Fujaira, un oasis petrolero frente al bloqueo de EEUU: "Seguimos saliendo al mar, pero lo hacemos con miedo"
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A una hora de la opulencia futurista de Dubai, el emiratí Ahmed, un joven pescador, embellece a la sombra su modesto esquife de madera retirando la capa de pintura vieja para repintarlo de nuevo. "Hemos pescado junto a los iraníes durante generaciones en estas aguas. Ninguno de nosotros entendemos por qué nos han atacado así". Ahmed lo dice por los misiles y drones de Irán, que han visitado esta región en busca de los enormes depósitos de crudo del cercano puerto de Fujaira. Ahora, todo el mundo espera que este inestable alto el fuego se convierta en una paz duradera.
Una vez que nos alejamos de la avenida principal de Murbah, donde la actividad comercial es frenética, todo se transforma en silencio y calma, sólo rota por la llamada del muecín a la oración. El calor de Oriente Próximo, que aquí se traduce en 37 grados junto al mar, hace que el cuerpo empape la ropa de sudor sin que una sombra te ayude a recuperarte. Bajo el tranquilo bosque de palmeras previo a la playa, uno no imagina que está junto al punto geopolítico y estratégico más disputado del mundo en estos momentos: el Estrecho de Ormuz y el golfo de Omán.
A la altura de la modesta Murbah los buques de guerra de Estados Unidos han levantado una línea imaginaria. A partir de este punto aproximado hacia el sur, los petroleros de Irán serán avisados por radio para que no continúen su viaje hacia el mar Arábigo. Si aún así incumplen el consejo, serán abordados por helicópteros de los marines. Ya ha sucedido con un puñado de ellos. Varias embarcaciones de pesca yacen sobre la arena brillante. Bajo tres cabañas de madera, los pescadores de la zona han montado salas de reuniones con viejos sillones, cada uno de un color. La brisa mueve una bandera de Emiratos.
En la playa de Murbah, que se extiende junto a la terminal del oleoducto de Fujaira y su base naval, no hay ni un alma, pero ante nosotros navega a toda velocidad un navío de guerra y a lo lejos son visibles un grupo de grandes petroleros haciendo cola frente a la costa. En una de esas páginas de seguimiento de barcos podemos ver que los dos más cercanos son el Kallista, de bandera panameña, y el Olimpic Life, bajo bandera de Islas Marshall, ambos vacíos de crudo, pero ya dirigidos por dos remolcadores hacia la manguera de la que llena su panza el petrolero emiratí Opta Divine. A unos kilómetros hacia alta mar la concentración de grandes cargueros es mucho mayor.
Para Emiratos Árabes Unidos, el oleoducto Habshan-Fujaira se ha convertido en una pieza estratégica clave en el actual contexto de tensión en el Estrecho de Ormuz. Esta infraestructura permite desviar hasta cerca de 1,5 a 1,8 millones de barriles diarios (casi un gran petrolero completo a máxima capacidad cada 24 horas) desde los campos del interior hasta la costa del Índico, evitando el paso por el Golfo Pérsico y, por tanto, que quede secuestrado por el cierre iraní.
En una situación de bloqueo o restricción del tráfico marítimo como la actual, este oleoducto no sustituye completamente el volumen que normalmente transita por Ormuz, que antes movía hasta 135 barcos al día, pero sí garantiza a Abu Dabi una vía mínima de exportación que reduce su exposición al riesgo geopolítico. Más que una alternativa total, es un seguro y un alivio estratégico: una tubería que no elimina la amenaza, pero permite a Emiratos seguir bombeando petróleo al mercado incluso cuando el estrecho deja de ser una autopista fiable.
Este oleoducto es, junto con la tubería Este-Oeste de Arabia Saudí, el único alivio petrolero que tiene hoy la economía global, rehén de la guerra que disputan Estados Unidos e Israel contra Irán. No tiene un camino sencillo desde los campos petrolíferos del interior, porque el paisaje cambia y del desierto de dunas pasamos a una zona montañosa árida y pedregosa de color ocre donde sólo crece la vegetación en las zonas bajas, junto dónde el agua se acumula y donde beben los rebaños de dromedarios. Todos los países del Golfo relanzan hoy viejos proyectos para construir otros oleoductos como este para evitar la posibilidad de que Irán vuelva a cerrar el cercano Estrecho de Ormuz cada vez que quiera.
Google Maps muestra un café abierto en medio del bosque de palmeras cuando la brisa del mar llega tan caliente como el motor de un secador de pelo. Allí encontramos un pequeño refugio de aire acondicionado, café italiano de calidad y cruasanes franceses. Un grupo de extranjeros, con la piel curtida por el sol, pasa el rato mirando sus móviles. Gente de mar. El camarero pregunta al sudoroso periodista recién llegado mientras le sirve un espresso canónico.
- ¿No ha venido nunca por aquí? Me suena su cara.
- ¿Yo? Jamás.
- Aquí viene gente de todo el mundo enrolada en las tripulaciones de los petroleros. Le habré confundido con otra persona.
Un hombre que dice ser un empresario local, que busca la protección del aire acondicionado tras el asalto del calor, reflexiona: "Aquí la pesca del atún, la caballa o el mero sostiene a miles de familias, pero esta tensión ha transformado nuestro mundo en una actividad de riesgo. Seguimos saliendo al mar, pero lo hacemos con miedo a las minas o a los buques de guerra. Eso limita los caladeros y encarece cada jornada".
Algunos evitan áreas tradicionales por miedo a incidentes o a ser confundidos con embarcaciones sospechosas; otros ven cómo los controles y desvíos del tráfico marítimo alteran los patrones de pesca. En este nuevo escenario, el Golfo deja de ser sólo un espacio económico y se convierte en un tablero estratégico donde incluso las pequeñas lanchas de pesca navegan entre las grietas de una crisis global de proporciones aún desconocidas.

