El shock económico que viene
Durante años nos acostumbramos a creer que la economía mundial era una maquinaria estable: cadenas de suministro aceitadísimas, transporte barato, energía relativamente predecible y mercados abiertos que hacían circular mercancías como si el planeta fuera un gran supermercado. Bastó una guerra en un punto estratégico del mapa para recordar que esa estabilidad era, en realidad, una ilusión logística.
El crecimiento económico ya venía siendo menor al esperado. La inflación persiste. Una inflación subyacente que tampoco cede. La deuda pública continúa expandiéndose mientras los precios al consumidor siguen escalando. Todo esto ocurría antes de que el conflicto con Irán añadiera otra capa de incertidumbre al tablero global.
Ahora el petróleo ya supera los 100 dólares por barril y varias economías intentan contener el precio de las gasolinas con acuerdos políticos que funcionan más como anestesia que como solución. Mientras tanto, en Moscú, Vladimir Putin observa el panorama con una sonrisa apenas disimulada. El petróleo caro siempre tiene beneficiarios. Y Rusia suele estar entre ellos.
Los economistas —profesión que consiste básicamente en desconfiar del optimismo fácil— advierten que el aumento de precios apenas comienza. Mientras el conflicto continúe y el estrecho de Ormuz permanezca cerrado o bajo amenaza, transportar mercancías por una de las zonas más estratégicas del planeta se vuelve más caro.
Y lo que se encarece al inicio de la cadena, termina multiplicándose al final. La perturbación no se limita al Golfo Pérsico. Las tensiones también alcanzan al Canal de Suez, una de las arterias vitales del comercio global. Cuando esa ruta se complica, el flujo de mercancías entre Asia y Europa se ralentiza. Y cuando se ralentiza, el precio de mover cualquier cosa —desde fertilizantes hasta electrodomésticos— deja de ser razonable.
La globalización tiene esa característica incómoda: ningún producto es realmente local. Un automóvil puede ensamblarse en un país, pero depende de piezas fabricadas en cuatro continentes. Un medicamento puede diseñarse en un laboratorio europeo y producirse con insumos asiáticos. Cuando una ruta marítima se bloquea, el efecto dominó empieza silencioso… y termina en la etiqueta de precios.
Por eso algunos analistas hablan ya de un nuevo golpe al modelo global que dominó las últimas décadas. Otros lo interpretan como una oportunidad para relocalizar cadenas productivas y fortalecer mercados internos. Europa lleva más de un año intentándolo, aunque todavía no está claro si se trata de una estrategia industrial o de un acto de supervivencia.
En medio del ruido aparece la explicación favorita de Donald Trump: culpar al libre comercio. Según esa narrativa, la globalización es la responsable de todos los males económicos contemporáneos. Es una teoría políticamente rentable.
También convenientemente simplista. Por ejemplo, el presidente de los Estados Unidos ha insistido en que el petróleo caro beneficia a Estados Unidos. Tal vez piense en la industria energética… Pero el resto de la economía vive otra realidad: energía cara significa transporte caro, producción cara y, finalmente, consumidores pagando más por prácticamente todo. Incluso quienes intentan anticiparse al problema —acumulando materias primas o asegurando contratos de suministro— saben que el aumento del petróleo termina filtrándose en los costos energéticos.
Alemania ya encendió alarmas en su sector industrial: si el suministro de combustibles se interrumpe, las cadenas de producción podrían enfrentar algo más serio que simples paros técnicos. En muchas economías, los gobiernos intentan amortiguar el golpe con subsidios a los combustibles o acuerdos de precios. Son medidas políticamente atractivas y económicamente discutibles. Al final, cualquier subsidio se paga de una sola manera: con impuestos presentes o con deuda futura.
Además, esos controles rara vez incluyen todos los combustibles. El diésel suele quedar fuera de los acuerdos y, casualmente, el diésel mueve la mayor parte del transporte de carga. Es decir: el costo de trasladar alimentos, materiales y bienes seguirá presionando los precios, aunque las cifras oficiales intenten tranquilizar.
Así es como una guerra lejana deja de serlo. No hace falta que caigan bombas cerca para sentir sus efectos. Basta con que aumente el costo de mover mercancías para que la inflación vuelva a tocar la puerta de millones de hogares.
Los ministerios de finanzas suelen tranquilizar diciendo que el impacto será temporal. Pero la economía mundial ya acumula demasiados “impactos temporales”: pandemia, crisis energética, tensiones comerciales, conflictos regionales. Cuando lo temporal se vuelve permanente, quizá el problema no sea el calendario… sino el diagnóstico.
Y mientras todo esto ocurre, otra transformación avanza en paralelo. La inteligencia artificial y la automatización están reduciendo empleos en sectores enteros sin que aparezcan sustitutos suficientes a la misma velocidad. Es una presión silenciosa que se suma al resto.
El resultado es un cóctel nada tranquilizador: energía cara, comercio alterado, inflación persistente y mercados laborales en transición. El shock económico que viene no es una profecía catastrofista. Es, más bien, la suma de todas esas piezas moviéndose al mismo tiempo.
Pero no hay motivo para alarmarse demasiado... Siempre queda el optimismo oficial: según algunos gobiernos, todo está bajo control. Y si algo sale mal, siempre habrá una explicación tranquilizadora… o, en su defecto, un nuevo subsidio para que el problema se vea menos feo durante un rato.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