De Zelenski a los gays, pasando por Bruselas: Orban se inventa más enemigos para afrontar sus elecciones más difíciles
En el discreto corazón de Europa un régimen se asoma por primera vez a unas elecciones verdaderamente inciertas sin haber perdido aún el control del terreno. Hungría vota el 12 de abril después de 16 años de poder ininterrumpido de Viktor Orban. Pero esta vez el mandatario más veterano de la UE no se mide a una oposición fragmentada y exhausta, sino ante un adversario nuevo, Péter Magyar, que además viene de dentro del 'orbanismo'.
Desde el aeropuerto hasta el centro de Budapest se suceden hasta 100 carteles con el rostro de Volodimir Zelenski, algunos generados con IA, convertidos en una amenaza visual repetida hasta la saturación. Orban ya no pelea solo contra "la izquierda", Bruselas o Soros. Ahora necesita más enemigos, y cuanto más externos mejor, para alejar el foco de una situación interna que esta vez no le favorece.
"Orban tiene una estrategia muy sencilla: crear una campaña efectiva. La oposición es sólo marioneta. El verdadero enemigo está fuera. Y Ucrania es el villano perfecto", resume en un café de las afueras de la capital el sociólogo Tibor Dessewffy. La derrota, por primera vez desde 2010, es imaginable. Pero el sistema sigue diseñado para que incluso una victoria opositora sea costosa y difícil de convertir en un gobierno.
El viernes, Orban respondió airadamente a los manifestantes que lo abuchearon en un mitin en Gyr, una ciudad inclinada hacia la oposición. Visiblemente contrariado, los acusó de promover los intereses ucranianos y de querer enviar "dinero húngaro a Ucrania". Fuera de las ciudades, en la Hungría rural, su sistema adopta formas más crudas. La oposición denuncia una red de presión territorial de Fidesz en la que caciques locales, alcaldes y matones recuerdan a los votantes que un empleo público, la luz o una ayuda alimentaria pueden depender de una papeleta. El mapa electoral lleva años retocado para favorecer al partido gubernamental, Fidesz: a los votantes de la diáspora, que apoyan masivamente a Orban, les llegan papeletas acompañadas de mensajes de agradecimiento y propaganda; y, según analistas y críticos del Gobierno, el Kremlin aporta también experiencia en guerra informativa para ayudar a su aliado de Budapest con bulos, comentarios masivos y falsificaciones generadas con IA. Para el trumpismo, que ha mostrado su apoyo a Orban, la elección húngara es un test de su conquista ideológica al otro lado del océano.
Budapest es hoy el laboratorio más avanzado de la democracia iliberal en Europa. Orban llega a esta campaña habiendo ganado en gran medida la guerra cultural, pero perdiendo la batalla de lo cotidiano. La economía ha dejado de ser un activo y la oposición ya no está dividida.
"El cambio más importante en Hungría ha sido la falta de crecimiento económico durante los últimos cuatro años", explica el politólogo András Bíró-Nagy, director de Policy Solutions."La mayor debilidad de Orban es su pobre desempeño en políticas, especialmente en los últimos cuatro años". Hungría llega a la campaña tras tres años de casi estancamiento, con previsiones de crecimiento recortadas, un déficit tensionado por el gasto preelectoral y un desgaste político más visible que nunca. Poco después de su victoria en el convulso 2022, sus promesas de estabilidad dejaron de traducirse en mejoras materiales.
Ese deterioro se nota en la calle. El medio húngaro 'Direkt36' ha documentado más de 770 cierres o suspensiones de servicios hospitalarios desde el año 2020; un tercio se explica por falta de médicos, enfermeras o equipamiento. En algunos hospitales se suspendieron hace meses cirugías por calor insoportable en los quirófanos o por plagas de chinches. "Mi madre estuvo ingresada hace poco, eran seis en la habitación y tuve que encargarme yo de cuidar al resto", comenta Anna, de 23 años, estudiante de empresariales en Budapest. Votará a la oposición por estos asuntos, aunque Orban siga hablando de Bruselas y Zelenski. Admite eso sí, que la contención de la inmigración ha sido un acierto.
FATIGA MATERIAL E IDEOLÓGICA
"No solo en términos del coste de vida, sino también en servicios públicos. Especialmente el sistema sanitario, el educativo o el transporte público se han convertido en un tema importante", añade el analista Bíró-Nagy. A esa fatiga material se le suma la ideológica. Orban consolidó durante años una agenda de familia, nación y confrontación cultural que encontró en los derechos LGTB un terreno rentable. "Desde el principio, estaba claro que es un gobierno diferente al anterior. Dejaron muy claro que los derechos LGBTQI no eran una prioridad", recuerda Tamás Dombos, uno de los activistas y expertos más veteranos del movimiento gay húngaro. Trabaja en Háttér Society desde 2007 y recuerda cómo la Constitución desde 2012 fijó el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer. A partir de ahí, el régimen no dejó de apretar: "Después llegaron nuevas restricciones: el veto al reconocimiento legal de género para las personas trans, límites a la adopción por parejas del mismo sexo y, finalmente, la prohibición de las marchas del Orgullo".
