de Tréveris.

La catedral, la Domstein y la sombra del diablo

A pocos pasos de la plaza del mercado, la catedral de San Pedro ha ido acumulando capas durante casi 17 siglos, desde el templo del siglo IV levantado sobre una vivienda romana hasta intervenciones contemporáneas, pasando por el románico, el gótico y el barroco. Un compendio que tiene tanto de prodigio como de acertijo. Entre sus piedras se esconde una pequeña fauna –peces, zorros, dragones, ratones– que convierte la visita en un juego inesperado, y los más curiosos pueden buscar también la compuerta del órgano “nido de golondrina” donde, según la tradición, el diablo sigue escondido.

Detalle de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora de Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Detalle de la fachada de la iglesia de Nuestra Señora.

Justo al lado se alza la Liebfrauenkirche (iglesia de Nuestra Señora), el edificio gótico de planta central más antiguo de Alemania, cuya elegancia austera contrasta con la complejidad acumulada de su vecina. Y frente a la catedral, la Domstein: una enorme columna de granito que, según la leyenda, el diablo arrojó furioso contra la iglesia cuando descubrió que los trevenses le habían engañado para que les ayudase a construirla. Erró el tiro, así que la columna sigue ahí, y todos los niños de la ciudad —nos cuentan han trepado por ella alguna vez.

La Hauptmarkt, Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
El Hauptmarkt es el salón, la tertulia y el escaparate de Tréveris.

El salón de la ciudad

El Hauptmarkt es el salón, la tertulia y el escaparate de Tréveris. En su centro, una cruz de piedra del año 958 —dicen que es la más antigua de Europa— convive con la fuente de San Pedro, decorada con alegorías de las cuatro virtudes cardinales y con unos monos burlones que llevan cuatro siglos divirtiendo a los paseantes. Seis días a la semana, el mercado se llena de puestos de flores, frutas y verduras; y de marzo a noviembre, un puesto de vinos reúne a bodegueros de la región y a visitantes en animadas conversaciones que resumen bien el afable carácter local.

Fuente de la Hauptmarkt, Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Fuente de la Hauptmarkt.

Alrededor de la plaza, las fachadas merecen una segunda mirada. La Steipe, construida en el siglo XV por los ciudadanos para exhibir su prosperidad ante el arzobispo, luce en su primer piso dos figuras de caballeros: uno, con la visera abierta, contempla plácidamente la plaza; el otro, con la visera cerrada y la mano en la espada, mira directamente hacia la catedral. La Casa Roja, a su lado, reclama para Tréveris una fundación aún más antigua que la romana. Según reza una leyenda en letras doradas en su fachada, la ciudad fue fundada 1.300 años antes que Roma por Trebeta, hijo de un rey asirio. Hoy pocos se lo creen, pero en el convulso siglo XVII el relato resultaba reconfortante.

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Casa de los Tres Reyes, Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Casa de los Tres Reyes.

En la cercana Simeonstrasse, la Casa de los Tres Reyes –del siglo XIII– sorprende con una fachada de influencia bizantina, al gusto de una época en la que los tesoros llegados de Oriente con las Cruzadas habían puesto de moda el oro y los grandes ventanales. De regreso en la plaza, la iglesia de San Gangolf esconde otro secreto: su torre, elevada un piso más por orden del arzobispo —que no podía consentir que los burgueses tuvieran las torres más altas de la ciudad—, es otro ejemplo de la larga rivalidad entre la mitra y la plaza pública.

Viñedos de riesling, Tréveris, Alemania© Shutterstock
Viñedos de riesling.

In vino veritas: el Mosela en copa

El vino no es solo un producto en Tréveris, es parte del paisaje, de la conversación y del ritmo de la ciudad. Desde los viñedos de Olewig, a 20 minutos a pie del centro histórico, la vista sobre los tejados y el río deja claro que el Mosela, Tréveris y el riesling son una misma cosa. La región es la segunda mayor zona de cultivo de riesling del mundo, y la mejor manera de comprobarlo es sentarse en el puesto de vinos del Hauptmarkt, donde bodegueros del Mosela, el Sarre y el Ruwer presentan sus mejores etiquetas a quien se acerque, sin protocolo ni intermediarios.

