El pueblo medieval del Alt Empordà donde el cielo se convierte en espectáculo y es uno de los secretos mejor guardados de Cataluña

El pueblo medieval del Alt Empordà donde el cielo se convierte en espectáculo y es uno de los secretos mejor guardados de Cataluña

Más allá de Figueres y su Museo Dalí, de los pueblos de postal de la Costa Brava o de las increíbles calas de la coqueta Cadaqués, la comarca del Alt Empordà esconde un mágico interior en el que se dan cita naturaleza, historia y un firmamento espectacular. A un paso de los Pirineos, en el alto valle del Muga, dos localidades vecinas —Sant Llorenç de la Muga y Albanyà— se conjugan para reunir ese Empordà que huele a montaña: pueblecitos de aire medieval que apenas suman 500 habitantes, que durante el día se recorren entre murallas y leyendas y que, al caer la noche, se transforman en un mirador privilegiado a las estrellas.

Te recomendamos Seguir leyendo
Sant Llorenç, Camino de Muga, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Camino de Muga, Sant Llorenç.

Están a solo 18 kilómetros de Figueres, la capital comarcal y, sin embargo, estas dos localidades se ubican en un mundo bien distinto, a resguardo de la tramontana, entre bosques de encinas, castaños, robles y alcornoques, un edén que es hogar de ciervos, jabalíes y ardillas. Aquí los vecinos salen en busca de setas en otoño, y cuando llega el calor, acuden a las idílicas pozas de aguas transparentes que regala el Muga a su paso. Poco más de 400 habitantes dan vida a estos pueblos cargados de historia, guardianes de uno de los secretos mejor guardados del interior de Cataluña.

Pozas del Muga, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Pozas del Muga.

Historia entre murallas

En Sant Llorenç, el recinto amurallado dibuja un triángulo perfecto, encajado en el meandro que el río traza a su alrededor, creando un foso natural. Levantado entre los siglos XIII y XIV, el caserío conserva tres portales de acceso de época medieval —el de Dalt, el de Baix y el del Mig— y un puñado de torres, de base circular y cuadrada, intercaladas en un lienzo de muros que en buena parte está formado por las propias casas del pueblo.

Castillo de Sant Llorenç, Muga, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Castillo de Sant Llorenç.

Algunos de esos vestigios tienen nombre y apellidos. La Torre d'en Farlingo, en la zona de levante, debe su nombre al apodo de Enric Lluís Muntada, que fue panadero y alcalde de Sant Llorenç. La iglesia parroquial, citada por primera vez en un documento del año 972, conserva un ábside central del siglo X y huellas de sus muchas vidas, en estilo románico, gótico y barroco. También atesora tantas leyendas como cicatrices. Nik Duserm, guía local, cuenta una especialmente célebre: durante una terrible tormenta, un rayo cayó sobre el campanario, descendió por el interior del templo y, a su paso, tocó todas las imágenes salvo la del santo patrón. Los vecinos lo bautizaron como "el milagro de san Lorenzo". En realidad, aquella torre era un comunidor o esconjuradero, el lugar desde el que antiguamente se lanzaban conjuros con la esperanza de deshacer las tormentas. 

El agua es el otro gran protagonista de la localidad. Una acequia rodea las murallas, y dentro del núcleo brotan varias fuentes; una de ellas, sulfurosa, se conoce como la Pudosa, por el “aroma” que delata su presencia, pero es apreciada por sus propiedades curativas. Esa misma agua movía el molino del Conde, propiedad de los vizcondes de Rocabertí, que al dejar de moler trigo se convirtió en una pequeña central eléctrica para proporcionar luz al pueblo. 

Iglesia de Sant Llorenç, Muga, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Iglesia de Sant Llorenç, Girona

De vuelta al ábside de la parroquia, en huertos que todavía se cultivan, crecen las célebres mongetes de Sant Llorenç, unas alubias que dan fama gastronómica a la villa. Otro hito del pueblo es La Societat la Fraternitat, una entidad fundada en 1907 como sociedad de auxilio mutuo y que hoy sigue viva con cientos de socios, responsables de llenar el calendario de fiestas; la mayor, el 10 de agosto, saca a la plaza las sardanas en una estampa que resume a la perfección el alma del lugar.

Puente Sant Antoni, Sant Llorenç, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
El puente Sant Antoni fue durante siglos el acceso desde Figueres.

Siguiendo el rastro del agua

Para entender Sant Llorenç, hay que salir de sus murallas y caminar. Una de las opciones más sencillas y agradables consiste en una ruta circular que resume en pocos kilómetros la belleza de los alrededores. Se cruza el Pont Vell, el viejo puente que durante siglos franqueó el acceso desde Figueres, y se sigue el cauce hasta el castillo, hoy en manos privadas pero documentado ya en el siglo XIII. Desde allí, el paseo de Sant Antoni avanza por encima de la acequia, entre el rumor del bosque de ribera y el del río, hasta la pequeña ermita y el puente medieval del mismo nombre, tendido sobre dos peñas calcáreas que estrechan las aguas del Muga como un cuello de botella.

