La OTAN y lo improbable, lo imposible y lo impensable
En 1890, el mismo año en el que el almirante estadounidense Alfred Thayer Mahan revolucionó el mundo de la naciente geopolítica con The Influence of Sea Power upon History , Arthur Conan Doyle puso en boca de Sherlock Holmes una de las frases más útiles para entender la vida en general y las relaciones internacionales en particular: "Cuando has eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad".
En ese año, la visión imperante sostenía que el dominio de los mares era la clave de la hegemonía mundial y por eso las grandes potencias debían construir armadas dominantes, controlar las rutas marítimas y establecer bases para proteger el comercio y proyectar influencia. Un par de lustros después, sin embargo, el británico Halford Mackinder cambió completamente el paradigma con 'The Geographical Pivot of History', afirmando que el centro de gravedad del poder mundial no residía en los océanos, ya no, sino en el corazón continental de Eurasia: "Quien gobierne Europa del Este dominará el Heartland; quien gobierne el Heartland dominará la Isla Mundial; quien gobierne la Isla Mundial dominará el mundo", lo que marcó el siglo.
Hoy, cierre de Ormuz mediante, ya no basta con controlar tierra o mar, ni siquiera el aire como los especialistas se cansan de decir viendo lo ocurrido en Irán. Hay que dominar las cadenas logísticas, los cables submarinos, los satélites, las redes digitales, la energía, las materias raras, los semiconductores. Hay una geopolítica de infraestructuras críticas y de drones, como ha demostrado Ucrania, en tiempo récord y condiciones precarias.
Durante décadas, la OTAN fue considerada una de las pocas constantes de la política internacional. Superó la Guerra Fría y su abrupto final, sobrevivió a las guerras de los Balcanes, se reinventó tras los atentados del 11 de septiembre con la intervención en Afganistán y pivotó hacia China por primera vez en 2019, en la cumbre de Londres. La Alianza resistió el ego de De Gaulle y las profundas divisiones que provocó la invasión de Irak. Se mantuvo también, a pesar de las serias dudas, en el primer mandato de Trump y la época de la 'muerte cerebral" decretada por Macron.
En los círculos estratégicos predominaba la idea de que, pese a las tensiones internas, los desafíos externos y el fin de la bipolaridad, la Alianza era una institución prácticamente indispensable, inmune a los cambios políticos. Ese paradigma ha empezado a resquebrajarse. La creciente rivalidad entre Estados Unidos y China ha desplazado el centro de gravedad hacia el Indo-Pacífico, mientras que el auge de movimientos nacionalistas y populistas, a ambos lados del Atlántico, ha debilitado el consenso imperante desde 1945.
El regreso de Trump, desatado, ha reabierto todos los escenarios catastrofistas. Los diplomáticos europeos decían hace ocho años que la situación era muy seria, pero no grave. O grave, pero no seria. Ahora ya no apostarían su sueldo a la continuidad, pese a las contorsiones desesperadas de Mark Rutte. Por primera vez desde su creación en 1949, en cancillerías, cumbres internacionales y los principales foros de Seguridad y Defensa se discuten abiertamente escenarios que hace apenas una década habrían parecido impensables: una reducción drástica del compromiso estadounidense, una alianza a velocidades distintas o incluso una desintegración gradual. La OTAN sigue siendo la organización militar más poderosa del mundo, pero su permanencia ya no se considera inevitable, sino un desafío político que debe renovarse cumbre a cumbre.
La Alianza está entrando en su tercera gran etapa. La OTAN 1.0 se concibió para contener a la URSS. La OTAN 2.0 intentó gestionar el orden posterior a la Guerra Fría, desde los Balcanes al mundo posterior al 11-S. La OTAN 3.0, la que se está perfilando ahora, tiene que convivir con tres amenazas simultáneas: Rusia, China y, de forma 'inesperada', Estados Unidos que ha roto el orden internacional que levantó en 1945.
En 1973, cuando publicó 'La República Imperial', Raymond Aron notó que la política exterior estadounidense parecía estar entrando en una nueva fase. "El acercamiento de Estados Unidos a sus enemigos (la Unión Soviética y la China comunista), las disputas comerciales y monetarias con sus aliados europeos y japoneses, la reducción de la brecha entre la riqueza de Estados Unidos y la de sus socios-rivales, la creciente oposición pública al peso imperial y la acusación contra los responsables de la guerra de Vietnam", dijo con Nixon en mente.
Cambien Vietnam por Irán y verán las similitudes. La policrisis, la mano tendida a los enemigos y los palos a sus amigos, el "peso imperial". Desde Ankara, Trump literalmente hizo eso, elogiando a Rusia, China y su anfitrión mientras echaba pestes de los demás. La Cumbre, qué él mismo definió como un éxito y muestra de "unidad" se salvó sin grandes incidentes. La declaración se aprobó, no hubo broncas dentro de la sala y se pasa página hasta la próxima, que debería ser en Albania, pero no está siquiera claro cuándo.
El desafío real
Pero el problema es que no estamos ante una discrepancia sobre el gasto militar, no es siquiera que Washington esté acelerando su giro hacia el Pacífico y quiera reducir su implicación. O que los europeos, como pasó en 2003, no quieran implicarse en Oriente Próximo. El desafío es de fondo y va más allá de Trump. La Casa Blanca, reflejando una pulsión amplia en el país, lo presenta en términos civilizatorios. Las prioridades estratégicas son distintas, la cosmovisión es diferente, las prioridades son opuestas. Irreconciliables quizás.
Se abren pues diversos escenarios. El primero, que no pase nada. Que la Presidencia Trump termine sin mayores desgracias, la normalidad (sic) vuelva a Washington y la OTAN evolucione como ha hecho estas décadas. Una "organización revitalizada", en palabras de Rachel Ellehuus, del Center for Strategic & International Studies de Washington. El segundo, "una transición hacia una Alianza más europea", según Camille Grand, de la Brookings Institution. El tercero, más radical, implica una desafección que lleva inevitablemente a la reducción de los compromisos estadounidenses. "En la práctica, y en cuestión de meses o años, Estados Unidos multiplicaría las señales de desvinculación: abandono de Ucrania; retiradas de tropas rápidas, masivas y descoordinadas; cierre de bases estadounidenses en Europa; desinterés en las funciones de mando de la OTAN; y un debilitamiento posiblemente irreversible de la garantía estadounidense ante aliados y adversarios", dice Grand, aguas completamente desconocidas que empujarían a algunos miembros a buscar, por su cuenta, garantías de seguridad. Con Washington, Moscú o quizás otros actores.
El último escenario, el peor, pasaría por una disolución de la OTAN propiciada por los choques comerciales y tecnológicos, el abandono de Kiev o las ambiciones de la República Imperial en Groenlandia. Con una hostilidad abierta entre ambas partes. El primer secretario general, Lord Ismay, dijo de forma célebre que la Alianza existía para "mantener a los rusos fuera, a los estadounidenses dentro y a los alemanes a raya". La ruptura es un planateamiento que parece ridículo, absurdo, perjudicial para todos. Pero como recalca Jonathan Burchell, del CSIS, "ese mundo ya no existe". Y cuando se elimina lo imposible, entre lo que queda, por improbable que parezca, debe estar la respuesta. Lo que siempre soñó Moscú, y hoy anhelan Teherán, Pekín o Pyongyang, es improbable, pero ya no es imposible. Ni impensable.