Filipinas se convierte en el primer país en declarar una emergencia energética debido a la guerra en Oriente Próximo
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Filipinas ha sido la primera en pulsar el botón de pánico energético en el sur de Asia. El presidente Ferdinand Marcos Jr. ha decretado el estado de emergencia energética nacional ante lo que su Gobierno describe como un "peligro inminente": el colapso parcial del flujo de crudo y gas provocado por la guerra en Oriente Próximo y el bloqueo de facto del Estrecho de Ormuz, la arteria por la que respira el sistema energético global.
La medida, formalizada el martes por la noche (hora local) mediante una orden ejecutiva, no es solo preventiva; es un reconocimiento de vulnerabilidad estructural. Filipinas importa la mayor parte de su energía (casi el 100% del petróleo que consume) y carece de amortiguadores estratégicos suficientes. En este contexto, cualquier disrupción prolongada en el Golfo Pérsico se traduce casi automáticamente en inflación, tensiones sociales y riesgo de apagones.
La guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha bloqueado el tráfico en Ormuz, por donde circula cerca de una quinta parte del petróleo mundial. Para Asia, la dependencia es aún más aguda: casi el 90% de los hidrocarburos que cruzan ese paso marítimo tienen como destino economías asiáticas.
En Pakistán, las escuelas han cerrado temporalmente y el sector público ha adoptado semanas laborales de cuatro días. Sri Lanka sigue una senda similar. En Bangladesh, universidades clausuradas y exámenes cancelados. En el Sudeste Asiático, ante un panorama con reservas de petróleo muy escasas, países como Vietnam o Tailandia promueven el teletrabajo para disminuir el transporte y ahorrar energía.
En Manila, la respuesta combina urgencia y pragmatismo. El Gobierno de Marcos ha constituido un comité interministerial con poderes ampliados para asegurar la logística de combustibles y bienes esenciales, desde alimentos hasta medicamentos. Según la secretaria de Energía, Sharon Garin, las reservas actuales apenas cubren 45 días, una cifra que en tiempos normales sería manejable, pero que hoy adquiere un tono de cuenta atrás.
La decisión más controvertida es el retorno táctico al carbón. Ante el encarecimiento del gas natural licuado (GNL), Filipinas incrementará temporalmente la generación térmica con carbón, una solución eficaz a corto plazo, pero contradictoria con sus compromisos climáticos. Es el dilema clásico de las economías emergentes: seguridad energética frente a transición ecológica.
Pero lo que ocurre en Filipinas es solo una pieza de un tablero más amplio. En Asia Oriental, en Japón y Corea del Sur, altamente dependientes de las importaciones, los gobiernos han activado reservas estratégicas y están negociando contratos de emergencia con proveedores alternativos como Australia o Estados Unidos. India ha optado por diversificar aún más su cesta energética, incrementando compras sobre todo a la sancionada Rusia y acelerando proyectos de renovables domésticas para amortiguar el golpe.
En China, la respuesta por ahora es más silenciosa pero igual de significativa: aumento de inventarios, control de precios internos y refuerzo de rutas terrestres dentro de su Iniciativa de la Franja y la Ruta (la nueva Ruta de la Seda), buscando reducir la dependencia de los puntos marítimos más vulnerables.
El bloqueo de Ormuz ha expuesto, una vez más, la fragilidad de un sistema energético global altamente concentrado. Para países como Filipinas, la emergencia actual puede convertirse en catalizador de reformas estructurales, empezando por una mayor inversión en energías renovables y más diversificación de proveedores. Pero esas transformaciones requieren tiempo, precisamente el recurso más escaso cuando el petróleo y el gas dejan de fluir.