Canal de Sant Llorenç, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Canal de Sant Llorenç.

Conviene no fiarse del aparente sosiego del río. Suele bajar manso, pero en primavera y otoño se enfurece en las temidas mugadas, riadas repentinas documentadas desde el siglo XV; la de 1992 se llevó por delante puentes y cementerio, y obligó a rehacer el de Sant Antoni. Desde la construcción del embalse de Boadella, esas crecidas dan menos sustos en la llanura ampurdanesa, pero el Muga no ha olvidado su carácter.

Torre de Guaita, Sant Llorenç, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO

Una suave subida conduce después a la Torre de Guaita, también conocida como la Torre dels Moros: una atalaya circular de los siglos XII-XIII, asentada sobre la roca y declarada Bien Cultural de Interés Nacional, desde la que se domina el valle en 180 grados. El nombre, nos cuenta Nik Duserm, es más leyenda que historia: "Los árabes llegaron a poner el pie aquí, pero no se asentaron" en estas tierras, que quedaron fuera de su dominio, y de su paso solo perduraron topónimos y relatos. Hoy la torre es uno de los mejores miradores de la zona y el lugar perfecto para entender el paisaje de un vistazo.

Puente y ermita de Sant Antoni, Sant Llorenç, Muga, Girona© Javier García Blanco
Ermita de Sant Antoni, junto al puente, de Sant Llorenç.

Este tramo del Muga esconde un tesoro discreto. La Reserva Natural Parcial Muga-Albanyà, que protege el río desde la ermita de Sant Antoni hasta su nacimiento, se creó para garantizar la supervivencia de las últimas poblaciones de nutria de Cataluña. El animal es esquivo y rara vez se deja ver, pero su sola presencia certifica la pureza de unas aguas en las que también nadan el barbo de montaña y sobre las que vuela, veloz, el martín pescador. En verano (y en primavera para los más atrevidos), esas mismas aguas forman gorgas cristalinas en las que es difícil resistirse a un baño.

Río arriba, el valle se vuelve más salvaje. Sant Llorenç es, en realidad, la puerta de entrada a la Alta Garrotxa, un espacio natural protegido de casi 33.000 hectáreas integrado en la Red Natura 2000 y uno de los rincones más extraordinarios del Prepirineo oriental. Su relieve calcáreo, abrupto y plegado de desfiladeros, explica su propio nombre: las garrotxes son las "tierras ásperas", las de mal pisar. Sobre ese laberinto de roca y bosque se eleva, soberbio, el pico del Bassegoda (1.373 metros), faro identitario de la comarca y meta soñada por los senderistas, que desde su cima abarcan de una sola mirada media Cataluña.

Vistas desde la ermita de Sant Jordi, Girona© Javier García Blanco
Vistas desde la ermita de Sant Jordi.

Estas montañas se recorren a pie por una densa red de caminos. Por aquí pasa el GR-11, el gran sendero que une el Mediterráneo con el Cantábrico cruzando los Pirineos de punta a punta, y abundan los itinerarios que enlazan ermitas románicas dispersas y casi olvidadas. No muy lejos del pueblo, encaramada a 557 metros, la ermita de Sant Jordi premia la subida con una panorámica que alcanza, en los días más claros, la bahía de Roses: una prueba de que aquí mar y montaña están más cerca de lo que parece. El éxodo rural vació muchos lugares y allí donde antes había cultivos y pastos, el bosque ha vuelto a ganar terreno. En ese silencio reconquistado vuelan el águila real, el milano y el halcón peregrino, y se mueven, discretos, corzos, gatos monteses y tejones.

Paisaje de Albanyà, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Paisaje de Albanyà.

Cuando el cielo se convierte en espectáculo

Aguas arriba, en dirección oeste, espera Albanyà, el otro gran polo de esta escapada. El pueblo nació en torno al monasterio de Sant Pere, fundado por el abad Dònnul hacia el año 820, y todavía hoy se conserva la iglesia del mismo nombre, de estilo románico primitivo. Junto a ella se conserva una de las puertas de la vieja muralla, recuerdo de un tiempo en el que esta villa vigilaba los caminos al Pirineo. Pero la mayor singularidad de Albanyà no es visible a plena luz del día, sino cuando llega la noche.

Sergio Ferris, astrónomo Parque Bassegoda, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
El astrónomo Sergio Ferris.

Y es que su cielo, gracias a la pureza del entorno, es tan limpio que en 2017 Albanyà fue declarado primer Parque Internacional de Cielo Oscuro de España, sellado además con la certificación Starlight. "Esto es un oasis de oscuridad", resume Sergio Ferrís, uno de los responsables del Observatori Astronòmic d'Albanyà: el valle protege del resplandor que llega desde Figueres, Girona e incluso Barcelona.

