La costa francesa de los atardeceres rojos, las calas escondidas y los pueblos que enamoraron a Matisse
Antes del 5 de noviembre de 1912, este tramo de costa francesa no tenía nombre. Durante siglos fue, simplemente, “la costa del Rosellón”, un tramo poco turístico que nadie había pensado en distinguir del resto. Sin embargo, el Club Touriste Catalan decidió ponerle remedio con una votación en la que había propuestas como Côte d'Amour o Côte Élyséenne. Aun así, la lógica más abrumadora se impuso con la denominación Côte Vermeille: el rojo de su geografía, de sus vinos y de sus atardeceres condensó aquella franja de 30 km en una palabra que gustó a todos.
Extendida entre Argelès-sur-Mer y la frontera española, donde el macizo pirenaico se lanza al Mediterráneo, esta costa de acantilados de esquisto, de calas de guijarros y de viñedos en terrazas cose con la carretera D914 cuatro pueblos con carácter propio y muy diferentes entre sí. Las vides llevan aquí desde que los fenicios se instalaron hacia el siglo VI a.C., con muretes de piedra seca que suman más de 6.000 km entre pendientes donde llamar heroica a la viticultura no es ninguna hipérbole.
Cerbère, el primer pueblo de la Côte Vermeille
Para entrar a Francia por el este, la autopista AP-7 es lo más cómodo, pero la carretera que va de Portbou por la costa y serpentea hasta Cerbère es otra cosa. El pueblo aparece al fondo de una bahía estrecha rodeada de acantilados y sin la presión turística de los pueblos que vendrán más al norte. Su mayor peculiaridad arquitectónica es el hotel Rayon Vert, un edificio Art Déco construido entre 1928 y 1932 sobre los propios acantilados para alojar a los viajeros internacionales que debían cambiar de tren en la frontera debido a los anchos de vía incompatibles y que hoy, rehabilitado, sigue siendo el mejor mirador sobre la bahía.
El cabo Cerbère tiene el último faro francés antes de España, alcanzable a través de un bello camino que bordea los acantilados desde el pueblo y que permite ver también un antiguo puesto fronterizo y las ruinas de instalaciones militares de la Segunda Guerra Mundial. La historia también se palpa en el camino de montaña que asciende al collado de Banyuls, la misma ruta que siguieron a pie miles de republicanos españoles en retirada durante el invierno de 1939, y que el filósofo Walter Benjamin cruzó en sentido contrario ese mismo año huyendo del nazismo.
En el centro del pueblo, un túnel peatonal se ha convertido en galería de arte callejero: decenas de artistas grafiteros han intervenido sus paredes y lo que empezó como un paso funcional entre dos partes del municipio es hoy una sorprendente intervención de arte urbano. Junto al puerto, una escultura moderna rinde homenaje a las transbordeuses, las mujeres que a finales del siglo XIX y principios del XX trasladaban a mano desde y hasta la frontera las cajas de naranjas españolas que los trenes no podían cruzar. El homenaje recuerda su valor para declararse en huelga en 1906 reclamando un salario digno y el triunfo de su revuelta.
Banyuls-sur-Mer, el vino y el fondo del mar
Once kilómetros al norte, Banyuls-sur-Mer es la más abierta y familiar de las poblaciones de la costa, con una bahía de casas de colores, palmeras y terrazas con pequeñas cafeterías ante las que trepan, inevitablemente, los viñedos. Ciudad natal del escultor Aristide Maillol —cuyo museo conserva obra original junto a piezas del período prehistórico local—, Banyuls tiene dos razones principales para detenerse un día entero. La primera está bajo el agua, pues aquí tiene su sede la reserva marina más antigua de Francia, creada en 1974, con 650 hectáreas de fondos excepcionalmente bien conservados que varios centros de buceo locales permiten explorar.
La segunda está en la copa. La bodega Terres des Templiers, cooperativa instalada en una antigua iglesia del convento dominico del siglo XIII, es el lugar donde se puede entender de primera mano la diferencia entre las dos denominaciones que comparten este terruño. El Collioure es seco, tinto y potente, elaborado con garnacha, syrah y mourvèdre sobre suelos de esquisto. El Banyuls, en cambio, es un vino dulce natural obtenido mediante el mutage —la adición de alcohol que detiene la fermentación conservando el azúcar natural de la uva— con aromas de fruta confitada, cacao e higos secos que recuerdan inevitablemente al oporto, aunque con menos graduación y más ligereza.
Port-Vendres y la bahía explosiva
Entre Banyuls y el siguiente pueblo, la carretera bordea la bahía de Paulilles, una cala ancha y tranquila que entre 1870 y 1984 albergó una fábrica de dinamita de la empresa Nobel cuyos explosivos se utilizaron en la apertura del Canal de Panamá y en la construcción del ferrocarril transiberiano. El sitio fue rehabilitado con un criterio poco habitual —jardín botánico, zona de baño y una exposición permanente sobre la historia industrial— y desde 2011 forma parte de la Red Grand Site de France. Este lugar donde la memoria de la industria y la naturaleza del presente conviven es la antesala de Port-Vendres, el puerto más funcional de la costa y el menos frecuentado por los circuitos habituales.
