La reflexión de Kafka sobre la autenticidad, que parece escrita para la era de Instagram, 102 años después de su muerte: "La vida era una fiesta de disfraces..."

La reflexión de Kafka sobre la autenticidad, que parece escrita para la era de Instagram, 102 años después de su muerte: "La vida era una fiesta de disfraces..."

En un mundo hiperconectado donde ponemos filtros a nuestras fotografías en Instagram, construimos una imagen profesional en LinkedIn y seleccionamos con minuciosidad y adaptamos constantemente lo que mostramos a los demás, una reflexión atribuida a Franz Kafka parece más actual que nunca.

"Me avergoncé de mí mismo cuando me di cuenta de que la vida era una fiesta de disfraces y yo asistía con mi verdadero rostro".

Kafka retrató hace más de un siglo una sensación que hoy conocemos como burnout© Getty Images
Franz Kafka falleció el 3 de junio de 1924, pero muchas de las reflexiones que se le atribuyen siguen conectando con inquietudes muy actuales

Aunque los expertos debaten si se trata de una paráfrasis de sus cuadernos o de un fragmento directo, la cita se ha convertido en el lema de todos aquellos que sufren de agotamiento social. Habla de algo muy actual, de la sensación de que ser uno mismo puede resultar complicado en un mundo donde a menudo parece más fácil ocultarse tras una máscara o intentar encajar en lo que esperan los demás. 

Y no deja de resultar llamativo que una idea asociada a un escritor fallecido el 3 de junio de 1924, hace exactamente 102 años, parezca describir con tanta precisión algunos de los dilemas más habituales del siglo XXI.

¿Vivimos en la mayor fiesta de disfraces de la historia?

La fuerza de esta reflexión reside en una imagen muy sencilla.

Imaginemos una fiesta de disfraces. Todos los invitados llegan ocultos tras una máscara, interpretando un personaje distinto al que son realmente. Entonces aparece una única persona sin disfraz, alguien que decide mostrarse tal y como es.

Lejos de sentirse orgullosa de su sinceridad, se avergüenza y se siente fuera de lugar.

Más de un siglo después, la metáfora parece especialmente vigente. Las redes sociales han multiplicado las oportunidades de construir una identidad cuidadosamente seleccionada. Mostramos nuestros mejores momentos, nuestras mejores fotografías y una versión editada de nuestra vida cotidiana. A menudo vemos las vidas de los demás como perfectas y creemos que todos son más felices, tienen más éxito o menos problemas que nosotros. Es entonces cuando empezamos a cuestionarnos nuestras propias decisiones, nuestras metas e incluso nuestra forma de vivir. Quizá por eso esta reflexión sigue conectando con millones de personas en todo el mundo. 

Franz Kafka posa junto a su prometida, Felice Bauer, con quien mantuvo una intensa relación epistolar durante años antes de que su compromiso terminara rompiéndose definitivamente© Getty Images
Franz Kafka posa junto a su prometida, Felice Bauer, con quien mantuvo una intensa relación epistolar durante años antes de que su compromiso terminara rompiéndose definitivamente

Cuando ser auténtico puede resultar agotador

La frase habla del cansancio que puede producir la necesidad constante de encajar. De la sensación de tener que adaptar lo que pensamos, sentimos o mostramos para responder a las expectativas de los demás y estar a la altura de cualquier círculo social que se precie. 

La reflexión apunta precisamente a ese conflicto silencioso entre la honestidad y la supervivencia social. A veces, ser auténtico puede hacernos sentir más expuestos que seguir el papel que esperan los demás.

Mostrar quiénes somos realmente implica asumir riesgos. Significa aceptar la posibilidad del rechazo y renunciar a la protección que ofrecen las máscaras sociales.

La relación con su padre marcó toda su obra

Nacido en Praga en 1883 dentro de una familia judía de habla alemana, Kafka mantuvo una relación especialmente complicada con su padre, Hermann Kafka, un comerciante de fuerte carácter que ejerció una enorme influencia sobre él.

En sus diarios, cartas y obras aparece con frecuencia la sensación de sentirse juzgado, insuficiente o incapaz de cumplir las expectativas ajenas. De hecho, el propio escritor llegó a atribuir buena parte de sus inseguridades a esa figura paterna dominante.

Muchas de sus novelas y relatos presentan personajes que luchan contra autoridades incomprensibles, buscan desesperadamente ser aceptados o intentan encontrar su lugar en un mundo que parece diseñado para excluirlos.

Franz Kafka posa junto a su hermana Ottla, quien fue una de las personas más importantes de su vida y una de las pocas con las que mantuvo una relación verdaderamente cercana© Getty Images
Franz Kafka posa junto a su hermana Ottla, quien fue una de las personas más importantes de su vida y una de las pocas con las que mantuvo una relación verdaderamente cercana

La doble vida de Franz Kafka

La vida de Kafka tampoco se parecía demasiado a la imagen romántica que solemos asociar a los escritores.

Se doctoró en Derecho y trabajó durante años en compañías de seguros mientras intentaba escribir durante las noches. Aquella rutina le obligó a llevar una existencia dividida entre las obligaciones laborales y su verdadera vocación literaria.

Además, convivió durante buena parte de su vida con problemas de salud, ansiedad, insomnio y una tuberculosis que acabaría provocando su muerte el 3 de junio de 1924, cuando tenía solo 40 años.

Ese sentimiento de vivir entre dos mundos, de no pertenecer completamente a ninguno de ellos, terminó impregnando gran parte de su obra.

El final más kafkiano de todos

La ironía quiso que Kafka nunca llegara a imaginar la dimensión que alcanzaría su legado.

Antes de morir, pidió a su gran amigo Max Brod que destruyera todos sus manuscritos inéditos. Brod ignoró aquella petición y decidió publicarlos. Gracias a esa desobediencia vieron la luz obras fundamentales como El proceso, El castillo o América. Kafka murió convencido de que su obra interesaba únicamente a un reducido círculo de lectores.