Altasangre, una novela gótica, vampírica y tropical
Claudia Amador (Barranquilla, 1998) pasó del odio al amor, y de regreso, con el famoso carnaval de su ciudad natal. Como a todos los niños del Carribe colombiano le enseñaron que esa fiesta que se celebra anualmente para dar inicio a la Cuaresma es parte de su patrimonio: “Desde el colegio aprendimos a tocar instrumentos, uno aprende de todo lo que está detrás, lo que representan los bailes y las danzas”.
El carnaval siempre fue una especie de “paisaje de fondo” de su vida hasta que su familia se volvió “súper religiosa” y, entonces, la bulla colectiva se volvió negativa: “Ahora me dijeron que el carnaval era satánico, así como Shakira en su momento también lo fue, porque Colombia es muy supersticiosa. En algún momento recuerdo claramente cuando mi mamá me dijo: ‘En el carnaval se le dan las llaves al diablo’. Eso a mí nunca se me olvidó”.
Amador debió crecer para reconciliarse con su fiesta. Poco antes de mudarse a Bogotá --donde lleva tres años viviendo-- decidió enterarse por sí misma de qué iba ese jolgorio, considerado el segundo más grande del mundo después del que sucede en Brasil. “El carnaval es algo que está en todo momento, que nos atraviesa, justo cuando me iba a mudar es que yo me reconcilio realmente con la tradición, aprendo a profundidad del folclor, estudio las danzas”.
Antes, sin embargo, la autora barranquillera se había rebelado contra todo lo que significaba Caribe. Asumió una estética gótica y se interesó por lo místico y el terror. Por esos años también comenzó a escribir cuentos, mucho más cercanos a la “ficción extraña” y a la ciencia ficción, pero fue gracias a la literatura que terminó por dimensionar lo que cada año sucede en Barranquilla. Fue “una unión de coincidencias”, dice.
“En la universidad, a raíz del Quijote, estudiamos la carnavalización de la literatura. Fue muy impresionante ver cómo lo que yo pensaba que era muy local, que era mi carnaval, resulta que sucede desde hace miles de años en muchas partes del mundo y sucede también en la literatura. Ese juego de cómo las personas ven el desfile, performan, ven performar y se rompen las barreras entre quien ve, lee o consume a quién. Entonces me pareció muy valioso, porque dije ‘yo conozco de esto, lo he vivido en carne propia’. Jugar con eso abría toda una ventana, todo ese sincretismo”.

Ahí fue cuando realmente comenzó a gestarse “Altasangre” (Alianza Editorial, 2026), primera novela de Claudia Amador, que en 2024 resultó ganadora del Premio Nacional de Narrativa Elisa Mújica. Pero lo de la escritora colombiana no es una historia folclórica, ni tampoco un relato realista de lo que sucede en las calles de Barranquilla, la manera de abordar el carnaval para Amador es el terror, o como dice la contraportada del libro, se trata de una novela “gótica-vampírica-tropical”.
Entre el colorido carnavalesco, el bullicio de la música y las danzas frenéticas al ritmo del bullerengue y la cumbia, “Altasangre” nos cuenta el rito de iniciación de una nueva reina de la fiesta, que pertenece a una influyente familia de mujeres vampiro, sedientas de sangre y de poder. Un relato oscuro que sucede entre sueños y deseo, muy al estilo de otras voces latinas como la de Mariana Enríquez o Mónica Ojeda, pero que no deja de hablar de tradiciones, creencias y supersticiones.
“En Latinoamérica tenemos una tradición muy fuerte, una mezcla, nada es blanco ni negro, sino que todo es gris y el carnaval no es una excepción, son una mezcla de la tradición, de la colonización, son mezclas muy sincréticas, el carnaval representa ese sincretismo, esa unión de ritmos, de rituales, de cosmovisiones, ahí tenemos toda esa herencia africana, indígena y española. El carnaval es, primero, esa gran muestra de la colonización”, dice Amador.
Pero, además, agrega, “es también una manera, no de control social, pero sí de mantener una especie de orden, porque no es mentira que el carnaval en un inicio existe cuando la iglesia se da cuenta que no puede abolirlo, o cuando en plena conquista se dieron cuenta que hubo fiestas o rituales que no se podían abolir. Lo que hizo el poder es absorberlos y en cuatro días de carnaval puede pasar de todo, pero el resto del año se vuelve al orden, y por eso es tan importante esa unión en el carnaval”.
Por Luis Carlos Sánchez
EEZ