La búsqueda de la dimisión: el complejo laberinto para relevar a Starmer
Actualizado
Hay tres vías fundamentales para que un primer ministro británico sea obligado a dejar el cargo. La que, a día de hoy, tiene más posibilidades de salir, consistiría en una especie de "dimisión pactada". En esa versión, el primer ministro alcanza un acuerdo de caballeros -por llamarlo de alguna manera- con sus rivales en el Gobierno y en el Parlamento para irse en una fecha determinada.
Los cínicos -y de ellos en Westminster hay unos pocos- saben que la caballerosidad del acuerdo tiene un cierto elemento de "oferta imposible de rechazar", más a menos limitada a la idea de "o te vas por las buenas o por las malas". Pero también hay generosidad, porque se deja que el primer ministro, al menos formalmente, se vaya. En otras palabras: es una especie de rendición con condiciones del primer ministro.
En la historia reciente británica ha habido muchos notables que se han ido de Downing Street, por este procedimiento, incluyendo los dos más notables del último siglo: la conservadora Margaret Thatcher, que fue derrocada por los propios tories en 1990, y el laborista Tony Blair, que tuvo que dimitir y dejar el cargo a su propio ministro de Finanzas, Gordon Brown, en 2007. Otros que también se marcharon porque la presión era insostenible han sido los conservadores Boris Johnson y Liz Truss, en 2022.
En esos casos, el primer ministro laborista renuncia al cargo de líder del partido y de primer ministro, un cargo en el que es reemplazado temporalmente por un parlamentario designado directamente por el rey. También puede anunciar que se va, en cuyo caso pasa a ser jefe del Gobierno en funciones hasta que llegue el reemplazo.
Sea como sea, en ambos casos sus compañeros del Parlamento eligen a su sucesor. Ahí hay dos opciones. Si sólo hay un candidato al cargo, es casi seguro que este será votado por los parlamentarios, dado que tiene implícita o explícitamente el respaldo de todos ellos. Pero si hay más de uno, la cosa se complica porque votan los parlamentarios, los afiliados e incluso los miembros de sindicatos que están vinculados al Partido Laborista. O sea, cientos de miles de personas. Eso es algo que el ala centrista del Partido Laborista, encabezada por el ministro de Sanidad de Starmer, Wes Streeting, quiere evitar, porque las bases laboristas se sitúan mucho más a la izquierda que el establishment.
Otra posibilidad es que el 20% de la bancada laborista en el Parlamento presente por escrito un candidato. Eso, en el Parlamento actual, supone 81 diputados, aunque, por ahora, se han limitado a decir que Starmer debe irse sin presentar alternativa. Esa es una señal de debilidad, que podría indicar que nadie en la izquierda se siente con fuerzas para asaltar Downing Street. Además, el primero que se presenta para sustituir a un primer ministro -el stalking horse- nunca lo logra, sino que termina siendo una especie de conejillo de Indias político al que seguirán otros una vez que él esté "quemado". Para complicar aún más las cosas, esos candidatos tendrían que someterse a la misma votación de cientos de miles de personas.
Aunque la izquierda sale ganando con esa fórmula, a día de hoy sólo Angela Reyner tiene alguna posibilidad de ganar el proceso. El alcalde del Gran Manchester, Andy Burnham, es muy popular. Pero, para aspirar a ser jefe del Gobierno, tendría que ser parlamentario. Eso exigiría que un laborista renunciara generosamente su escaño, el partido dejara a Burnham presentarse -lo que no está claro- y que este ganara. Es una carrera de obstáculos demasiado grande, porque exige una generosidad poco frecuente en política, tanto por parte del compañero que deje el escaño como de los órganos de gobierno laborista -controlados por Starmer-, que tendrían que permitir la entrada en la carrera sucesoria de su rival más temible. Y todo eso sin obviar un último detalle: ¿qué pasa si, dada la impopularidad laborista, Burnham no gana el escaño?
La tercera opción es, simplemente, una moción de confianza que derrote a Starmer. En ese caso, el primer ministro podría convocar elecciones o irse y volver a reabrir el mismo proceso. Pero eso no va a pasar. Los laboristas no van a echar a su primer ministro con la ayuda de la oposición conservadora en un proceso que, además, puede acabar en unas elecciones que, con casi total seguridad, perderían.
