La mansión encantada de la Revolución Cultural china
En la esquina donde confluyen seis arterias de la antigua Concesión Francesa, la silueta de la Wukang Mansion emerge como la proa de un barco que hubiera quedado encallado en mitad de Shanghai. A diario, desde bien temprano, miles de turistas chinos aparecen por los esquinazos para fotografiarse frente a la fachada de ladrillo. También asoman muchas influencers con sus móviles colocados sobre pequeños trípodes.
Todos los visitantes buscan el mejor ángulo de un edificio con balcones curvos y grandes ventanales que se ha convertido en icono vintage de la capital financiera. Pero lo que desconoce la gran mayoría es que, detrás de esta postal elegante de la moderna Shanghai, se esconde una historia muy oscura.
Una pareja de novios frente a la Wukang Mansion.
Algunos vecinos ancianos de la antigua Concesión Francesa todavía recuerdan cuando la Wukang Mansion tenía otro apodo: "el trampolín". Pero no es fácil encontrar a quien quiera hablar de ello. "Hubo varios suicidios. Gente que se arrojaba desde los balcones", cuenta el señor Zhang, un jubilado que lleva más de 70 años viviendo en una urbanización cercana. Otro residente veterano, de apellido Hui, añade más contexto: "Allí vivían muchos actores, escritores y artistas famosos. Pero durante la Revolución Cultural muchos fueron perseguidos y lo perdieron todo. Algunos no pudieron soportarlo".
El edificio fue levantado en 1924 por el arquitecto húngaro-eslovaco László Hudec, el gran diseñador de la Shanghai cosmopolita de entreguerras. Inspirado en el acorazado francés Normandie, Hudec aprovechó la forma triangular del solar para crear una construcción afilada, como si el inmueble estuviera abriéndose paso entre avenidas.
En aquella época, Shanghai era una anomalía colonial donde convivían banqueros británicos, mafiosos chinos, diplomáticos franceses, refugiados rusos y magnates judíos. La Wukang Mansion -entonces conocida como Normandie Apartments- fue concebida para expatriados ricos: apartamentos con calefacción, dos ascensores, baños privados y balcones, en una época en la que la mayoría de los chinos seguían viviendo en casas comunales sin agua corriente.
Tras la guerra civil y la victoria comunista de 1949, el edificio cambió de manos y de nombre. Varias estrellas del cine local se mudaron allí, atraídas por el prestigio del inmueble y por el aura cultural que todavía conservaba la antigua Concesión Francesa. Aquel glamour duró hasta 1966, cuando Mao Zedong lanzó la Revolución Cultural y Shanghai dejó de ser la ciudad sofisticada que había fascinado a extranjeros y escritores, para convertirse en uno de los epicentros de la furia revolucionaria.
Las paredes de la Wukang, hoy restauradas y convertidas en objeto de deseo inmobiliario, fueron testigos de las purgas y los suicidios. Las autoridades bautizaron el edificio como "Torre Antirrevisionista" por sus conexiones occidentales y porque en él vivían artistas, intelectuales y profesionales sospechosos de simpatizar con valores burgueses.
Los Guardias Rojos de Mao irrumpían en apartamentos para humillar públicamente a actores, escritores y músicos. "Después de las primeras muertes, hubo un tiempo en el que se pensaba que el edificio estaba encantado", asegura una anciana vecina del barrio. "La gente contaba historias sobre fantasmas, sobre los espíritus que se habían quedado allí atrapados".
Turistas se hacen fotos frente a la Wukang Mansion.
Algunos escritos del siglo pasado, hoy censurados en las librerías chinas, recogían la historia de Shangguan Yunzhu, una popular actriz que saltó desde el balcón de su apartamento en la séptima planta el 23 de noviembre de 1968. Investigadores sostenían que esta mujer había captado la atención de Mao, quien la visitaba con cierta frecuencia en Shanghai. El rumor del romance circuló durante años entre las élites del Partido Comunista.
Las publicaciones, basadas en testimonios recogidos tiempo después, apuntaban a que Jiang Qing, la última esposa de Mao (una actriz de segunda fila que se convirtió en guardiana de la ortodoxia maoísta, dirigiendo muchas de las campañas revolucionarias más feroces), envió a los Guardias Rojos a casa de Shangguan para interrogarla y torturarla psicológicamente. Querían que confesara que mantenía una relación secreta con Mao. Ella no pudo aguantar la presión.
Este mes de mayo se cumplen 60 años desde el nacimiento de la Revolución Cultural, cuando Mao, debilitado tras el desastre del Gran Salto Adelante y la hambruna que causó millones de muertos, decidió recuperar el control absoluto del Partido. Presentó la campaña como una ofensiva ideológica contra elementos "capitalistas" infiltrados en el sistema. En realidad, fue también una purga política gigantesca. Movilizó a millones de estudiantes para atacar las conocidas como "Cuatro Viejas": viejas ideas, vieja cultura, viejas costumbres y viejos hábitos.
El culto a la personalidad alcanzó niveles casi religiosos. El Pequeño Libro Rojo (citas y discursos del líder comunista) se convirtió en una especie de biblia obligatoria. Las escuelas y universidades cerraron. Los trenes gratuitos transportaban Guardias Rojos de una ciudad a otra para extender la revolución. En el verano de 1966, Pekín cayó en una espiral de violencia: profesores asesinados por sus alumnos, casas saqueadas, templos destruidos, libros quemados...
Shanghai tampoco escapó al caos, con distintas facciones maoístas que terminaron enfrentándose entre sí por su distinta cosmovisión sobre la "pureza" del sistema.
La violencia se extendió por todo el país. En la región de Guangxi se documentaron fusilamientos públicos. En Mongolia Interior, miles de personas fueron torturadas bajo acusaciones falsas de separatismo. Historiadores estiman que entre medio millón y dos millones de personas murieron durante aquella década.
Ni siquiera las familias de la élite comunista escaparon. Xi Zhongxun, veterano revolucionario y padre del actual presidente chino, fue purgado y humillado públicamente. Su hijo, Xi Jinping, tenía apenas 13 años cuando comenzaron las campañas maoístas. Como millones de jóvenes urbanos, el actual líder acabaría siendo enviado al campo para su "reeducación".
Un policía de tráfico frente a la Wukang Mansion de Shanghai.
Hoy, al lado del portal principal de la Wukang Mansion, una pequeña tienda vende helados artesanales y postales del edificio. A pocos metros, parejas de novios posan para sesiones de fotos de boda. En una de las esquinas hay un Starbucks y en otra, un restaurante francés de lujo.
La memoria de lo ocurrido permanece enterrada bajo capas de prosperidad y consumo. La oscuridad de la Revolución Cultural, a diferencia de otros episodios como la masacre de Tiananmen, no se ha tapado en los revisados libros de Historia que circulan por las escuelas. El Partido Comunista llegó a definir la campaña maoísta como un "grave error", aunque nunca permitió un examen público profundo de aquella década, y cualquier investigación académica al respecto está estrictamente supervisada. No vaya a ser que se comience a cuestionar la legitimidad histórica del sistema y, sobre todo, la figura de Mao, que sigue presidiendo la entrada de la Ciudad Prohibida desde su enorme retrato en el corazón político de China.


