La coartada perfecta: Inteligencia Artificial
Cada vez es más común que políticos y gobiernos quieran tapar sus errores echándole la culpa a la Inteligencia Artificial. Se volvió el pretexto perfecto: fácil de decir, difícil de comprobar para quien no entiende de algoritmos, y cómodo para quienes prefieren culpar a la tecnología antes que asumir responsabilidades.
Pero la terca realidad -esa que no se edita- está poniendo a cada quien en su lugar.
Dos casos recientes lo retratan con claridad. El gobernador de Zacatecas, David Monreal, quiso atribuir de manera burda y simplona las protestas y los abucheos en su contra a imágenes y videos “hechos con IA”. Solo que medio país vio, en vivo y sin filtros, las muestras de repudio durante la visita que realizó la presidenta Claudia Sheinbaum a su estado el fin de semana pasado. No era deepfake: era hartazgo.
El otro caso ocurrió en Palacio Nacional, con fotos y videos de una persona asoleándose en una ventana. Algunos funcionarios -entre ellos Jenaro Villamil, presidente del Sistema Público de Radiodifusión, y Miguel Ángel Elorza, coordinador de Infodemia- no sólo atribuyeron las imágenes a la IA: también descalificaron a quienes las difundieron, como si el problema fuera el mensajero.
La escena fue tan cuestionada que la propia Presidenta terminó por reconocer la autenticidad del material e informó que la persona fue sancionada. Y con eso, sin querer, dejó en evidencia el error de sus colaboradores.
Pero del otro lado (entre quienes difundieron y opinaron del tema) también hubo errores: se regocijaron por la balconeada presidencial y terminaron acusando a alguien que ni la debía ni temía con la asoleada.
Equivocarse es humano. Lo grave es la moda: políticos, funcionarios, artistas y personajes públicos ya encontraron una salida rápida para justificar metidas de pata: “Fue la IA”. Como si las “mentes digitales” fueran el basurero donde se tiran las responsabilidades.
Pero aquí hay una diferencia que no se puede soslayar: los gobernantes tienen obligaciones legales, sociales y políticas. Y sus decisiones -o sus omisiones- pueden convertirse en sanciones, costos públicos y crisis de confianza.
La IA en la política llegó, en teoría, para eficientar procesos, transparentar información y mejorar decisiones. En la práctica, la están usando para algo más inquietante: perfeccionar la manipulación. Hoy los gobiernos no solo “gobiernan”: optimizan narrativas.
Los políticos ya no necesitan convencer a mayorías; les basta con segmentar emociones. La verdad dejó de ser punto de encuentro: ahora es un producto personalizado.
Especialistas advierten que la IA permite diseñar mensajes distintos para cada ciudadano, como si cada votante viviera en su propio país informativo: un discurso para el indignado, otro para el temeroso, otro para el apático. Todos diferentes. Todos eficaces. Y sí: todos potencialmente falsos.
Y mientras eso ocurre, el ciudadano cree decidir. Ese es el giro más peligroso: la política ya no busca persuadir, sino predecir y explotar comportamientos. No se trata de ideas, sino de datos. No de debates, sino de algoritmos. Por eso el problema no es la inteligencia artificial: el problema es quien la usa como coartada… y como arma.
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TODAVÍA HAY PREOCUPACIÓN en varias administraciones estatales morenistas por las investigaciones que mantiene el gobierno de Estados Unidos sobre gobiernos y funcionarios de México.
La situación es tan delicada que algunos gobernadores -como el sonorense Alfonso Durazo- ya han recomendado a políticos de su estado que mejor no viajen a la Unión Americana, no vaya a ser que les retiren la visa sin aviso, en medio del ruido por los expedientes y la cooperación en materia de seguridad.
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Y como dice el filósofo… Nomeacuerdo: “Hoy el gobierno ya ni miente: le echa la culpa a la IA y se quita el polvo del saco”.
POR ALFREDO GONZÁLEZ CASTRO
ALFREDO.GONZALEZ@ELHERALDODEMEXICO.COM
@ALFREDOLEZ
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