Sonia Martínez, psicóloga: "Cada niño, según su edad, debe colaborar un poco. El verano no significa que los adultos se conviertan en asistentes personales"
El verano es sinónimo de libertad, tardes eternas en la piscina, helados en los paseos y días largos sin horarios rígidos. Pero pasar del orden milimétrico del curso escolar al "todo vale" puede acabar pasando factura a toda la familia. A menudo confundimos el descanso con la ausencia total de normas, y el resultado es que los niños se vuelven más irritables, demandantes y desorganizados al perder sus referencias diarias. La psicóloga Sonia Martínez Lomas, directora de los Centros Crece Bien y autora del libro Descubriendo Emociones, nos explica que este comportamiento no es rebeldía, sino una señal de que su sistema nervioso está agotado y sobreestimulado.
Por eso hay que prestar atención a las señales de alarma que nos avisan de que la flexibilidad se nos ha ido de las manos y tratar de seguir una serie de reglas para mantener el control del sueño, el uso de las pantallas y las rutinas básicas. Todo con el objetivo de conseguir un equilibrio entre el disfrute veraniego y la estructura que los más pequeños necesitan para sentirse seguros, demostrando que flexibilizar las normas no está reñido con mantener cierto orden en casa.
¿Qué ocurre cuando una familia pasa de un curso escolar muy pautado, con mucha estructura y orden, a un verano sin ningún límite?
El verano es un momento necesario para descansar, desconectar y salir un poco del ritmo tan exigente del curso. Pero pasar de una estructura muy marcada a un “todo vale” puede descolocar mucho a los niños. Durante el curso hay horarios, colegio, extraescolares, deberes, rutinas de sueño… y todo eso, aunque a veces canse, también les da seguridad. Cuando de repente desaparecen todos los límites, algunos niños se muestran más irritables, más demandantes o más desorganizados. No porque se estén portando peor, sino porque han perdido referencias.
A veces los padres piensan: “Es verano, que disfruten”. Y claro que deben disfrutar. Pero disfrutar no significa vivir sin ningún orden. De hecho, muchos niños descansan mejor cuando saben mínimamente qué va a pasar, cuándo se come, cuándo se duerme o cuánto tiempo pueden estar con pantallas.
¿Piensa que incluso en vacaciones los niños necesitan cierto orden?
Sí, sin duda. Los niños necesitan flexibilidad, pero también cierta estructura. No una estructura rígida como la del curso, pero sí un marco que les ayude a sentirse seguros. El verano puede ser más relajado: acostarse algo más tarde, comer algún helado más, tener planes distintos, jugar más tiempo… Pero conviene que sigan existiendo rutinas básicas. El orden no está reñido con pasarlo bien. Al contrario, muchas veces evita conflictos.
Cuando todo es imprevisible, el niño tiene que adaptarse constantemente. Y eso puede generar cansancio emocional. Una rutina sencilla (por ejemplo, saber que por la mañana hay desayuno, algo de actividad, comida, descanso y luego plan de tarde) puede ayudar muchísimo.
Muchos niños descansan mejor cuando saben mínimamente qué va a pasar, cuándo se come, cuándo se duerme o cuánto tiempo pueden estar con pantallas
¿Cuánto se puede retrasar la hora de dormir sin afectar al bienestar?
Depende mucho de la edad del niño y del momento concreto. No es lo mismo una noche especial de vacaciones que retrasar todos los días la hora de dormir dos o tres horas. En general, se puede flexibilizar un poco, pero intentando que el niño no acumule falta de sueño. El problema no es acostarse más tarde un día porque hay una cena familiar o una fiesta. El problema es que durante semanas duerma menos de lo que necesita.
Cuando los niños duermen poco suelen estar más irritables, más impulsivos, más sensibles y con menos capacidad para gestionar frustraciones. A veces pensamos que están “insoportables” y en realidad están agotados. Más que fijarnos solo en la hora, conviene mirar cómo está al día siguiente: si se levanta muy cansado, si tiene muchas rabietas, si está especialmente irritable o si le cuesta disfrutar, quizá necesitamos recuperar algo de orden en el sueño.
¿Es sano comer “cuando apetezca” o conviene mantener un mínimo de orden?
Conviene mantener un mínimo de orden. En verano es normal que haya más excepciones: comidas fuera, helados, horarios distintos, picoteos… pero los niños necesitan referencias también en la alimentación. Comer “cuando apetezca” puede hacer que lleguen a las comidas sin hambre, que estén más irritables o que acaben alimentándose peor. No se trata de controlar cada cosa que comen, sino de mantener una base: desayuno, comida, merienda y cena más o menos organizados.
Una buena idea es ser flexibles en el contenido, pero no perder del todo la estructura. Por ejemplo: “Hoy comemos fuera y habrá helado, pero seguimos intentando sentarnos a comer juntos y no picotear todo el día”. Esa combinación de disfrute y orden suele funcionar muy bien.
¿Cómo manejar el aumento natural de pantallas sin que se dispare el conflicto?
Esta es difícil. Lo primero es anticiparlo. En verano las pantallas suelen aumentar porque hay más tiempo libre, más desplazamientos, más momentos de espera y más cansancio de los adultos. No pasa nada por reconocerlo. El problema aparece cuando no hay ninguna norma clara y cada día se negocia desde cero. Lo ideal es pactar antes: cuándo se usan, cuánto tiempo, en qué momentos no, y qué tiene que ocurrir antes. Por ejemplo: “Después de comer puedes ver un rato la tablet, pero antes vamos a recoger, vestirnos o bajar a la piscina”. También ayuda que las pantallas no sean lo primero del día ni lo último de la noche. Si empiezan el día con pantalla, luego suele costar más que se enganchen a otras actividades. Y si terminan el día con pantalla, puede afectar al sueño.
