Las "dos semanas" de Trump: presión, amenazas y el arte de la ambigüedad calculada
Cuando Donald Trump tiene un problema con el resto del mundo, ya sea económico, diplomático o militar, su respuesta inmediata es casi siempre la misma: aranceles. Cuando Donald Trump tiene un problema y los aranceles o la promesa de aplicarlos no son suficientes o efectivos, recurre a su segundo mecanismo fetiche: las "dos semanas". Es su unidad temporal favorita, un recurso indispensable que sirve para ganar tiempo, para dar una patada hacia adelante, para no comprometerse a nada, pero siempre intentando transmitir que la Casa Blanca tiene todo bajo control y que hay un plan detrás.
En su año y medio en el poder, como hizo en su primer mandato, Trump ha recurrido a la idea una y otra vez. "Se lo haré saber en unas dos semanas", dijo poco después de jurar el cargo, sobre las promesas de Vladimir Putin y si el líder ruso era alguien en quien confiar. Lo repitió a menudo con las negociaciones con Ucrania, sobre su ley fiscal, igual que en 2017 con el Obamacare, sobre la posible apertura de minas de carbón, sobre un esperado plan para la construcción de grandes infraestructuras, sobre investigaciones criminales o la venta de TikTok; sobre la paz en Gaza, charlas con Corea del Norte o los talibanes. En la montaña rusa del Día de la Liberación, cuando levantó un muro proteccionista. Lo mencionó en la polémica sobre cuándo publicaría sus declaraciones de la renta de años anteriores, sobre el Covid y tratamientos y vacunas. Y lo ha invocado de nuevo ahora en Irán, con un alto el fuego que, más que un concepto jurídico, militar o geopolítico, es una entelequia fluida.
En las dos semanas (ya usó ese plazo antes de ordenar los bombardeos del verano de 2025), como en el alto el fuego, cabe todo. Todo es posible e imposible al mismo tiempo. Trump puede simultáneamente decir que está listo para bombardear, que quizás es la mejor o la única opción y que un gran acuerdo de paz, el mejor posible, es inminente. Que Irán ha violado las condiciones pactadas "muchas veces" y que Estados Unidos ha interceptado un buque "con regalitos de China", en clara referencia a material militar, pero que todo va muy bien, mejor que nunca. Trump puede afirmar que su vicepresidente JD Vance no irá a Pakistán, que sí lo hará, que ya está de camino y que todavía no, con ambos lados esperando a que el otro mueva ficha primero.
El alto el fuego que en teoría vencía este martes (aunque Pakistán, Irán y Estados Unidos no eran capaces siquiera de ponerse de acuerdo en qué hora) no es resultado de un documento firme, inamovible, definido, sino de una diplomacia de tuits y mensajes de texto cruzados. Cuando Trump habla de dos semanas, es una cantidad de tiempo flexible, variable, perfectamente enmendable, adaptable. Algo aproximado que construye un marco, pero no muy rígido.
Es una estructura que encaja perfectamente con su cosmovisión de la política internacional como una extensión del mundo de los negocios, en el que nació, creció y con la que se hizo famoso y rico. Llena de trampas, traiciones, jugarretas. "Cuando la siguiente decisión no es obvia, a veces simplemente gana tiempo. Dos semanas son una eternidad en política y la verdad es que muchos problemas se resuelven solos si se les da tiempo", ha explicado el estratega republicano Alex Conant, quien trabajó en la Casa Blanca de George W. Bush.
Su método parte de una presión asfixiante, tras los bombardeos y el mayor despliegue naval en 25 años, y mete en el mismo cóctel sanciones (o el posible levantamiento de ellas). Una amenaza de destrucción civilizatoria con la esperanza de un futuro brillante con negocios u operaciones conjuntas, desde la extracción de material nuclear enterrado desde el verano de 2025 a cobrar peajes en Ormuz. Trump dice en todas sus negociaciones que bajo ninguna circunstancia está dispuesto a dar marcha atrás, a ampliar los plazos, para luego, sistemáticamente, prorrogarlos. "¿Cómo está funcionando?", le preguntó a sus asesores sobre las reacciones a su tuit amenazando con "matar a toda una civilización" de golpe, publicado horas antes de anunciar una nueva extensión, sin que nada hubiera cambiado.
Como cuentan los periódicos estos días, como The Wall Street Journal, Trump improvisa buena parte de sus mensajes en las redes sociales. A veces dice lo primero que se le ocurre y a veces busca confundir, sembrar dudas y miedo, forzando al otro lado a dar pasos en falso, debilitando así su posición. Miente constantemente, en público y en privado, como cuando acordó el alto el fuego para que incluyera Líbano, pero luego cambió de idea. Cuando pactó que Irán levantara el bloqueo a los buques petroleros, pero decidió, unilateralmente, que Estados Unidos seguiría aplicando el suyo. En las entrevistas desborda confianza, pero en privado muestra inquietud porque Irán no responde como él esperaba, como Venezuela, como otros de sus rivales y enemigos.
La idea de las dos semanas, elaborada a partir de sus negociaciones empresariales, está muy pensada, o más bien, trabajada. Es un plazo corto y largo al mismo tiempo. Se quita algo de la presión diaria de la prensa y el Congreso y se la pasa al otro lado, porque lo que pide es inasumible contrarreloj. Ahora plantea un acuerdo total con Irán, que cubra la cuestión nuclear, algo que a la Administración Obama le llevó más de dos años, no dos semanas, firmar.
A diferencia de todos sus predecesores inmediatos, el enfoque de Trump no es lineal, perfectamente lógico y secuencial. A no lleva forzosamente a B antes de llegar a C. El presidente puede escalar la retórica o suavizarla rápidamente según el contexto, dar bandazos y cambiar el destino final. Y más ahora que está disfrutando de un nuevo sistema de comunicación. Ya no son sólo sus tuits a cualquier hora, sino una cascada infinita de cortas entrevistas de unos pocos minutos, una detrás de otra. Más de 10 o 15 en un día, a veces cada una con una idea diferente, a veces contradictoria. Eso introduce todavía más imprevisibilidad, lo que claramente él considera su principal ventaja negociadora. Ya no se trata de tener "las cartas", como decía siempre sobre Zelenski frente a Putin, sino de romper la baraja en cada mano. Si hay acuerdo, es su victoria. Si hay fracaso, siempre es culpa de otros.