La isla francesa que parece italiana y enamora con carreteras imposibles, calas secretas y montañas salvajes

La isla francesa que parece italiana y enamora con carreteras imposibles, calas secretas y montañas salvajes

Tan enigmática como poderosa, la isla de Córcega aparece al otro lado de la ventanilla del avión cuando nos acercamos a la pista de aterrizaje, mostrando ya algunos de sus tesoros. Los imponentes picos de sus montañas se elevan al cielo (el Cinto, el más alto, alcanza los 2000 metros), mientras que las laderas, forradas de verde, alcanzan la costa casi en vertical. 

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A pesar de su tamaño –apenas 50 kilómetros de este a oeste, y 185 de norte a sur–, Córcega esconde mucho más en sus entrañas. Un universo diverso y tentador que descubrimos de la manera en que mejor se revelan las cosas en este paraíso del Mediterráneo: sentándome al volante.

Carretera y panorámica en Cap de Corse, Córcega© Francesco Riccardo Iacomino

Bastia, el punto de partida

Este particular road trip arranca en el aeropuerto de Bastia, una de las principales ciudades isleñas y recurrente puerta de entrada para viajeros. Una urbe que no deja indiferente, en sus calles se contemplan pintadas que dejan claro ese dilema sobre la identidad tan intrínseco al carácter corso. Córcega pertenece a Francia desde que el país la comprara en 1878, pero por su cercanía a Italia, que también la gobernó en el pasado, la influencia cultural y emocional se halla bien clara. De hecho, incluso su idioma, el corso, recuerda más al italiano que al francés. 

Bastia concentra gran parte de su ambiente en torno al Vieux Port, un agradable lugar rodeado de vetustos edificios y casas de pescadores desde cuyas terrazas se disfruta del tardeo más auténtico. Recorremos sus calles, entre paredes desconchadas y ropa tendida, entregándonos a un baño de esencia mediterránea como pocos. No tardamos en toparnos con la magnificencia del Palacio de los Gobernadores o con los Jardines Romieu, aunque toda incursión debe acabar con un paseo por el muelle hasta llegar al faro.

Bocche di Bonifacio, Córcega© Luciano Gaudenzio

Por la costa oeste

Llega el momento de lanzarse a la carretera y dejarse llevar por sus curvas imposibles mientras, fuera, se suceden paisajes espectaculares como los de la península de Cap Corse, con sus acantilados, calas de aguas cristalinas, pueblos pesqueros y torres vigía. O los del desierto de Agriates, de extensas praderas y crestas rocosas. Justo antes, una parada en Saint-Florent para pasear unas horas por su casco histórico del siglo XV. 

La costa oeste me conquista desde el primer instante. La tentación de parar está en cada curva, tras cada giro de volante. Aparece entonces la silueta de L´île Rousse, que pide a gritos que la inmortalicen en una foto para después visitar su mercado bajo inmensas columnas de estilo romano. No hay duda, es el sitio ideal para hacer acopio de delicias locales.

En ruta hacia el interior

Lo mismo ocurre tierra adentro, en Pigna, solo que allí nos tientan con otro tipo de souvenirs: los que elaboran los múltiples artesanos que, desde hace años, han elegido sus calles y coloridas casas para establecer sus talleres, convirtiendo el pequeño pueblo en un referente de la artesanía isleña. 

Aquí tiene su guarida Ugo Casalonga, luthier especializado en un peculiar instrumento tradicional corso. "En mi casa la música siempre estuvo viva. Mi madre tocaba el clavicordio; mi padre, la guitarra. Al cumplir 16, me obsesioné con los sonidos medievales de la cetera, pero ya no las vendían en ningún sitio. No podía permitirme encargárselo a un luthier, así que pensé en fabricarla yo. Así empezó todo", me confiesa. 

Unas calles más arriba, es Jacques Quilichini quien trabaja la artesanía, solo que, en su caso, en el torno: "Llevo ya 47 años aquí, estudié porcelana cuando era joven y después me especialicé en la cerámica. He visto cómo, poco a poco, Pigna se ha convertido en una especie de laboratorio para artistas en la isla", nos dice. Tras el encanto de lo rural, llega el momento de Calvi, que, con su ciudadela del siglo XIII junto al mar, posee ese carácter señorial de la isla.  

Pueblo de Pigna, Córcega© Cristina Candel
Pueblo de Pigna

LLegamos a la capital, cuna de Napoleón

Acantilados y calas dignas de protagonizar las mejores postales por curvas que no cesan, marca de la casa, se alcanza  la capital. Ajaccio, que vio nacer a Napoleón, aguarda esbelta y hermosa, rebosante de carisma y de oportunidades para continuar ahondando en la historia de Córcega. Sus vías comerciales, así como su popular mercado, bullen de actividad. En el Musée Fesch se expone una interesante colección de arte italiano, mientras que la vanguardia pisa fuerte en las entrañas de la antigua ciudadela. No faltan cafeterías de aires hípster, tiendas de diseño y una galería fotográfica que refleja en imágenes la historia corsa. Algo más allá, las Islas Sanguinarias son el contrapunto a lo urbanita, un archipiélago que, según se refleje el sol en él, se tiñe de rojo debido a las rocas de pórfiro que lo forman.