En él se encuentran desde barcos de pesca reales hasta comercio local, sin dejar de lado una vida cotidiana que, salta a la vista, no gira en torno al visitante. Un obelisco de mármol de treinta metros en el muelle recuerda el papel del puerto como nexo con Argelia durante el siglo XIX, y las fortificaciones que Vauban diseñó en 1694 flanquean todavía la entrada de la bahía. Además, hay un detalle que sorprende: Charles Rennie Mackintosh, el arquitecto y diseñador escocés que revolucionó el Art Nouveau europeo, pasó aquí los dos últimos años de su vida pintando acuarelas. Un itinerario señalizado muestra reproducciones de sus obras en los lugares exactos donde las realizó.
Colliure, donde nació el fauvismo
Al doblar el recodo que separa Port-Vendres de Collioure, se presenta de golpe una nueva bahía con una fortaleza al borde del agua. De fondo, el campanario de la iglesia de Notre-Dame-des-Anges, construido sobre la base de un antiguo faro medieval, es la única construcción de ese tipo en el Mediterráneo. Flotando en el agua, las barcas de colores amarradas en el puerto cierran una escena que propició, ya en el verano de 1905, un movimiento artístico de consecuencias imprevisibles.
Henri Matisse llegó a Collioure en mayo de ese año agotado y sin dirección. Paul Signac le había hablado de aquella luz y no había exagerado, pues cuando Matisse la vio, el enamoramiento fue inmediato. Ávido de compartir toda aquella belleza, escribió a sus amigos artistas invitándolos a unirse, aunque el único que respondió fue André Derain, que llegó aquel mismo julio. Durante el verano trabajaron juntos en lo que ellos mismos describirían como “una luz dorada que borraba las sombras”, dejando de imitar la naturaleza para empezar a interpretarla con colores puros y pinceladas enérgicas.
Matisse produjo más de 15 lienzos y 40 acuarelas en menos de tres meses. Cuando presentaron el trabajo en el Salon d'Automne de París aquel otoño, el crítico Louis Vauxcelles los llamó fauves, bestias salvajes, intentando ridiculizarlos. Consiguió, contra todo pronóstico, el efecto contrario, pues aquel fue el bautizo de uno de los movimientos más influyentes del arte moderno. El propio Matisse lo había resumido ya sin ningún esfuerzo: "No hay en Francia un cielo más azul que el de Colliure. Solo tengo que cerrar las persianas de mi habitación y tengo todos los colores del Mediterráneo en casa”.
Hoy el Chemin du Fauvisme recorre el pueblo situando reproducciones de aquellos cuadros exactamente en los lugares donde Matisse y Derain colocaron sus caballetes en 1905, lo que permite el ejercicio de comparar el Colliure pintado con el Colliure real. Más de treinta galerías de arte contemporáneo se han instalado en el pueblo desde entonces, un lugar que sigue siendo, un siglo después, un imán para quienes trabajan con la luz y el color.
Colliure guarda también el recuerdo de otro gran personaje, este de la literatura. En el antiguo cementerio, junto a una lápida cubierta habitualmente de flores y papeles con versos escritos a mano, reposan los restos de Antonio Machado y de su madre, Ana Ruiz. El poeta llegó el 28 de enero de 1939 huyendo del franquismo, cruzó la frontera a pie en pleno invierno y se instaló en el Hotel Quintana, un edificio de fachada rosa a pocos metros del cementerio.
Murió el 22 de febrero, apenas veinticinco días después de llegar. Su madre le siguió días después. En el bolsillo de la chaqueta, su hermano José encontró un papel con los últimos versos que había garabateado: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Una frase incompleta que dice más que muchos poemas terminados. El hotel es hoy el Espace Machado, un museo sobrio y emocionante dedicado a sus últimos días, y la bandera de la Segunda República ondea permanentemente junto a la tumba.
Argelès-sur-Mer, donde termina la roca
El último pueblo de la Côte Vermeille en dirección norte es también el único que no parece pertenecer del todo a ella. Argelès-sur-Mer tiene siete kilómetros de playa de arena fina, un puerto deportivo con casi 800 amarres y toda la infraestructura de una gran estación balnearia del Mediterráneo francés. En verano es uno de los lugares más concurridos de la costa; en cualquier otra época del año, es un lugar tranquilo donde desconectar en su centro histórico, separado del frente de playa.
Este conserva su trazado medieval, con la iglesia de Notre-Dame-del-Prat del siglo XIV como eje y los restos del castillo de Ultrera sobre la colina como testigo de cuando Argelès formaba parte del Reino de Mallorca, antes de pasar a Francia con el Tratado de los Pirineos de 1659. Sobre esa misma historia señorial se construyó en 1888 el Château de Valmy, un edificio de estilo Art Nouveau encargado por el abogado y político Jules Pams sobre los restos de una masía medieval, con un parque de cinco hectáreas que hoy sigue produciendo vino y que desde sus miradores ofrece la mejor panorámica de toda la bahía.






