Playas de Sophia Loren, mosaicos únicos y pueblos que parecen Venecia: así es la costa italiana del Adriático
Conviene saber antes de empezar a recorrer la costa del Adriático que las playas en Italia no son como las españolas. Se entiende antes de desplegar la toalla en las de Rímini, punto de partida de la ruta —a 130 kilómetros de Bolonia, la capital de Emilia-Romaña—, y ver la disposición ordenada de sus lidos, las estaciones balnearias que en los años 50 y 60 llenaban de glamur estrellas del cine italiano como Sophia Loren o Marcello Mastroianni. Cada una con su ambiente —desde el más juvenil al más exclusivo—, sus sombrillas de colores y sus servicios a la medida, formando una inmensa alfombra de arena que se repite por todo el litoral.
RÍMINI, MÁS QUE PLAYA Y DOLCE VITA
Hay otra Rímini alejada del paseo marítimo, la del casco histórico. Basta cruzar el Arco de Augusto para descubrir su pasado romano y su vida artística. En pocos pasos aparecen el Templo Malatestiano (la catedral), con obras de maestros como Giotto o Piero della Francesca, y la tumba de Sigismondo Malatesta, figura crucial en la historia de la ciudad, y los vestigios romanos que recuerdan el origen milenario de la ciudad.
La plaza Cavour es el corazón vivo, llena de vida por sus terrazas y monumental por los edificios que la enmarcan: el ayuntamiento, los palacios del Podestà y del Arengo, el antiguo mercado de pescado y el Teatro Municipal, escaparate de su vibrante actividad cultural.
Muy cerca, el Castillo Sigismondo sorprende con una reinvención contemporánea: alberga el Museo Fellini, un espacio inmersivo dedicado al universo del cineasta nacido aquí: “Todo lo que he hecho en el cine lo he aprendido en Rímini”. A sus puertas, Marco Leonetti, director artístico, nos explica que el espacio expositivo se extiende más allá del museo, al cine Fulgor –que frecuentaba el más famoso director italiano– y a la plaza Malatesta, “con elementos de escenografía inspirados en el estilo onírico de sus películas”.
Dónde comer:
Dos recomendaciones: Amorimini (amorimini.it), junto a la playa; y más informal, NudeCrud (nudecrud.it), para tomar piadinas y cassoni.
SANTARCÁNGELO DI ROMAGNA
De los Malatesta también se escucha hablar en Santarcángelo di Romagna, donde esta familia italiana construyó una fortaleza para proteger la ciudad. Rodeado de murallas, el bonito pueblo medieval tiene como centro la piazza Ganganelli, de donde parten calles estrechas y adoquinadas con casas de color pastel bajo las cuales discurre un laberinto de grutas subterráneas.
En el mismo centro está la Stamperia Marchi, donde conocer el arte de la estampación a mano y ver el singular mangano de 1633 que aún utilizan Lara y Gabriele –cuarta generación de la familia Marchi– para planchar sus telas de fibras naturales. El diseño de cada pieza que sale del taller es único y sus colores naturales, impresos con antiguos moldes de madera tallada, “se elaboran con una receta secreta del siglo XVII”, nos cuentan. Una pista: fíjate en los tonos óxido. Son el sello cromático de la región.
Una parada curiosa más es el Museo del Botón. Alberga una extensa colección de más de 30.000 piezas de todos los estilos, materiales y países del mundo, entre las que se encuentra un botón diseñado por Pablo Picasso para Coco Chanel y otro del traje del papa Francisco.
Pistas:
Buenas opciones para disfrutar de la cocina local en Santarcangelo di Romagna son: La Sangiovesa (sangiovesa.it), Lazaroun (lazaroun.com) y el bistrot Da Mario (damariosantarcangelo.eatbu.com).
CESENATICO Y CERVIA: ESENCIA MARINERA DEL ADRIÁTICO
La ruta continúa conduciendo 20 minutos hacia el norte hasta alcanzar el pueblo marinero de Cesenatico, con 7 kilómetros de playas en el Adriático y su puerto diseñado por Leonardo da Vinci que sigue marcando la vida local. Las casas de los pescadores, el mercado de pescados y los numerosos restaurantes donde se degustan estos se agrupan en torno a él, como la Osteria Bartolini (osteriabartolinicesenatico.com) y, de la misma propiedad, La Buca, con una estrella Michelin. En sus aguas flotan una decena de barcos del Museo della Marinería, que cuenta la historia marítima del lugar.
Cervia está rodeada de playas, pinares y marismas. Tanto en la plaza Garibaldi, punto de encuentro del centro histórico, como en su canal portuario se siente el fuerte vínculo de la ciudad con el mar y la sal. Más aún durante el festival Sapore di Sal que se celebra a principios del mes de septiembre, con recreaciones históricas y muestra de antiguos oficios. En los antiguos almacenes salineros está instalado el Museo de la Sal (MUSA), que visitamos de la mano del pescador Luciano Saragàt. Nos habla con pasión de un oficio al que ha dedicado 60 años de su vida: “El mar es como una droga”, de su barca Diana «una más de mi familia» y de su hijo Riccardo, séptima generación que sigue la tradición.
Imprescindible:
Desde el centro de visitantes de la salina, una de las estaciones del Parque Regional Delta del Po, se disfruta de la experiencia de explorar a pie o en barco eléctrico el entorno natural en el que nace la sal dulce de Cervia y observar aves migratorias.