Camino del sur: calas de azules imposibles

El camino sigue hacia el sur, donde la belleza explota. Las calas se tiñen de azules imposibles en las que entregarse a un chapuzón. Ahí están San Giovanni o Roccapina, Saint Jean o d´Argent, pequeños y remotos edenes en los que empaparse de puro Mediterráneo antes de alcanzar otro de los emblemas corsos. 

Francia, isla de Córcega, calles de Bonifacio© Cristina Candel

Bonifacio, la villa más hermosa de Córcega

Solo hace falta asomarse al Bastión de l´Étendard, a 70 metros de altura, para contemplar cómo las olas rompen fervientemente contra las antiguas murallas de la fortaleza. También se otea, a lo lejos, la silueta de Cerdeña. Una vez más, Italia presente.

La estampa emociona, haciendo que el esfuerzo de subir las escalinatas hasta la zona más antigua de Bonifacio haya merecido la pena. Fundada por Bonifacio II de Toscana en el 828, nos perdemos por sus calles empedradas para visitar la iglesia Sainte-Marie-Majeure o caminar por los senderos que llevan hasta los acantilados vecinos, desde donde admirar el lugar en todo su esplendor. Una parada en la cala de Santa Giulia resulta la antesala ideal a una agradable velada en otro mítico rincón de la isla: Porto-Vecchio, referente del lujo corso, aguarda con su aura exclusiva y su puerto colmado de yates a que me sienta una parte más de la jet set europea. 

Últimas etapas del viaje

En la última etapa del viaje, el glamur da paso a lo terrenal. Toca conocer la cara interior de Córcega, que conquista por su naturaleza más sublime. La ruta está plagada de frondosos valles y cascadas semiescondidas, densos bosques de hayedos y pinos, pueblos rurales y montañas ocultas tras nubes que auguran algún que otro chaparrón. En Levie, en Alta Rocca, nos detenemos en la Coutellerie du Lotus, donde llevan 40 años elaborando excepcionales cuchillos respetando la tradición de la forja artística. "Utilizamos hueso de cuerno de cabra que dejamos durante 24 horas en aceite de oliva para que, posteriormente, sea más fácil moldearlos. Con ellos hacemos los mangos de los cuchillos", narra Pierre Yves Thomas, quien ha seguido el oficio de su padre y elabora artesanalmente este tipo de piezas. 

isla de Córcega

Tras seguir el camino, es en Corte, con su ambiente universitario y su ciudadela del siglo XV, donde finaliza la aventura. No sin antes, eso sí, adentrarse en el valle de Restonica, cuya carretera aferrada al desfiladero, entre paredes rocosas y el imponente río, brinda una experiencia de lo más adrenalínica. Qué mejor manera de despedirme de este paraíso, que abrumada por su mayor tesoro natural.  

LO QUE NO TE PUEDES PERDER

  • Catar los vinos corsos en la bodega Domaine Separale, en el valle de Ortolo.
  • Conocer el taller del luthier Ugo Casalonga, en Pigna, y descubrir cómo suena la cetera, instrumento tradicional corso.
  • Contemplar la puesta de sol desde cualquiera de los miradores de Capo Rosso.
  • Parar en el pueblo de Levie, en Alta Rocca, y visitar los talleres artesanales de Stephan Deguilhen o la Coutellerie du Lotus.
  • Visitar la colección de arte italiano más importante de Francia en el Musée Fesch, en Ajaccio.

DÓNDE DORMIR EN ESTA RUTA POR CÓRCEGA

 El Hôtel Santa Maria (hotel-santa-maria.com), en la preciosa villa de Saint-Florent, es un coqueto alojamiento de tres estrellas con balcones y vistas al pueblo o al mar. Sus 30 acogedoras, pero modestas, habitaciones son la base perfecta para explorar Cap Corse. Aunque, para vistas, las que se gozan desde el Hotel Capo Rosso (caporosso.com), que permite dormir plácidamente con los agrestes acantilados del Golfo de Porto, Patrimonio de la Humanidad, vigilando en la distancia. A un salto de las Islas Sanguinarias, a las afueras de Ajaccio, el moderno Hotel Cala di Sole (caladisole.fr) está construido a pie de mar y goza de unas puestas de sol espectaculares. En la lujosa Porto Vecchio, el Hotel Costa Salina (hotelcostasalina.com) es la opción ideal para descansar tras días de mar y playa.  

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