Galerías subterráneas, Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Galerías subterráneas.

La experiencia vinícola más insólita de la ciudad, sin embargo, está bajo tierra. Las Bodegas Episcopales —Bischöfliche Weingüter Trier— guardan sus vinos en una red de galerías subterráneas de paredes romanas que se extienden bajo las calles del centro. Un montacargas baja a los visitantes tres pisos hasta un mundo donde el silencio solo se rompe con el suave burbujeo de la fermentación y el goteo de las bóvedas. Las bodegas poseen viñedos —entre ellos el legendario Scharzhofberg— a lo largo de los tres ríos de la región y buena parte de la uva se vendimia a mano y el vino madura en barricas de roble.

Trucha del Mosela, Tréveris, Mosela© Javier García Blanco
Trucha del Mosela.

Si se quiere probar algo más local, el Viez —una sidra seca de manzana servida en la jarra llamada Porz— es la bebida de los días de verano y de las comidas contundentes. Acompañado de las Flieten —alitas de pollo fritas o asadas y sazonadas con especias— o del pescado del Mosela frito, resume bien el gusto de la región.

Pasear sin prisa

Zurlauben, el antiguo pueblo de pescadores que conserva sus casas de los siglos XVIII y XIX junto al Mosela, es el mejor lugar para entender por qué la ciudad creció a la vera del río: sus terrazas cubiertas, sus restaurantes sobre el agua y la visión del cauce ancho y verde invitan a quedarse. Desde aquí parten los barcos de paseo, una opción que combina bien con el carril bici de 200 kilómetros que sigue el río hasta Coblenza, pasando por viñedos en pendiente y pueblos de entramado de madera.

Palacio Electoral, Tréveris, Alemania© Javier García Blanco
Palacio Electoral.

De regreso en el centro, el Palastgarten, un exuberante y colorido jardín, se extiende frente al palacio rococó de los príncipes electores, con su fachada en tonos rosa y blanco, y brinda una pausa agradable antes de seguir. La Moselpromenade, entre el Puente Romano del siglo II y el Kaiser-Wilhelm-Brücke, ofrece otro ángulo de la ciudad, con las grúas históricas de los muelles reflejándose en el agua: la Alte Kran, de 1413, es el elevador portátil más antiguo del mundo en pie.

Una ciudad siempre viva

Tréveris tiene una agenda que funciona bien en cualquier época del año, pero hay varias citas que merecen planificación. A principios de junio (este año, los días 6 y 7), el BrückenGlück transforma el Puente Romano en un festival de dos días donde la música en directo y el baile al atardecer se mezclan sobre 2000 años de piedra. Una experiencia tan tranquila e inesperada como la ciudad que la acoge. El último fin de semana del mes, el Altstadtfest –el Festival de la Ciudad Vieja– toma el casco histórico con música, puestos gastronómicos y entrada libre.

Todo el año, los viernes por la noche, la visita teatralizada El diablo en Tréveris recorre las callejuelas del casco con un monje como guía y el misterio como hilo conductor: la Torre de los Francos, el patio de la catedral, las plazas del Hauptmarkt… Una puesta en escena que entusiasma por igual a locales y visitantes, y que recupera las viejas leyendas medievales sobre el maligno.

A finales de noviembre, Tréveris ofrece un buen motivo para visitarla en invierno: su mercado de Navidad, que ocupa el Hauptmarkt con puestos de madera entre los edificios históricos, y el aroma de pan de jengibre y vino caliente flota por los callejones iluminados. "Al emperador Augusto también le habría gustado", dicen en Tréveris. No tenemos razones para dudarlo.