El debate sobre Ingrid de Noruega y Australia estalla en un momento de máxima fragilidad institucional
Ha pasado un año desde que el Palacio Real de Oslo anunció que la princesa Ingrid, segunda en la línea sucesoria al trono noruego, estudiaría en la Universidad de Sídney. La hija de Haakon y Mette-Marit de Noruega, que el pasado enero cumplió los 22 años, se trasladó a la capital australiana el pasado agosto y desde entonces ha hecho viajes regulares que le han permitido sostener una agenda institucional propia de un miembro en formación. Por eso es llamativo que sea precisamente ahora cuando se abra un debate sobre la idoneidad de la decisión y el coste de su estancia allí. Analizando los tiempos y el clima que rodea a la monarquía noruega, todo apunta a que el debate no es sobre Australia, más bien se trata de un daño colateral de una crisis de confianza acumulada.
Ha sido el medio Nettavisen el que ha pedido una aclaración sobre los estudios en relaciones internacionales y economía política de la futura reina de Noruega en Sídney para presentar en un artículo que ha sido ampliamente recogido, dentro y fuera del país, sobre lo que le costará al contribuyente los tres años de Ingrid en Australia. El citado medio aclara que el Estado pone 500.000 coronas suecas anuales (algo más de 46.000 euros) a modo de beca y que todo lo que pasa de allí, lo costean directamente Haakon y Mette-Marit con lo que reciben del Estado en cocepto de "abono familiar", partida por la que durante el 2025 recibieron aproximadamente 1,19 millones de euros.
Según los cálculos que ha hecho el citado medio en base a los precios de la universidad y de los otros gastos que implica, como tasas, alojamiento, vuelos y la seguridad que la princesa tiene 24 horas, excede esa beca que le dio el estado. Sin embargo, esta noticia no es nueva, pero si el efecto que ha generado. Todo apunta a que este debate se ha abierto por la crisis de confianza acumulada o, dicho de otro modo, en un año de estabilidad no habría generado este ruido.
En los últimos meses se han sumado elementos que han erosionado la confianza pública: el caso Epstein y la percepción que se tiene de Mette-Marit, sus límites y su responsabilidad; el juicio contra Marius Borg, que ahora mismo estén en prisión a la espera de sentencia; la sensación de privilegio y, en cierta medida, la reciente preocupación por la salud de un rey que hace tiempo pidió pasar a un segundo plano. Esta falta de confianza en una institución que en otro tiempo gozó de una enorme popularidad los deja en una situación vulnerable y, en esta ocasión, ha sido la princesa Ingrid la que ha sido puesta en el punto de mira.
Lo que antes se veían como una inversión, poniéndo el enfásis en la importancia de la preparación de Ingrid para su futuro papel como jefa del Estado, se han convertido en un "gasto" y el foco está en quién paga qué en un momento en el que no hay sensación de coherencia o ejemplaridad en otros asuntos, en concreto sobre todo lo relativo a las explicaciones sobre la amistad entre la princesa Mette-Marit y Jeffrey Epstein.
Este efecto se produce en un momento de recolocación dentro de la propia familia real noruega, ya que ante la retirada por motivos de salud de la princesa Mette-Marit, que tiene una agenda reducida y en entornos controlados, le ha seguido el regreso del príncipe Sverre, lo que ha abierto otro debate paralelo, ya que su futuro siempre se dibujó fuera de la institución. No se dan demasiadas explicaciones sobre su formación, ni si vive a tiempo completo en Italia o en Noruega y tampoco parece que esté entre sus planes hacer el servicio militar. Un limbo con el que podría repetir el mismo camino que su tía, la princesa Marta Luisa, que combinó funciones institucionales con proyectos propios, algunos de ellos con fines comerciales, un experimento que no salió bien y también contribuyó al debilitamiento que ha vivido la institución en los dos últimos años.




