Bahrein, el reino más frágil del Golfo Pérsico ante la furiosa ira chií
La guerra en Irán, que ha escalado hasta mantener en realidad en jaque a todo Oriente Próximo, ha supuesto el fin de la inocencia para las Petromonarquías del Golfo. Ya llevan más de dos semanas atenazadas por la encrucijada que representa ver cómo su tradicional alianza con Estados Unidos -y en el caso de varias de ellas su normalización de relaciones con Israel- no les está garantizando la seguridad ni la estabilidad ante las represalias de Irán, ante la que, a la vez, muestran cautela y contención porque, a fin de cuentas, son conscientes de que tendrán que seguir viviendo con el gigante persa como incómodo vecino cuando las llamas de este conflicto se apaguen.
Y una de las Monarquías que asisten a lo que está ocurriendo desde una posición más frágil es la de Bahrein, pequeño reino insular cuyo tamaño es inferior a la mitad de la provincia de Guipúzcoa, de 1,7 millones de habitantes, donde no sólo se están sufriendo las graves consecuencias económicas que comparten todos los países del Golfo por los ataques diarios con misiles y drones -ayer mismo se confirmó la suspensión del Gran Premio de Bahrein de Fórmula 1-, sino que se dispara la vieja tensión por la cicatriz religiosa que caracteriza a la nación. Y es que en Bahrein la mayoría de la población -entre el 55% y el 65%, según las fuentes- profesa el islam chií, la misma rama dominante en la República Islámica iraní, a pesar de que la dinastía reinante y toda la cúpula del régimen son suníes, como el conjunto de las Monarquías árabes. Históricamente, esta circunstancia ha generado enormes fracturas sociales, ya que los chiíes se sienten sojuzgados por la minoría en el poder. Y se han producido episodios tan relevantes como la llamada Rebelión de Bahrein, en 2011, un masivo levantamiento contra el régimen, al calor de las Primaveras Árabes, que exigió reformas prodemocráticas y en el que pesó mucho la paradoja religiosa del reino. Aquellas masivas protestas pusieron contra las cuerdas a la dinastía Al Jalifa, y se saldaron con decenas de muertos por las cargas policiales. Y la Monarquía bahreiní sólo consiguió aplastarlas con un endurecimiento de la represión sin precedentes y, sobre todo, con el imprescindible auxilio de los miles de efectivos de las Fuerzas Especiales que Arabia Saudí desplegó en el país para socorrer a su gran aliado, el rey Hamad bin Isa Al Jalifa.
La muerte en los bombardeos de EEUU e Israel del Líder Supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, considerado por muchos chiíes de todo el globo como una especie de Papa para los católicos, ha exacerbado los ánimos de muchos bahreiníes, especialmente críticos con la guerra iniciada por Washington y Tel Aviv. Y, a pesar de la férrea censura y de la represión de las autoridades de Manama, sobre todo en los primeros días del conflicto se registraron manifestaciones y muchos mensajes en apoyo de Teherán, que llevaron al régimen de los Jalifa a incrementar el despliegue policial para contener cualquier conato de protesta. Algunas fuentes difundieron que los primeros días de marzo de nuevo fueron enviados al país efectivos militares saudíes, algo que no ocurría desde 2011.
El Centro de Derechos Humanos de Bahrein ha documentado el arresto de al menos 60 personas estos últimos días, incluidos menores, en concentraciones en contra de los ataques a Irán. Una cifra no confirmada de modo oficial. Las autoridades de Manama sí informó el pasado miércoles de la detención de cuatro ciudadanos de su país acusados de presunta implicación en "actividades de espionaje" a favor de la Guardia Revolucionaria iraní. La Fiscalía bahreiní subrayó la gravedad de los hechos atribuidos a los acusados, calificando sus acciones como deslealtad y cooperación con actores considerados adversarios por el Gobierno, informó Europa Press.
Varios bahreiníes portan, el martes, el ataúd de una persona fallecida durante un ataque con drones contra un edificio de apartamentos en Manama.AFP
En medio de la guerra psicológica y de desinformación que también se multiplica en situaciones como ésta, los activistas contrarios a la dinastía Jalifa inundaron las redes a principios de marzo difundiendo que el rey Hamad había huido del país y buscado refugio en la vecina Arabia Saudí. Extremo falso que quizá influyó para que el monarca saliera al paso con un mensaje a la nación en el que reiteró el compromiso con "la paz, la tolerancia y la coexistencia", mientras el reino ha seguido siendo uno de los blancos persistentes de los ataques con misiles y drones de Teherán.
Cuartel general de la Quinta Flota de EEUU
Bahrein acoge desde los años 90 el cuartel general de la Quinta Flota de la Armada de Estados Unidos, con más de 15.000 efectivos militares y al menos una veintena de buques de guerra. Desde entonces, ha constituido el pulmón de la hegemonía del Pentágono en Oriente Próximo, responsable de tres puntos estratégicos vitales para la economía global, como se está viendo estos días, como son el Estrecho de Ormuz -ahora cerrado al paso de buques por el régimen de los ayatolás-, el Canal de Suez, en Egipto, y el Estrecho de Bab al-Mandeb, un paso natural entre el mar Rojo y el océano Índico por el Golfo de Adén, y donde en los últimos años se han producido distintos ataques por parte de los hutíes, los rebeldes yemeníes patrocinados por Teherán dentro de su Eje de Resistencia. La base norteamericana es un centro integral de radares, inteligencia y bases de datos muy importante, por lo que desde el 28 de febrero se ha convertido en uno de los blancos más anhelados por la Guardia Revoucionaria iraní.
La alianza sellada entre Bahrein y Estados Unidos en 1995 convirtió al pequeño reino del Golfo en uno de sus principales aliados en materia de Defensa no integrantes de la OTAN en todo el mundo. Y sirvió a la Monarquía de los Al Jalifa para sentir una especial protección por parte de Washington, si bien probablemente una mayoría de los bahreiníes está en contra de que el país albergue el cuartel norteamericano. Esta presencia es una de las razones por las que las relaciones entre Teherán y Manama hayan sido tan frías durante décadas. De hecho, cuando en 2023 varias Monarquías de la región, en especial la saudí, recuperaron los lazos diplomáticos con Irán, Bahrein optó por mantenerse al lado. Y sólo en los últimos tiempos se habían producido tímidos acercamientos entre el rey Hamad y el ayatolá Jamenei, propiciados por un socio común que busca ganancias en todos los ríos revueltos, como es el autócrata ruso Vladimir Putin.
Bahrein es el hermano pobre entre los aliados que integran el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), dado que sus reservas probadas de petróleo son muy inferiores a las del resto, con una producción de crudo que no llegaba a los 200.000 barriles diarios a finales de 2025. Su situación económica convierte al reino también en el eslabón más débil del Golfo para afrontar la catástrofe que supondría que la guerra en Irán se alargue en exceso. El país es un gigante en sectores como el de la exportación de aluminio -sus ventas representan el 10% del total mundial-, que ya se está viendo duramente golpeada. La fractura religiosa, la amplia simpatía ciudadana hacia Teherán y el malestar ante una quiebra de las arcas son un peligroso magma con el que no le está siendo fácil lidiar al titular de la Monarquía absoluta bahreiní.
