Detener, o no, a los grandes capos

Detener, o no, a los grandes capos

La discusión es un tanto bizantina. No se trata de preguntarse si debe seguirse la estrategia de detener o “abatir”, para usar el eufemismo de fuentes policiacas, a los grandes capos. El argumento en contra es bien conocido: descabezar a las organizaciones criminales provoca una “atomización” de las mismas —cuando alguien quiere demostrarnos que entiende del asunto, usa esta palabra mamadora: “atomización”— y, consecuentemente, una lucha en varios frentes, es decir, una escalada de la violencia. Debe ser cierto. Los expertos lo responderán. Aun así, insisto, la pregunta es otra. La pregunta es si resulta siquiera imaginable hacer lo contrario: no detenerlos. No ir por ellos. La respuesta, sobra decirlo, es que no.

Carlos Matienzo, que está entre los que sí entienden de asuntos de seguridad, dice que, de entrada, la cacería de súper capos es éticamente inapelable. Tiene razón. Es lo que toca. Punto. Luego, hay asuntos de sentido común que parecen no hacer mella en ciertos analistas, muchos —no todos— entregados a la cruzada obradorista. También los podemos formular como una pregunta: ¿qué mensaje manda el Estado que renuncia a las detenciones de caudillos gangsteriles? ¿Qué le dice, pues, tanto a las personas con vocación de gánster —los mafiosos del futuro, los capos aspiracionales—, como a las que ya están en esas andadas? La respuesta podemos encontrarla, justamente, en el sexenio obradorista, con la sandez de los abrazos y no balazos, y los resultados a la vista. El mensaje es: “Hagan lo que les dé la gana”. Un mensaje de impunidad garantizada. Un “dénse”. Y se dieron.

Por último, esa negativa conduce al problema que vimos en días recientes con la muerte de Nemesio Oseguera. Los cárteles, ante la pasividad gubernamental, adquieren proporciones gigantescas, al punto de desafiar a las Fuerzas Armadas mismas y, para todo fin práctico, de controlar pedazos grandes del territorio. No existe la “pax narca”. Pensar que el control de una región por un gran caudillo del crimen garantiza estabilidad es un sinsentido. Así que, una vez más: gracias, licenciado López. Están los sectores oficialistas en esa histeria de “La culpa fue de Calderón”, pero, amable recordatorio, el crecimiento descomunal del Cártel Jalisco, el culiacanazo y la guerra posterior en Culiacán, incontrolable hasta ahora, tuvieron lugar durante el sexenio pasado. Por algo será.

Así que, sin más, y a pesar de que el costo no ha sido bajo, celebremos que el gobierno federal haya hecho su chamba. Ya que estamos, disfrutemos malévolamente las maromas chairas para celebrar la nueva estrategia de seguridad, tan evidentemente opuesta a la de AMLO, al tiempo que tratan de rescatar a éste del descrédito que significa haber dejado a un país en manos de hampones.

POR JULIO PATÁN

COLABORADOR

@JULIOPATAN09

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