Ecos metálicos: soledad y atisbos tecnológicos
Si recorres algunas de las sinuosas calles de San Francisco, California, es casi seguro que te encontrarás a uno de sus más reconocibles íconos: los “cables cars” o tranvías de cable, transportes de conducción manual, símbolo viviente de la movilidad urbana del Siglo XIX. Son parte de la red de transporte citadina, pero encasillados como “atracción turística”, y aun así proporcionan una movilidad mensual de más de 200 mil viajes de pasajeros.
También es igual de probable que puedas ver rodando por esas calles a vehículos eléctricos autómatas con un espectral vacío en el asiento del conductor. San Francisco, como Dallas, San Antonio, Austin, Los Ángeles, entre otras, son algunas de las ciudades que cuentan con este servicio de robotaxis que realizan más de 250 mil viajes por semana en su totalidad. Pero quizás San Francisco es la única que oferta la añoranza de los tranvías decimonónicos con los robots automóviles en el mismo hábitat urbano. Usar ambos transportes -para los que no estamos familiarizados-, genera una sensación común y divergente, entre la nostalgia y la sorpresa.
La estética clásica de los tranvías y la tecnología de los vehículos autómatas me hacen recordar ese movimiento artístico denominado “retrofuturista”. Corriente que es una apuesta cultural compleja, al ilustrarnos, desde la añoranza, las promesas incumplidas de la modernidad, y ser también un “espejo negro” cultural que nos refleja nuestra alma atada a la tecnología electro-digital.
La complejidad de este movimiento es un mosaico que abarca escritores como Julio Verne, H.G. Wells, Isaac Asimov o Ray Bradbury -con los que me encuentro más habituado-, hasta la narrativa fílmica de Metrópolis o Blade Runner. Pero todo este entramado cultural es también un visor para filtrar un fenómeno que se ha vuelto tan presente en los torrentes de nuestra realidad: la desconexión humana por la alienación tecnológica.
La presencia de los tranvías y autos robots en el mismo espacio y tiempo, son la alegoría performativa de las ideas de Mark Fisher: un presente embrujado por pasados no superados o por futuros perdidos.
La tecnología nos prometió comunicarnos, hacernos más cercanos, más disponibles, y lo ha hecho a costa de nuestra propia vitalidad humana. Eventos como del adolescente Sewell Setzer III, quien buscando compañía en un emulador humano de Inteligencia Artificial, solo se hundió -sin retorno-, en su aislamiento social y su salud mental o del joven de 36 años que enamorado también de una inteligencia artificial fue, aparentemente, inducido a privarse de su vida, nos ponen en alerta de las iteraciones humanas y la tecnificación de nuestro entorno.
Estos sucesos ilustran una faceta del problema: la soledad “acompañada” por una máquina sin conciencia, afecto e identidad, son señales inequívocas que nuestro presente está “embrujado” bajo los estertores deshumanizados de la tecnología que nos aíslan de otros congéneres.
Muchos países han tomado medidas institucionales, preventivas, regulativas, de salud o educativas para paliar la epidemia de soledad digital, y México, a pesar de sus múltiples heridas abiertas, debe empezar aprender de las lecciones comparadas y generar sus propias acciones para defender a nuestras juventudes. La tecnología es el futuro, pero asimilada con humanidad, empatía y solidaridad. Los ecos metálicos, sin vitalidad, solo nos darán palabras vacías que profundizarán más nuestra epidemia de soledad global.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ, MINISTRO EN RETIRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN
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