La llamada ley de "protección infantil" fue un punto de inflexión. "Originalmente planeaban adoptar una ley antipedofilia que apoyaban todos los partidos, y en el último momento introdujeron este lenguaje anti-LGBTQI", explica Dombos. Formalmente, la prohibición afecta al acceso de menores a contenidos LGTBI; en la práctica, añade, ha provocado "una autocensura amplia" en escuelas, medios y espacios culturales. En Hungría, la deriva autoritaria también se mide en silencios.
El gran cambio del ciclo electoral no es solo el desgaste de Orban, sino la aparición de una alternativa realista. Péter Magyar, joven pero conservador, más aperturista, y renovador pese a provenir de dentro del sistema, ha conseguido concentrar en Tisza buena parte del voto anti-Fidesz. Intenta presentarse como alternativa a Orban sin insultar a sus votantes: evita hablar para medios extranjeros, no valida la homofobia del Gobierno sin definirse demasiado sobre el tema, tampoco se lanza a batallas culturales que alejen al votante conservador. "Todo esto se reduce al mensaje principal de Péter Magyar: este es un Estado disfuncional", resume Bíró-Nagy. Lo que promete, dice, es "una Hungría que trabaja, una Hungría que funciona".
Los sondeos más favorables a la oposición sitúan a Tisza por delante de Fidesz. Pero en Hungría no basta con ganar en votos. El país elige 199 diputados, 106 en distritos uninominales y 93 por listas nacionales. El sistema premia dos veces al ganador, porque además de adjudicarle el distrito le suma "votos sobrantes" que engordan la parte proporcional. Según distintos cálculos, Tisza necesitaría una ventaja clara en voto popular para lograr una mayoría parlamentaria. Para una mayoría de dos tercios, haría falta una improbable paliza.
Incluso en Budapest, una capital con una actitud especialmente negativa hacia Orban, hay algo de escepticismo sobre la posibilidad de un cambio real. La culpa la tiene un ecosistema de manipulación hecho de sesgo en el mapa electoral, captura mediática, clientelismo, uso desigual de recursos públicos, presión sobre periodistas y una arquitectura institucional diseñada para resistir una alternancia. "Utilizó la supermayoría constitucional para reescribir prácticamente todo en Hungría", lamenta Bíró-Nagy.
Incluso los que creen en la posibilidad de un cambio miran con algo de inseguridad más allá de la noche electoral. "Si el nuevo gobierno pudiera ser formado por Tisza, sería tremendamente difícil todo. Todo el aparato estatal está en su contra", advierte Dessewffy. Una victoria opositora no significaría una transición limpia, sino la aventura incierta de gobernar dentro de un Estado moldeado durante dieciséis años por el orbanismo para no soltar del todo el poder.
Por eso Orban ha elegido a Ucrania como enemigo central. La economía no le conviene como terreno de campaña, el deterioro de los servicios públicos tampoco, y Zelenski ofrece una ventaja: sirve a la vez para movilizar al electorado más fiel, presentar a Magyar como candidato de Bruselas y justificar la cercanía energética con Rusia. "Lo que puede servir en campaña es el miedo", resume Bíró-Nagy. "El único atractivo de Orban en esta campaña es que es el único que puede proteger a Hungría de todo tipo de peligros".
Al otro lado de la frontera, Ucrania lucha por su supervivencia. Mientras tanto la guerra ya no es solo un asunto exterior en Hungría. Se ha convertido en una máquina de producir miedo y en un eje de polarización identitaria. Orban sigue siendo fuerte en el campo, en los pueblos y en las pequeñas localidades; Tisza rinde mejor en Budapest y en las grandes ciudades. El sistema electoral magnifica ese contraste y convierte la geografía en un factor material. Magyar puede ganar la discusión nacional y aun así perder una parte decisiva del país real que reparte escaños.
Orban llega debilitado por dentro, pero más legitimado fuera dentro de su familia ideológica. Espera además un empujón internacional, sobre todo desde el universo trumpista, que lo presenta como un activo estratégico. Hungría afronta así el examen final de un sistema construido para no perder. Lo que está en juego el 12 de abril no es solo si cambia de primer ministro, sino si una oposición nueva puede derrotar a un régimen viejo en las urnas y después gobernar dentro del Estado que ese régimen levantó para resistirse al relevo.