Te puede interesar Seguir leyendo

En ese marco se ha instalado el TAIGA Bassegoda Park, un camping que ha hecho de las estrellas uno de sus mayores atractivos. Y no es una metáfora: dentro de su recinto funciona el observatorio, el primero de las comarcas gerundenses, con su cúpula automatizada y un potente telescopio Meade LX600 de cuarenta centímetros que Ferrís presenta con una imagen luminosa. "Nuestra pupila tiene 7 milímetros; este ojo artificial nos da más de 70.000 veces la capacidad del ojo humano", explica. A ese gran ojo se acoplan cámaras y software capaces de acumular la luz que nuestra retina jamás podría retener, y asomarse así a galaxias situadas en el espacio profundo.

Sergio Ferris, astrónomo Parque Bassegoda, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO

La bóveda celeste es aquí tan limpia, que las estrellas son imposibles de contar. Pero lo que ocurre bajo esta cúpula va mucho más allá de la divulgación. El observatorio participa en proyectos internacionales como la misión TESS de la NASA, dedicada a la caza de exoplanetas, y ha contribuido al descubrimiento de veintidós de esos mundos lejanos. "El objetivo es acercar el universo a la sociedad, pero también formar parte activa de su estudio", cuenta Ferrís con visible orgullo.

Taiga Bassegoda Park, Girona© JAVIER GARCIA BLANCO
Taiga Bassegoda Park.

El camping acompaña esa singularidad con un compromiso ambiental coherente: fue el primer camping domótico de España, reutiliza el agua para el riego y compensa su huella de carbono con proyectos forestales. A su alrededor, las rutas de senderismo parten de la misma puerta —algunas llevan a las gorgas del Muga, otras enlazan con el GR-11 camino del Bassegoda—, y en julio el calendario culmina con el Starfest, festival que llena las noches de talleres, música y telescopios apuntando al cielo.

Te puede interesar Seguir leyendo

El consejo del experto viajero 

Conviene reservar con antelación la sesión de observación astronómica, pues las plazas son limitadas. También es importante consultar cada noche la previsión meteorológica para conocer la visibilidad del cielo. Y un apunte para aficionados a la fotografía: la estampa más espectacular del valle llega en plena noche, cuando la Vía Láctea se despliega sobre la cúpula del observatorio —así que conviene llevar trípode—; el atardecer, con la hora dorada, es el momento ideal para recorrer las murallas, aprovechando que la piedra se enciende en tonos de miel.

Cómo llegar 

El coche es la mejor forma para moverse entre pueblos, rutas y el observatorio de Albanyà. Figueres, a unos 18 kilómetros, es la puerta de entrada y cuenta con estación de tren de alta velocidad (Figueres-Vilafant) con conexiones a Barcelona, Girona, Madrid, Zaragoza y Francia.

Mejor época para viajar 

El verano (de junio a septiembre), con el camping a pleno rendimiento y la posibilidad de disfrutar de baños en las gorgas del Muga. En julio, el evento más destacado es el festival astronómico Starfest. Tampoco hay que perderse la Fiesta Mayor de Sant Llorenç, el 10 de agosto. El otoño es también una fecha fantástica para disfrutar de las vistas que ofrecen los bosques pintados de colores ocres y salir a buscar setas.

3 imprescindibles 

  1. Pasear el núcleo medieval amurallado de Sant Llorenç y subir a la Torre dels Moros por la ruta circular del Muga, el mejor mirador del valle.
  2. Vivir un “bautismo astronómico” bajo el cielo certificado de Albanyà, en el observatorio del TAIGA Bassegoda Park.
  3. Darse un baño en las gorgas del Muga, pozas de agua cristalina, o bajo el puente de Sant Antoni, y calzarse las botas para subir al pico del Bassegoda por el GR-11.

Qué probar 

Las mongetes de Sant Llorenç, estrella de la huerta local, en guisos reconfortantes; las setas del bosque (colmenillas, ceps, trompetas) y la caza, del civet de jabalí al filete de ciervo; y los frutos del bosque de postre. Para acompañar, un vino de la DO Empordà.

Dónde alojarte 

TAIGA Bassegoda Park (taigaresorts.com) permite dormir en pleno valle, con vistas espectaculares y servicios como piscina y zonas deportivas. Ofrece bungalows con terraza y parcelas para caravana y cámper, y alberga en su recinto el observatorio astronómico, lo que lo convierte en la base ideal para combinar senderismo de día y estrellas de noche.

Dónde comer 

Trull d'en Francesc (Boadella), cocina de temporada y producto donde brillan la caza y las setas; Hostal de l'Aigua, uno de los lugares idóneos para probar las típicas mongetes; y Agumas, dentro del propio TAIGA Bassegoda Park, para cenar sin salir del entorno natural.