Un imperio vacío

Un imperio vacío

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Renunciando a cualquier tipo de liderazgo moral, Trump se prepara para el nuevo campo de batalla. Su Estrategia de Seguridad Nacional puede ser a la vez el síntoma y la hoja de ruta de un lento declive. La fortificación del hemisferio occidental, cree el presidente, es el paso fundamental en una lucha que requerirá grandes medios militares y nucleares, la acumulación de recursos para consumo propio y asfixia del adversario, el dominio de rutas y cadenas de suministro y la potencia de fuego de las grandes corporaciones de los datos y la tecnología punta.

El presidente ha elegido ese rumbo para afrontar la encrucijada en la que Estados Unidos lleva años atrapado. ¿Cómo mantener la ventaja en un mundo mucho más complejo que el de la Guerra Fría, con potencias regionales desalineadas y frente a un rival -China- más desafiante que todos los anteriores?

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos sedujo al vecindario de la URSS y atrajo a buena parte de Europa. En vez de colonizar territorios, optó por tejer alianzas, sembrar dependencias y desarrollar una imponente presencia militar global. Diseñó reglas y organismos internacionales que le permitieran activar los puntos de estrangulamiento financieros y económicos. Esas herramientas ya no son tan eficaces. Sus flaquezas quedaron a la vista en tiempos de Joe Biden, tras la invasión de Ucrania. Las sanciones a Moscú no calcularon la salida del petróleo ruso hacia India, China o Turquía, ni la ambigüedad estratégica de Brasil o Nueva Delhi. El enfoque de contención que sirvió ante la URSS ya no es tan eficaz en un mundo cada vez menos occidental, donde el eslabón europeo se resiente, con sistemas de bienestar envidiables pero con un peso militar, económico y demográfico menguante.

Así que Trump toma otro camino. Se fortifica. Prioriza sus intereses en Groenlandia o Panamá a costa de tumbar sus alianzas más estrechas, mientras delega en sus socios la seguridad en regiones como Ucrania, donde considera que sus necesidades vitales no están en juego. Si en la segunda década del siglo XXI Estados Unidos afirmó su giro hacia el Pacífico y en la tercera puso fin a los grandes despliegues militares, como Irak y Afganistán, ahora Trump impulsa una fase revolucionaria: proteccionismo y nacionalismo industrial hacia el exterior y una involución democrática de puertas adentro.

Más allá de la pura satisfacción de sus necesidades más elementales, Washington renuncia a construir una idea del mundo. Sin un propósito global, sin un proyecto poderoso, ningún imperio puede mantener por mucho tiempo sus formas. Se podrá decir que durante las últimas ocho décadas Estados Unidos ha utilizado muchas veces sus ideales como disfraz, que ha buscado el dominio escondiéndose tras argumentos nobles como la expansión de la democracia y los derechos humanos. Pero incluso asumiendo que eran una herramienta, se trataría de una trampa necesaria. Es obligado enarbolar un sueño para gobernar. Sin eso lo único que queda es la lucha descarnada por la supervivencia.

*Carlos Franganillo es periodista y ex corresponsal en Washington.