Y algo importante: no convertir cada apagado en una batalla. Avisar antes ayuda mucho: “Te quedan diez minutos”, “cuando acabe este capítulo, apagamos”. Los niños necesitan prepararse para cambiar de actividad.
Si empiezan el día con pantalla, luego suele costar más que se enganchen a otras actividades. Y si terminan el día con pantalla, puede afectar al sueño
¿Qué tres o cuatro reglas deberían ser innegociables y mantenerse para garantizar una buena convivencia?
Yo mantendría pocas, pero muy claras.
- La primera: el respeto. Aunque estemos de vacaciones, no vale insultar, pegar, humillar o hablar mal a los demás.
- La segunda: el sueño. Puede haber flexibilidad, pero no podemos permitir que el descanso se descontrole durante semanas.
- La tercera: cierto orden con las pantallas. No tienen que desaparecer, pero tampoco pueden ocupar todo el día.
- Y la cuarta: pequeñas responsabilidades. Cada niño, según su edad, debe colaborar un poco: recoger su ropa, preparar su mochila de piscina, poner la mesa, ayudar con su habitación… El verano no significa que los adultos se conviertan en asistentes personales.
Estas normas no tienen que vivirse como castigos, sino como acuerdos familiares para que todos podamos convivir mejor.
¿Es buena idea involucrar a los niños en pequeñas responsabilidades sin que sientan que “siguen en el cole”?
Sí, y además es muy sano. Las responsabilidades no son deberes escolares, son parte de la vida. Si lo planteamos bien, no tienen por qué sentirlo como una carga.
Podemos decir: “En verano todos descansamos, y todos colaboramos”. La clave es adaptar la responsabilidad a la edad y hacerla concreta. No es lo mismo decir “ayuda más” que decir “tú te encargas de llevar las toallas a la piscina” o “después de cenar recoges tu plato”. También podemos darles cierta elección: “¿Prefieres encargarte de poner la mesa o de preparar las mochilas de playa?”. Cuando participan en pequeñas decisiones, se implican más y protestan menos. También se puede producir cierta sobreestimulación veraniega.
¿Cómo afecta el exceso de planes, pantallas, viajes y cambios constantes?
A veces pensamos que para que un verano sea bueno tiene que estar lleno de planes. Pero los niños también necesitan pausa. Si cada día hay una actividad distinta, viajes, visitas, pantallas, horarios cambiantes y mucha excitación, pueden acabar saturados. La sobreestimulación suele verse en forma de irritabilidad, rabietas, dificultad para dormir, más dependencia del adulto o incapacidad para entretenerse solos. No es que sean desagradecidos ni que “nada les parezca bien”; es que su sistema nervioso está demasiado activado. El descanso no es solo no ir al colegio. Descansar también es tener ratos tranquilos, aburrirse un poco, repetir rutinas sencillas y no vivir con la agenda llena.
¿Por qué es sano que los niños se aburran y cómo gestionarlo sin culpa?
El aburrimiento es muy necesario. Cuando un niño se aburre, al principio se queja, claro. Pero si no corremos a entretenerle inmediatamente, empieza a activar recursos propios: imaginación, creatividad, juego libre, iniciativa. A veces los padres sentimos culpa si el niño dice “me aburro”, como si estuviéramos haciendo algo mal. Pero no es así. No tenemos que convertirnos en animadores permanentes del verano. Podemos acompañar sin resolverlo todo: “Entiendo que te aburras. Puedes elegir entre leer, dibujar, jugar con tus muñecos o inventar algo”. Es distinto ofrecer opciones que llenarles todo el tiempo. El aburrimiento bien acompañado enseña autonomía.
La sobreestimulación suele verse en forma de irritabilidad, rabietas, dificultad para dormir, más dependencia del adulto o incapacidad para entretenerse solos.
¿Qué pequeñas rutinas ayudan a sostener el orden sin rigidez?
Funcionan muy bien las rutinas sencillas y repetidas. Por ejemplo, mantener una hora aproximada de levantarse, desayunar juntos, recoger un poco antes de salir, tener un rato tranquilo después de comer o leer algo antes de dormir.
También ayuda anticipar el día: “Hoy vamos a la piscina por la mañana, después comemos en casa y por la tarde descansamos”. A los niños les da mucha seguridad saber qué va a pasar. Otra rutina muy útil es cerrar el día con una pequeña conversación: “¿Qué ha sido lo mejor del día? ¿Y qué te ha costado más?”. Es una forma sencilla de mantener conexión emocional incluso en vacaciones.
¿Cuáles son las señales de alarma que pueden alertar de que la flexibilidad se ha ido de las manos en las semanas veraniegas?
Hay varias señales bastante claras. Si el niño duerme mal de forma continuada, está mucho más irritable, tiene rabietas frecuentes, le cuesta disfrutar de los planes o solo quiere pantallas, probablemente necesitamos recuperar algo de estructura. También si las comidas se han desordenado mucho, si hay conflictos diarios por apagar dispositivos, si está constantemente cansado o si volver a cualquier rutina se convierte en una batalla enorme. La flexibilidad veraniega es buena cuando ayuda a descansar y disfrutar. Pero si acaba generando más caos, más discusiones y más malestar, entonces no está funcionando. En ese caso no hay que volver a una rigidez de curso escolar, pero sí recuperar tres o cuatro anclajes básicos: sueño, comidas, pantallas y responsabilidades. El verano no necesita ser perfecto ni hiper organizado. Necesita ser un tiempo de descanso, conexión y disfrute. Y para eso, curiosamente, un poco de orden ayuda mucho.


