Anatomía del cansancio
¡Tú puedes! ¡decrétalo! ¡esfuérzate! Y podríamos seguir la lista de frases positivas que deberían potencializar una fuerza oculta. Misteriosa. Un código secreto. Un comando que nos permita acumular lo necesario y forjar un destino a nuestra propia medida. Si Albert Camus hubiera imaginado en este siglo a su “Sísifo” no nos pediría imaginarlo “feliz”, nos diría esa “felicidad” es su maldición y esclavitud.
Justamente esa es la tesis de uno de los libros más breves y enigmáticos del filósofo Byu Chul Han llamado La sociedad del cansancio. Una sociedad agotada, entre los mil mensajes de positividad excesiva. Una sociedad en que cada individuo es esclavizado por sí mismo, por exigirnos, sin auto conocernos, triunfos y logros, sólo porque eso se espera. Una positividad excesiva. Una positividad enfermiza.
Vivimos expectativas oníricas. Que vienen de ideas preconstituidas. Forjadas en el calzador de las redes sociales y de la hipercomunicación digital. Expectativas que nos exigen moldearnos, pero no conocernos. Expectativas idealizadas, pero no individualizadas. Si Sísifo fuera un habitante de estas épocas, probablemente él seguiría empujando la piedra infinitamente, porque pensaría que “necesitaba” hacerlo para
ser feliz.
Una esclavitud auto inducida. Un letargo social del que el filósofo Han nos advierte y podemos apreciar en cada “reel” y en cada “like” de nuestro ecosistema digital.
Y es quizás ahí en donde radica lo más complejo para muchos en este siglo: liberarnos. Liberación como aprendiendo a conocernos. No hay fórmulas de triunfo en ideas preconstituidas o en una positividad inducida. Sí se puede romper la maldición de Sísifo, sólo es conociéndose. En asumir nuestras debilidades y convertirlas en nuestra fuente de fortaleza. Conocernos a nosotros mismos como medida de nuestra propia salvación.
Pensemos en la historia de David y Goliat, en ojos de Malcom Gladwell. El autor nos enseña una lección diferente. No fue un milagro. O un acto de suerte. O una maximización positiva de “tú puedes” o “piensa positivo”, fue asumir sus desventajas plenamente. El joven pastor no tenía ni la fuerza ni la corpulencia de Goliat. Si jugaba bajo sus reglas: asumir la espada, la armadura y la batalla cuerpo a cuerpo, David no habría tenido ninguna oportunidad.
David no buscó cumplir las expectativas populares, ni lo que se esperaba de un “héroe” tradicional de esa época. David sabía que esa expectativa no tendría ninguna oportunidad. David usó sus debilidades y las transformó en fortaleza: la agilidad y precisión en la honda que años de pastoreo le habían dado.
El final de la historia se sabe. Pero el camino hacia esta historia suele despreciarse o hacerse menos. Si nos acongojan fracasos o derrotas hoy en día. No sigamos viendo en qué perdimos o fallamos a ojos de la expectativa social. Enfoquémonos en dónde nos dejamos de conocer. En repensar las reglas. En reinventarnos. Aún hay tiempo y sueños. Aún hay “mundiales” y futuro.
Por Juan Luis González Alcántara Carrancá
Ministro en retiro de la SCJN
PAL