Elma Correa: hemos definido mal al norte
Elma Correa (Mexicali, 1980) creció mirando el muro que divide Estados Unidos y México. “Nací y crecí a unos cuantos metros, toda mi vida he visto la reja, ha formado parte del paisaje de mi vida”, dice.
La autora está llegando de España donde recibió el Premio Biblioteca Breve por Donde termina el verano (Seix Barral, 2026), novela que tiene como tema central la amistad, pero que aborda el fin de la inocencia y la violencia estructural que sufren niños y mujeres en un lugar fronterizo, marcado por la marginación.
"Crecí en un barrio igual que donde ocurre mi novela. Si bien la geografía y el sitio donde uno nace es azaroso y es una circunstancia que no se puede elegir, sí nos atraviesa, nos condiciona y moldea nuestras identidades. Yo no sería la que soy si no viniera de un pueblo del desierto, si no fuera transfronteriza", agrega.
Ver todos los días el muro fue de una violencia absoluta: "La naturalización de una reja que parte en dos la tierra, que separa familias y personas. Yo no lo sabía, no lo entendía, lo supe hasta que crecí, para mí era lo más normal del mundo y eso, por supuesto, que ha tenido mucho que ver con quién soy", agrega.
En su historia, Elisa y Aimé son dos niñas inseparables, que deberán continuar sus vidas alejadas. La misma noche que las divide, un suceso trágico fractura su amistad y todo el barrio donde viven. Dos décadas después se reencuentran y son otras, en medio hay una grieta marcada por la culpa y la distinta forma de afrontar el secreto compartido. Entre tanto, la violencia estructural de un lugar fronterizo se manifiesta.
Lo que ahí sucede, sin embargo, puede suceder en cualquier lugar, no es exlusivo de la zona limítrofe. "México es un país de muchos contrastes, tremendamente racista, clasista, misógino, violento, es un país donde pasan cosas terribles, y es un país también muy hermoso. Lo es en todas sus regiones, no solamente en la frontera, en todas partes, la violencia estructural nos atraviesa a todos, en todo el territorio, no nada más en la frontera. Las violencias simbólicas nos atraviesan a todos, está muy exotizado el norte, pero en realidad estas cosas pasan en todas partes".
Correa dice que lo que narra aparece porque existe, porque no puede obviar la realidad: "Si yo escribiera una novela sobre México y sobre el norte, sobre la frontera donde no hubiera violencia estructural, estaría escribiendo una novela de ciencia ficción".
La violencia, sin embargo, no es lo más importante de su historia: "Mi novela es una novela sobre la amistad, todo eso es contextual, todo eso forma parte del escenario en el que ocurre la historia, pero no es lo más importante".
Al final, la escritora compone una elegía fronteriza donde la honestidad y la lealtad, ingredientes fundamentales de la amistad, acaban por iluminarlo todo. La fidelidad se coloca por encima de la ley en una comunidad sin piedad.
"Soy un poco monotemática, todos mis libros hablan un poco de lo mismo. Me interesa la amistad entre mujeres, me interesan los vínculos y las complejidades, las relaciones entre las morras, como les decimos en el norte. En un mundo tan hostil, que es tan cruento con nosotras, ¿cómo tejemos redes y cómo hacemos para sobrevivir?, o no, quizás no todo el tiempo es así y es un ideal que tenemos sobre ser sororas y solidarias y hermanas y amigas".
Correa busca ir más allá y abarca también a aquel que no es de piel blanca, de clase privilegiada o con intereses comunes a todos: "Mujeres, infancias, adolescencias; en el caso de la frontera son los migrantes, las personas racializadas, incluso las disidencias".
La pregunta es ¿qué tienen que hacer los históricamente subordinados para sobrevivir en un mundo que los considera ciudadanos de segunda clase? Así, la infancia aparece como un terreno casi aparte, aún concebible como espacio para la sinceridad pura, pero que termina trastocado.
"La infancia es un periodo peculiar, en el que, híjole, creamos personitas horrorosas. Sí, los adultos obligamos a los niños a perder la inocencia muy rápido, los obligamos a replicar nuestros prejuicios, a replicar nuestras formas, nuestros modos, a veces en aras de protegerlos, quizá de prepararlos para las crueldades del mundo. Los niños son personitas horrendas, pero por culpa nuestra, por culpa de los adultos".
Para Correa, "hay una idealización, una romantización de la infancia que a mí me parece que no existe, la vida real es de esa manera".
PAL