RÁVENA
La ruta por Emilia Romagna lleva después a Rávena, la capital mundial de los mosaicos, con 8 monumentos paleocristianos Patrimonio de la Humanidad. Si impresionan el Baptisterio Neoniano, el Mausoleo de Gala Placidia y la Basílica de Sant’Apolinare Nuovo, el ábside y el presbiterio de la Basílica de San Vital dejan sin palabras. Sus colores, sus expresiones, su simetría, el uso del oro, las representaciones del poder divino y su mensaje dan para pasarse horas absorto.
En el casco histórico de Rávena se descubre la huella del gran poeta florentino Dante Alighieri recorriendo los lugares que marcaron los últimos años de su vida y asistiendo junto a su tumba a la lectura que cada día se hace de un fragmento de la Divina Comedia. Y en el Museo Byron, que ocupa el Palazzo Guiccioli, la del poeta londinense Byron. Fue en esta residencia histórica en la que residió como huésped del conde Alessandro Guiccioli y su joven esposa Teresa Gamba, con la que mantendría una relación. Alberta Fabbri, su directora, nos guía por sus bellísimas salas con frescos donde se entrelazan pasiones románticas, conspiraciones políticas y el fervor cultural del Risorgimiento. Se ven cartas, joyas y recuerdos conservados por la amante, y experiencias multimedia que transportan a la Rávena del siglo XIX.
Una experiencia:
En el sótano del museo, la Taverna Byron (tavernabyron54.com) es un excelente lugar para cenar bajo altas bóvedas de ladrillo.
Si en el Mercado cubierto, en pleno centro histórico, se aprende a elaborar, de la mano de una sfogline (mujeres que hacen la pasta fresca en la región) se los auténticos cappelletos romagnolos; Ca’ de Ve (Casa del Vino) es el lugar para probar los vinos típicos de la región —el Sangiovese y el Trebbiano— acompañados de piadinas, el pan de Romaña, que algunos los comparten en la Mesa de la Amistad.
LA PEQUEÑA VENECIA QUE (CASI) NADIE CONOCE
Comacchio, la siguiente parada, es una pequeña Venecia que fue creciendo entre 13 pequeñas islas unidas por puentes, el más famoso, el Trepponti. Conocida por la pesca tradicional de la anguila, su principal actividad económica en el pasado —a la que dedica una fiesta a finales de septiembre y principios de octubre—, su historia se descubre en la Manifattura dei Marinati, fábrica y museo, charlando con Carletto Farinelli–de profesión vallante, una especie de capataz de las lagunas–; pero, sobre todo, haciendo la excursión en barco por los Valli de Comacchio, en cuyas aguas salobres tiene su hábitat natural este pescado azul y viven cientos de flamencos.
No te pierdas:
Probar la anguila a la plancha o el pescado fresco del día en Il Bettolino di Foce (podeltatourism.it), ubicado junto al centro de interpretación.
FERRARA
El punto y final del road trip por Emilia Romaña lo pone Ferrara, inscrita en la lista de la Unesco, junto a su Delta del Po. La poderosa familia de los Este la planificó como primera Ciudad del Renacimiento y hoy se mueve alrededor de la larga piazza Trento o Trieste, en la que está su catedral, la Loggia dei Mercanti, la Torre dell’Orologio y la antigua residencia ducal; justo al lado del imponente Castillo Estense.
Tras ver el Palacio de los Diamantes, probar la típica copia ferrarese (pan en forma de equis), y comprar alguna de las piezas únicas de la ceramista Monica Grandi, que elabora artesanalmente en su taller de la Via Garibaldi, solo queda pedalear por la ruta verde que recorre los 9 kilómetros de murallas renacentistas y entender por qué Ferrara es conocida como la ciudad de las bicicletas.
Como la gastronomía es uno de los puntos fuertes de Emilia-Romaña, de donde proceden algunos de los ingredientes más conocidos de la cocina típica de Italia, como el Parmigiano Reggiono, la mortadela de Bolonia, el vinagre balsámico de Módena o la piadina (pan de trigo), para acabar con buen sabor, a dos pasos del castillo abre sus puertas la Antica Trattoria da Max (hanticatrattoriamax.it), donde degustar, en una atmósfera íntima, cappellacci rellenos de zucca (calabaza), flan de espárragos silvestres del bosque de Mesala, salama da sugo y otros platos y productos de la región, acompañados de más de 700 referencias vinícolas.
DÓNDE DORMIR
Pura elegancia frente al mar y emblema del lujo, el Grand Hotel Rimini (grandhotelrimini.com), un establecimiento histórico, de arquitectura clásica y ambiente refinado, que, desde su inauguración en 1908, ha acogido a numerosas celebridades italianas e internacionales. Abierto a un precioso jardín y con playa privada, era el hotel preferido de Federico Fellini cuando se alojaba en su ciudad.
También de lujo, pero de diseño vanguardista, i-Suites (i-suite.it), con suites minimalistas y spa mirando a la playa. Aire veneciano, en pleno centro de Rávena, tiene Albergo Capello (albergocappello.it), ubicado en un antiguo palazzo renacentista, con siete habitaciones y salas decoradas con frescos y techos altísimos de madera pintada que evocan la atmósfera de la Rávena de Dante y Byron. El Hotel Nazionale (hotelnazionaleferrara.it) es una buena opción en el casco antiguo de Ferrara.










