Yendri Velásquez, activista LGTBI y víctima del chavismo: "Hay una complicidad explícita de Petro con la dictadura venezolana"
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Yendri Velásquez (32 años), uno de los activistas LGBTI más reconocidos de Venezuela, ha decidido hablar por primera vez, transcurridos tres meses del atentado transnacional en Bogotá que intentó acabar con su vida y con la del consultor político Luis Peche. Yendri recibió ocho balazos; Peche, seis. Pero los dos viven para contarlo; son otro testimonio de hasta dónde llega la dictadura revolucionaria para imponer el terror dentro y fuera del país.
El relato de los hechos es espeluznante: tres sicarios se abalanzaron contra los dos exiliados venezolanos cuando salían de su edificio y comenzaron a dispararles. El que más se acercó a Peche apuntó contra su rostro, pero se le encasquilló el arma. Los otros ya habían impactado a Yendri, que se protegía como podía. Las 14 balas llevaban el "sello" de Caracas.
Desde entonces, Velásquez ha sufrido tres operaciones: el reemplazo total de la cadera derecha; una intervención en la vejiga -luce un costurón enorme en el estómago-, porque una bala la atravesó; y otra por la fractura del húmero, "además de otras heridas en el cuerpo y cicatrices que han quedado muy visibles. Y el impacto en lo psicológico, la vida te cambia absolutamente".
El activista caraqueño no se muerde la lengua y habla claro: la investigación sobre su atentado no avanza por la complicidad del Gobierno colombiano con la dictadura. Yendri, que mantiene excelentes relaciones con colectivos feministas y LGBTI en España, así como con partidos de la izquierda, critica la falta de solidaridad por motivos ideológicos no sólo con él, sino con la lucha democrática de su país.
- ¿Cómo se siente tres meses después del atentado que tan fuerte golpeó al exilio venezolano (sólo en Colombia viven tres millones de emigrantes)?
- Muy ansioso. Se cumplen tres meses y no tenemos respuesta en el tema justicia; seguimos sin saber a dónde va el proceso. Genera mucha ansiedad y mucha inseguridad, multiplicadas por lo que está sucediendo en Venezuela y por la incertidumbre de no saber cuándo vamos a poder regresar a casa. Es un cúmulo de circunstancias, con la posibilidad de buscar refugio en otro lugar para huir de la inseguridad.
- Ocho balazos, pero un portavoz de la Policía colombiana llegó a decir que los sicarios no querían matarles.
- Yo no sé de dónde sacó eso. No creo que si disparas ocho veces a alguien no le quieras matar. La intención era clara. Incluso cuando veíamos que se iban acercando con las armas y disparando, iban a por nosotros. Nos impactaron y seguían disparando.
- ¿Cómo recuerda ese momento?
- Recuerdo la voz de Luis Peche al gritar: "Nos están disparando". Todo a cámara lenta. Me volteo y veo a uno de ellos disparando y caminando hacia nosotros. Yo me lanzo al suelo detrás de Peche. No veía la sangre porque estaba vestido de negro, pero me sentía mojado. Por mi cabeza pasó: "¡Qué bolas!" [expresión coloquial de incredulidad], que me voy a morir aquí, tirado en el piso, en plena calle. Lo siguiente fue dentro de la clínica. Sentía muchas ganas de orinar, se lo dije a las enfermeras y las escuché decir que era sangre. Después me crucé a Peche en el pasillo y recuerdo que le dije: "Amigo, no te mueras".
- ¿Por qué ha decidido hablar transcurridos tres meses?
- Los primeros días tenía mucho miedo de decir algo, de hacer algo. Pero ante la falta de respuesta del Estado [colombiano] y de la Justicia, había que hablar. Siempre he sido fiel creyente de que el silencio no nos ayuda, nunca nos salva. Contar nuestra historia es una necesidad: no sólo para exigir justicia, sino también para hacer memoria para que esto no le pase a nadie nunca más.
- ¿Cuál ha sido la actitud de las autoridades colombianas?
- Durante las primeras horas determinaron unas medidas de protección, con la Unidad Nacional de Protección -el escolta permanece muy cerca de nosotros-. La Fiscalía estuvo durante las primeras semanas muy proactiva, acompañando, elaborando retratos hablados de las personas que dispararon, pero de repente se detuvo. No avanzó más; eso está paralizado. Incluso por voceros extraoficiales sabemos que la Fiscalía está recibiendo hoy presiones para no avanzar en el caso. Esto es un caso político y hay que tratarlo con la urgencia que amerita, pero entendiendo las presiones que existen por parte de actores políticos colombianos que quieren tapar su complicidad.
- Entre el exilio venezolano y el activismo proderechos humanos no hay duda de que estamos ante otro atentado transnacional, como el sufrido por el teniente rebelde Ronald Ojeda en Chile, que fue secuestrado, torturado, ejecutado y enterrado bajo una losa de cemento. ¿Qué piensan ustedes?
