Tana Rivera, la heredera del carisma de la Duquesa de Alba: el equilibrio perfecto entre seis siglos de nobleza y cien años de leyenda taurina
Tana Rivera representa el punto de encuentro entre dos de las sagas más emblemáticas de España: la Casa de Alba, con sus seis siglos de historia, y la dinastía de los Rivera y de los Ordóñez, que empezó a enraizar en la historia taurina hace ya 101 años, cuando el patriarca, Cayetano Ordóñez, “Niño de la Palma”, tomó la alternativa en La Maestranza de Sevilla.
Hija de Eugenia Martínez de Irujo, duquesa de Montoro, y de Francisco Rivera Ordóñez, nieta de la duquesa de Alba y de Carmina Ordóñez, su figura reúne historia, nobleza, tradición, identidad familiar y hasta algo de leyenda. “Me siento las dos cosas. Soy el equilibrio entre ambas familias y me gusta llevar lo mejor de cada una. Tengo la pasión y la sensibilidad de los Rivera y la elegancia y el carácter de los Alba. Esa mezcla me define”, decía a ¡HOLA! el pasado año, cuando fue imagen de la campaña de verano de la firma de joyas Rabat.
Viaja constantemente a Madrid, donde creció, para ver a su madre, “mi mejor amiga, lo mejor que tengo en mi vida. De ella aprendo cada día”, pero su vida transcurre en Sevilla, su ciudad natal (1999). Es su casa y el hogar de su padre, “mi referente, mi mejor plan siempre…”, y donde puede disfrutar de sus hermanos, Carmen (2015), Francisco (2019) y Nicolás (2025), hijos de Francisco y Lourdes Montes, con la que mantiene una relación extraordinaria. Ellos son “una parte esencial de mi vida, la alegría de mi casa, los que arreglan cualquier día malo”.
Dos universos
Tana se mueve con naturalidad entre dos universos. Por un lado, el de las tradiciones andaluzas, que forman parte de su vida desde niña —la Semana Santa, la Feria de Abril, el Rocío, el flamenco o el ambiente taurino—. Por otro, el de una joven de su generación que afronta con ilusión y esfuerzo su camino profesional (trabaja en el sector de los eventos, en el Grupo Pacífico), manteniendo siempre un perfil alejado de la exposición pública.
Pasó largas temporadas en el palacio de Liria y fue una de las nietas que más pudo disfrutar de la duquesa de Alba, junto a sus primos Luis y Amina, hijos de su tío Cayetano
Cayetana Rivera fue de las nietas que más tiempo pudo disfrutar de la duquesa de Alba. Junto a sus primos Luis y Amina, hijos de su tío Cayetano, pasó largas temporadas en el palacio de Liria, lo que les permitió conocer a su abuela en otra dimensión inalcanzable para sus hijos y sus primos mayores. Aquellos años dejaron en ella una profunda huella afectiva y un fuerte vínculo con la historia de su familia. Y ese legado sigue muy presente en su vida, como se vio la semana pasada, durante la inauguración de la exposición “Cayetana. Grande de España”.
En el futuro podría convertirse en duquesa de Montoro, un título nobiliario creado en 1660 por el Rey Felipe IV. Lo llevó su abuela cuando era joven y ahora la titular es su madre. Asimismo, también se presenta como la heredera natural de la colección de vestidos y joyas personales con historia, destacando entre ellas, la diadema imperial, que perteneció a Eugenia de Montijo y heredó Eugenia de la duquesa de Alba.
Revolución en la moda
Muchos de esos vestidos pudo verlos expuestos en la sala de la Gitana (con un artesanado del siglo XV) durante su recorrido por la muestra, que comisarió su madre. La duquesa estuvo al frente de un revolucionario desfile de la casa Dior (1959) —convirtió a Liria en una pasarela de moda para recaudar fondos para el orfanato salesiano— y fue una de las mujeres más elegantes del mundo. Y esa relación con la moda —Tana también ha hecho sus pinitos como diseñadora— está muy presente en los diseños de Lanvin, Dior, Ginvenchy, Pertegaz, Elio Berhanyer —hay hasta un traje goyesco azul firmado por Toni Benítez-— que se exponen.
También le habrá gustado ver, en la sala del patio del Aceite, juntos por primera vez los dos retratos que hizo Zuloaga de la duquesa. El primero, a lomos de su poni “Tommy”, con cuatro años (1930), se custodia en el palacio de Liria. Y el segundo, de 1939, ya de adolescente con 16 años, se guarda en Las Dueñas. Asimismo, también habrá disfrutado de la selección de arte adquirida por la duquesa: obras de maestros impresionistas, artistas modernos y una colección de pintura costumbrista. Sin olvidar los óleos de la propia Cayetana, que recorrió los mejores museos del mundo y tenía un alma de naturaleza artística. Entre ellos, uno del patio limonero de Las Dueñas, que inmortalizó Machado, y otro de un arlequín azul que regaló a su hija, Eugenia, cuando cumplió trece años. A esto se unen, las firmas-dibujo de Dalí y Miró en los libros de visitas, un cuadro de Picasso y el busto que le hizo Benlliure en mármol blanco cuando tenía tres años.


