Trump destituye a la fiscal general Pam Bondi por su gestión del Caso Epstein y su lentitud al perseguir a sus enemigos

Trump destituye a la fiscal general Pam Bondi por su gestión del Caso Epstein y su lentitud al perseguir a sus enemigos

Los rumores llevaban circulando semanas por Washington y finalmente se ha confirmado. Este jueves, el presidente Donald Trump ha despedido a Pam Bondi, la fiscal general de Estados Unidos. Los desencuentros entre ambos por la gestión del caso del pedófilo Jeffrey Epstein, sumada a su incapacidad para perseguir de forma efectiva y lo suficientemente veloz a los rivales políticos del presidente, están detrás de la destitución, según numerosas fuentes de los principales medios estadounidenses.

"Pam Bondi es una gran patriota estadounidense y una amiga leal, que sirvió fielmente como mi Fiscal General durante el último año. Pam hizo un trabajo extraordinario supervisando una represión masiva contra el crimen en todo el país, con una caída drástica de los homicidios a su nivel más bajo desde 1900", escribió Trump en una publicación en Truth Social. "Apreciamos mucho a Pam, y pronto asumirá un nuevo cargo muy necesario e importante en el sector privado, cuya fecha se anunciará próximamente", añadió.

La de Bondi es la segunda cabeza importante en caer en su Gobierno tras la destitución de su secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, hace tan sólo unas semanas. Y puede no ser la última. Todd Blanche, el número dos en el Departamento de Justicia, y ex abogado personal de Trump, al que representó en el caso penal por el que fue condenado y casi sentenciado en 2024 (sólo se salvó por las elecciones) ocupará el cargo de forma provisional. Lee Zeldin, excongresista de Nueva York que ahora dirige la Agencia de Protección Ambiental, es uno de los principales favoritos.

El mensaje es muy claro: da igual los esfuerzos que se hagan para satisfacer al presidente, las normas que haya que retorcer, las líneas rojas que cruzar, nunca es suficiente. Bondi ha sido durante más de un año el ariete del presidente, al que ha defendido una y otra vez. Ex fiscal de Florida que hace años investigó a Trump, Bondi, asumió el puesto prometiendo a los legisladores en Washington que mantendría la independencia del Departamento de Justicia del poder ejecutivo, pero ha hecho todo lo contrario, tratando de sacar casos adelante contra enemigos políticos que incluso los fiscales veían imposibles de acometer, como el de James Comey, el ex director del FBI, o Letitia James, fiscal de Nueva York. No ha bastado. Lo hizo con convicción, pero no con la suficiente eficacia.

Bondi supervisó, además, los pleitos contra despechos de abogados o universidades. Avaló las políticas migratorias, mandó sus peones al Supremo una y otra vez para defender todas las políticas del presidente Fue la responsabe directa del despido o la renuncia de cientos de fiscales y empleados del Departamento de Justicia que participaron en casos judiciales contra Trump en la etapa anterior. Llegó incluso a colgar un cartelón con el rostro de su jefe en pleno departamento, en un evidente gesto de sumisión al hombre que la puso en el cargo y que ahora la ha despedido 14 meses después.

Un desenlace previsible

Es un desenlace que se veía venir desde el pasado verano, cuando sus primeros errores en el manejo de los papeles del caso Epstein empezaron a irritar a Trump. Según las crónicas, ella ha intentado desesperadamente que su jefe cambiara de opinión esta semana, suplicando, pero en vano.

Para el mundo MAGA, el caso Epstein es crítico, pero para Trump, también. Al llegar a la casa Blanca, dio instrucciones para que se diera carpetazo, pero no lo consiguió. No hay pruebas de ningún delito, pero las huellas del Trump empresario y amante de las mujeres jóvenes están por todas partes en el dosier del Caso Epstein, ya que fueron amigos y cercanos hace más de 20 años.

Ni el Congreso, ni los medios ni la opinión pública permitieron que se pasara página. Bondi hizo público un importante comunicado diciendo que en los papeles de Epstein no había nada, que no habían encontrado ningún delito y que publicar documentos sólo pondría en peligro a las víctimas. Sin embargo, que antes hubiera dicho en una entrevista que la "lista de clientes" del financiero estaba sobre su escritorio provocó una reacción brutal entre la ciudadanía, convencida de que la administración sigue ocultando cosas.

El Departamento de Justicia se vio obligado a publicar más documentos tras una votación en el parlamento, la primera en la que lo republicanos desafiaron abiertamente a su líder. Salieron cientos de miles, pero muchos de ellos censurados. Y hay evidencia de que faltan más. Y eso expuso todavía más a Bondi, que tuvo varios choques con el FBI (dirigido por otros dos creyentes en las conspiraciones entonces).

El despido llega poco ante de que Bondi tuviera que testificar ante el Congreso, un tema extremadamente delicado. La última vez que estuvo ante los senadores fue especialmente violento, con intercambios muy agresivos y desprecios. Pero ahora los legisladores tienen muchas más pruebas y munición. Noem fue despedida después de su propia audiencia por que sus respuestas expusieron al presidente de una forma que a él no le gustó, en un caso de corrupción por la adjudicación a dedo de contratos de publicidad. Esta vez, Trump ha puesto la venda antes de la herida y echado a su fiscal antes de que volviera a la sala.