- Nosotros estuvimos advirtiendo durante un año a las instituciones colombianas. Fuimos a la Defensoría del Pueblo, a Cancillería, a Migración, para reclamar la persecución que se vivía en Colombia: había amenazas de grupos delictivos venezolanos a defensores de derechos humanos y activistas políticos después de las elecciones. Ignoraron la alerta, ignoraron las denuncias. Incluso la oficina del Alto Comisionado no ha documentado ninguno de los casos. Lamentablemente, es la omisión completa por el Estado colombiano de su responsabilidad de proteger a quienes estamos en su territorio, lo que evidencia una complicidad con el régimen venezolano. Además, esto se enmarca en las declaraciones del presidente Gustavo Petro y de su acercamiento a Nicolás Maduro antes de la extracción. Con su inacción y omisión, lo que se evidencia hoy es una complicidad explícita con la dictadura venezolana y con lo que sucede aquí con los activistas venezolanos.
- Las primeras investigaciones sobre el terreno confirmaron que hubo trabajo de Inteligencia para preparar su atentado.
- Hay una cantidad de elementos que lo confirman. La intención era asesinarnos para mandar un mensaje de desmovilización a la gente que estaba exigiendo derechos y organizarse fuera de Venezuela para presionar por una transición democrática. Hay vídeos que confirman que llevaban semanas persiguiéndonos, que incluso entraron en el edificio haciéndose pasar por obreros. Nos perseguían a los locales cercanos. Hay evidencias, ¿por qué no avanzan? Por complicidad.
- ¿Por qué ustedes?
- Esa pregunta me la hago todos los días. Luis Peche y yo no tenemos los perfiles públicos más altos ni somos los principales líderes del movimiento prodemocracia. Sin embargo, atacarnos a nosotros mandaba un mensaje a cantidad de gente importante: organizaciones de derechos humanos, activistas políticos con los que tenemos cercanía, familiares de presos políticos huidos que están en Colombia y que, después del atentado, han salido de Bogotá para salvaguardar sus vidas. Fue una estrategia de sembrar miedo y terror, la continuación de la política de terror instaurada en Venezuela.
- Es un activista muy querido en España, con múltiples contactos en el activismo LGTBI y también en la izquierda. ¿Cómo valora su reacción tras el atentado?
- Ha sido muy decepcionante por parte de los movimientos feministas y LGTBIQ el sesgo ideológico que han tenido hacia los venezolanos. A veces el silencio habla más fuerte que mil palabras, y en el caso del atentado así pasó. Si bien hay figuras clave, como Carla Antonelli [diputada de Sumar], que han sido muy claras y lo han denunciado, otros han guardado silencio. Incluso con la detención arbitraria de 2024 -Yendri fue detenido en el aeropuerto de Caracas cuando se dirigía a Ginebra para asistir a una reunión de Naciones Unidas- el encargado LGTBIQ del PSOE se pronunció y lo rechazó, pero luego las posiciones sobre Venezuela han dejado mucho que desear. El llamado a la izquierda española y al movimiento feminista y LGTBIQ es al ejercicio real de la empatía y no del sesgo ideológico, que está haciendo hoy que el silencio sea cómplice de quienes oprimen a mujeres y personas LGTBIQ en Latinoamérica. Les lleva a ser cómplices de los opresores.
- La captura de Maduro y la puesta en marcha de una presidencia encargada teledirigida desde Washington supone un vuelco en la situación de su país. ¿Cómo avizora lo que está por venir para su país?
- Es un proceso que todavía está andando. Falta mucho para que haya cambios reales y estructurales que se noten en la vida de la gente. Hoy la gente vive con temor en Venezuela, y los que estamos fuera también. Hasta que no tengamos garantías reales de que podamos ejercer nuestros derechos, vamos a seguir exigiendo. No se va a completar ningún proceso de transición y de cambio real si la gente no puede vivir bien, en libertad y sin miedo.
- ¿Se fía del chavismo reciclado que representa Delcy Rodríguez?
- No, para nada. Jamás me fiaré de movimientos autoritarios. El chavismo hace mucho rato dejó de ser un movimiento democrático que trabajaba por la gente. Hoy sólo es un movimiento autoritario, incluso en sus bases. Muchas veces intentamos reunirnos con activistas de la diversidad vinculados al oficialismo y sus formas y el ejercicio de su liderazgo era profundamente autoritario. No se puede construir ninguna alternativa democrática bajo el control del chavismo.
- El ministro Diosdado Cabello, jefe del aparato represor, hizo mofa en su programa de televisión Con el mazo dando, asegurando que el atentado de Bogotá fue producto de cuestiones personales y amorosas.
- Esto no es nuevo. Lamentablemente, forma parte de la homofobia y transfobia de Estado que hemos denunciado desde hace años. No es la primera vez que el ministro del Interior y de Justicia emite estas declaraciones; lo ha hecho contra dirigentes como Henrique Capriles. Pero incluso Maduro también ha reproducido toda esta narrativa antiderechos, homofóbica, al vincularse con iglesias evangélicas para conseguir su voto. Hay que recordar que el chavismo nace de un movimiento militar que se vinculó con corrientes evangélicas y católicas, lo que lo convierte en un movimiento profundamente conservador y antiderechos. Eso sí, con buen marketing y publicidad hacia fuera, vendiéndose como una revolución feminista e incluyente. Pero en el ejercicio del día a día veíamos a personas LGTBIQ siendo asesinadas, discriminadas y menoscabadas en sus derechos por este Gobierno que se decía progresista y lo que hacía era reprimir y revivir una criminalización que no se veía desde los años 70 en Venezuela.