La princesa 'olvidada' de Irán: quién es Shahnaz, la heredera de dos dinastías que eligió el silencio
Nació en un palacio, que, en algunos momentos, pudo tornarse una ‘jaula de oro’. Fue educada en prestigiosos internados del viejo continente, y aunque su padre la adoraba, conoció demasiado pronto lo que era la soledad. La vida de Shahnaz, la princesa ‘olvidada’ de Irán, no ha sido, en muchos momentos un cuento de hadas.
Heredera de dos dinastías –la Mehmet Alí, la última casa reinante de Egipto, y la Pahlavi, la última de Irán-, a sus 85 años, vive en Suiza, su hogar desde hace más de cuatro décadas, pero, a día de hoy, sigue siendo un misterio sin descifrar.
La primogénita del Sha Mohammed Reza Pahlavi llegó al mundo un año antes de que su padre ascendiese al trono del Pavo Real, en 1941, cuando Reza Khan -que se autoproclamó Shah en 1925 tras derrocar a la dinastía turca de los Kayar- fue obligado por Londres y Moscú a abdicar en su hijo. “Nosotros lo pusimos, nosotros lo quitamos”, llegaría a aseverar Churchill.
El príncipe heredero se convertía, con 22 años, en el poderoso Shah de Persia, y contaba con una de las princesas más bellas del mundo, Fawzia -hermana de Faruk I de Egipto-, a su lado.
Juntos formaban una fascinante pareja. Sin embargo, su futuro no se antojaba precisamente prometedor. Su unión fue, más bien, una estrategia política. Faruk que, en principio, se oponía a dar la mano de su hermana a Mohammed, terminó accediendo al enlace, en un intento de estabilizar la posición de Egipto en Oriente Medio.
También había otro importante obstáculo ‘insalvable’ entre ellos: él era chiíta; ella, suní.
Aun así, el 15 de marzo de 1939 se casaban en una ostentosa boda en el palacio de Abdeen, en El Cairo. Un ‘sí, quiero’ que no tuvo el esperado final feliz.
La tristeza de la Venus de Oriente
Decían que Fawzia, más que una princesa, parecía una diva de Hollywood -la comparaban con actrices como Hedy Lamarr-. El conocido fotógrafo Cecil Beaton, que la retrató para la revista TIME, la tildó como “una Venus de Oriente”, y sí, su extraordinaria belleza fue legendaria, pero su tristeza, también.
Tras dar a luz a Shahnaz, se retiró de la vida social, y cada vez se le hacía más difícil adaptarse al estilo de vida de un país tan diferente al suyo.
Alarmado por las noticias que llegaban desde Irán -la princesa había perdido muchísimo peso y sufría depresión-, su hermano le pidió que regresase al que ella consideraba su hogar. En 1945, Fawzia ponía rumbo a Egipto, y tres años después de su vuelta a El Cairo, en 1948, se le concedió el divorcio, aunque tuvo que pagar un alto precio. Su hija -que había heredado sus intensos ojos claros- se quedaba en territorio persa. Shahnaz tan sólo tenía cinco años.
Una 'jaula de oro'
Creció entre algodones, en el Palacio de Sa’dabad, recibiendo una educación cosmopolita -al igual que su padre-, en internados en Bélgica y Suiza, pero, al fin y al cabo, lejos de su madre, lo que forjó su carácter reservado y melancólico.
A miles de kilómetros de Teherán, Fawzia terminó encontrando el amor al lado de un militar noble y diplomático, Ismail Chirine, con quien tuvo otra hija.
Mohammed Reza también volvía a rehacer su vida. El 12 de febrero de 1951, en el Palacio de Golestán, de Teherán, el Shah celebraba su enlace con Soraya Esfandiary-Bakhtiari, una bella joven de 19 años.
Un segundo matrimonio que, de nuevo, tampoco sería para siempre. El varón que tanto ansiaba el Sha no llegó. Siete años después, se divorciaban, un “sacrificio de mi propia felicidad”, explicaría la princesa Soraya de Irán, que, para el mundo, ya era la ‘princesa de los ojos tristes’.
Con dieciséis años, era Shahnaz la que se convertía en la novia de Irán. En el majestuoso Palacio de Golestán, donde su padre se había casado, seis años antes, con la princesa Soraya, celebraba su enlace con Ardeshir Zahedí, ministro de Asuntos Exteriores del país -y, se decía, el candidato ideal para su padre-.
Shahnaz seguiría los pasos de su marido, acompañándole a Estados Unidos y a Reino Unido, donde ejerció como embajador de Irán, y tendrían una hija, la princesa Zahra, pero la felicidad duró siete años. En 1964, la pareja se divorciaba.
Mientras tanto, en 1959, el Shah volvía a casarse, de nuevo, por tercera y última vez, con otra joven, Farah Diba, que lo acompañó hasta el final de sus días, en el exilio, y con la que sería padre decuatro hijos -Farahnaz, Reza, Alireza y Leila-.
El silencio
En 1967, el esplendor del Palacio de Golestán, de nuevo, captaba las miradas del mundo. El Sha conmemoraba los más de dos mil años del imperio persa con una fastuosa ceremonia de coronación en 1967.
Allí, frente a sus súbditos, se colocaba, sobre su cabeza, la corona imperial, con más de tres mil piedras preciosas, y después, coronaba a su mujer, Farah Diba, como emperatriz de Persia.
Su pequeño Reza pasaba así a ser príncipe heredero, pero, a su lado no podía faltar su querida Shahnaz, luciendo una espectacular tiara, que él mismo había encargado a Van Cleef & Arpels, compuesta por esmeraldas y diamantes, y un par de pendientes y collar a juego.
Con aquella imagen la princesa que siempre prefirió el silencio saltaba al primer plano, aunque no por mucho tiempo.
El 16 de enero de 1979 estallaba la Revolución Islámica y la familia real salía del país, dejando todo atrás. Comenzaba el exilio y Shahnaz se encontró con un nuevo destino.
Lejos de Irán, en febrero de 1971, se casaba con Josró Yahanbaní, en una ceremonia que se celebró en la embajada de Irán en París. En esta ocasión, fue un ‘sí’ para siempre. Estuvieron juntos hasta que su marido falleció en 2014, en Ginebra, y fruto de su matrimonio nacieron dos hijos, Keijosró, y una niña a la que llamó Fawzia, en honor a su madre.
Su vida actual sigue siendo un gran misterio. Reside en Suiza desde hace décadas, y en 2013, se le concedió la nacionalidad egipcia. Shahnaz, que siempre había vivido entre dos mundos, consolidaba así su propia historia.