A eso se sumaba su lentitud para sentar en el banquillo a las figuras de las que había prometido vengarse el republicano, como Comey, James ,el ex aesor de Seguridad Nacional John Bolton o el presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell. También estuvo hace dos días en el Tribunal Supremo, contribuyendo a presionar a los jueces en uno de los casos más importantes para el Gobierno, sobre la nacionalidad de los hijos de inmigrantes ilegales.

La presión de la Casa Blanca llegó a ser insoportable para Bondi. "No podemos demorar esto más", decía el presidente de Estados Unidos. "Está matando nuestra credibilidad y reputación". Días más tarde, Justicia presentó cargos contra ambos, casos que fueron desestimados después por jueces federales.

Una vieja conocida del presidente

Nacida en Florida en 1965, Bondi construyó su carrera como fiscal antes de dar el salto a la primera línea política como fiscal general del estado sureño, cargo que ocupó entre 2011 y 2019. Durante esos años, se consolidó como una de las voces más visibles del Partido Republicano en esa parte del país, con un perfil marcadamente conservador y una fuerte presencia mediática.

Su ascenso coincidió con el auge de Donald Trump, con quien forjó una relación política clave. Bondi fue una de sus defensoras más leales durante la campaña de 2016 y, más adelante, desempeñó un papel destacado en su equipo legal durante el primer proceso de impeachment. Su intervención en el Senado, donde defendió al entonces presidente frente a las acusaciones, reforzó su posición como figura de confianza dentro del trumpismo.

Segundo mandato y más de lo mismo

Su despido, sumado al de Noem hace menos de un mes, establece un indudable paralelismo con lo sucedido durante el primer mandato de Trump. Pueden cambiar las circunstancias, los tiempos, pero no la naturaleza del escorpión. Durante la primera Administración Trump, los altos cargos entraban y salían. Desde el primer día hubo dimisiones, despidos, algunos en pocos días e incluso horas. La explicación dada por el presidente y sus más fieles es que eran personas inapropiadas, impuestas por el aparato del Partido Republicano. Amateurs que no estaban a la altura y no se ajustaban a las necesidades y la personalidad de Trump. El segundo mandato, aseguraban, era muy diferente porque esta vez todos los puestos estaban ocupados por fieles y leales, gente de comprobada valía y experiencia, cuya primera y casi única misión era satisfacer las necesidades y peticiones del líder. Al precio que fuera. Ya no es así.

En sus primeros días, Trump se vio obligado a prescindir de su elegido como fiscal general, el congresista de Florida Matt Gaetz, un radical del mundo MAGA con un enorme historial de problemas, entre ellos el pagar por sexo con mejores y drogarse en el Congreso. Sus propios congresistas y senadores le dijeron a Trump que era imposible, y por eso escogió precisamente a Bondi. Ese día, sin embargo, el presidente marcó la línea divisoria y les dijo a los suyos que no cedería más. Nunca. De ahí nombramientos que el Congreso veía con enormes dudas, como el secretario de Guerra, Pete Hegseth.

Hasta hoy, el presidente había mantenido esa política. Cayó a los seis meses el consejero de Seguridad Nacional, Mike Waltz, después de enormes errores, entre ellos el incluir en un grupo de mensajes a un periodista de The Atlantic, que asistió atónico a las conversaciones sobre un inminente ataque en Yemen. Trump se deshizo de Waltz, pero en vez de despedirlo, como hacía en 2017, lo nombró embajador en la ONU.

Algo parecido ocurrió hace unos días, cuando cesó a su responsable de Seguridad Nacional (Homeland Security), Kristi Noem, después de infinitos escándalos también. De incapacidad, abuso de aviones privados, de su gestión del ICE y las agencias migratorias. El último, conocido esta semana, la vida sexual de su marido, mientras ella mantiene un romance nada secreto con su principal asesor, un condenado en la primera administración Trump. Noem fue despedida, pero recolocada, al menos en teoría, en un puesto inventado de cara al Escudo creado por Trump para aliarse con líderes sudamericanos afines.

Abierta la puerta, ya no hay freno. Además de Bondi, está en la diana Tulsi Gabbard, la responsable de Inteligencia nacional y escogida por Trump pese a sus claras simpatías y conexiones con Rusia y China para avanzar su agenda de cara a las elecciones de noviembre en Estados Unidos. Ella no tiene responsabilidades electorales, sino sobre los espías, pero desde ese cargo debe impedir injerencias extranjeras. Fue la excusa para que ella estuviera hace unas semanas en una operación del FBI que incautó el material de las elecciones de 2020 en un condado de Georgia.

Eso, sin embargo, puede no ser suficiente. Hace unas semanas, su número dos dimitió sonadamente por la guerra de Irán, atacando al presidente y diciendo que no había amenaza iraní y que la guerra era por culpa de instrucciones de Israel. La primera gran dimisión de la administración, pero una que hizo mucho daño mediático a Trump, pues Joe Kent es un conocido del mundo MAGA y fiel creyente en todo el corazón del ideario trumpista. Más que su líder, aparentemente.