Fulton Armstrong, ex directivo de Inteligencia de EEUU: "Trump está construyendo un relato a su medida para justificar una escalada contra Cuba"
Washington tensa el pulso con Cuba. Donald Trump presume de que La Habana está "pidiendo ayuda" y se muestra dispuesto a hablar con el régimen, a la vez que describe a la isla como un "país fallido" que "sólo va en una dirección: hacia abajo". La Casa Blanca refuerza las sanciones y el cerco económico en plena escalada regional tras la ofensiva sobre Venezuela y las tensiones con Irán. Y todo lleva a agitar en Estados Unidos el debate sobre si Trump busca únicamente asfixiar al régimen cubano o si estamos en la antesala de un escenario de mayor confrontación.
De esa posibilidad lleva tiempo advirtiendo Fulton T. Armstrong, uno de los mayores conocedores de la relación entre Estados Unidos y América Latina. Durante casi tres décadas ocupó algunos de los puestos más sensibles de la política exterior norteamericana. Fue miembro de la Central Intelligence Agency (CIA), director de Asuntos Interamericanos en el Consejo de Seguridad Nacional y responsable para América Latina en el Comité de Relaciones Exteriores del Senado. Armstrong, que participó estos días en Lugo en O Encontro Sober 2026, conversa con EL MUNDO sobre el endurecimiento de Trump contra Cuba, el papel de Marco Rubio y el creciente choque entre Washington y América Latina.
PREGUNTA. Hace un año usted ya alertaba de una posible escalada de Estados Unidos sobre Cuba. Ahora Trump vuelve a endurecer el tono. ¿Qué está ocurriendo realmente?
RESPUESTA. Tras más de seis décadas de embargo, Estados Unidos ha entrado en una fase mucho más agresiva con Cuba. El bloqueo sobre el petróleo que llega a la isla es, en la práctica, un acto de guerra económica. La lógica de Trump y Marco Rubio es aumentar la presión hasta provocar un colapso interno, convencidos de que la asfixia económica, el miedo y la guerra psicológica acabarán empujando a la población contra el régimen. Pero ahí hay un error de base: Cuba no es Venezuela. La revolución cubana, con todos sus fracasos y contradicciones, sigue teniendo raíces institucionales, culturales e históricas muy profundas y eso es algo que en Washington muchas veces no terminan de entender.
P. ¿Teme que estén preparando una intervención militar más directa?
R. Sin duda Trump está construyendo un relato político a su medida para justificar una escalada mayor. Ya lo vimos con las acusaciones sobre narcotráfico, terrorismo, supuestas bases chinas de espionaje o los llamados ataques sónicos contra diplomáticos estadounidenses, una teoría que después derivó en supuestos ataques de microondas porque nadie podía demostrar la primera versión. Incluso dentro de la propia Inteligencia estadounidense existen muchas dudas sobre esas acusaciones, pero sirven para preparar el terreno político. No creo que vayamos a ver tropas estadounidenses entrando directamente para invadir Cuba, aunque sí una escalada mucho más agresiva en el plano económico y militar, con ataques limitados, drones o bombardeos simbólicos para aumentar todavía más la presión sobre el régimen.
P. Insiste mucho en que Cuba y Venezuela no son comparables.
R. Porque no lo son. En Washington existe la obsesión de meterlo todo en el mismo sobre: terrorismo, narcotráfico, China, Irán, autoritarismo... Y eso simplifica realidades completamente distintas. También con Maduro se construyó un relato lleno de acusaciones que nunca terminaron de demostrarse. Se habló del llamado Cártel de los Soles, de vínculos terroristas, incluso de complejos subterráneos para ayudar a Irán con el uranio. Muchas de esas historias eran absurdas. Hay una incapacidad estructural en Estados Unidos para entender los factores históricos, culturales y sociales de América Latina. El ciudadano medio estadounidense no sabe prácticamente nada de la historia de abusos y de intervenciones de su país sobre Cuba.
P. ¿Por qué cree que después de tantos años no ha habido ningún avance real en la relación entre ambos países?
R. Porque el problema ya no es sólo Trump. Hay algo estructural en la política estadounidense hacia Cuba. Biden prácticamente tampoco cambió nada importante. Abrió un poco la mano en algunos aspectos económicos, pero siempre con tantas condiciones y limitaciones que al final todo volvía al mismo punto. Hay una incapacidad histórica de Washington para entender la realidad cubana más allá de la confrontación ideológica. Cada vez que la isla intenta abrir un poco su economía o buscar nuevas inversiones, Estados Unidos vuelve a cerrar puertas. Ya pasó durante la etapa de normalización entre Obama y Raúl Castro y volvió a ocurrir con Trump.
P. ¿Cómo imagina la situación dentro de un año?
R. Creo que veremos una mezcla de presión militar, sanciones y negociación. Estados Unidos probablemente aumentará todavía más la presión sobre Cuba antes de las elecciones de medio mandato. Pero también creo que en Washington saben que la isla no va a colapsar fácilmente.
P. La inmigración se ha convertido en uno de los grandes ejes políticos de Trump.
R. Totalmente. Y además se está utilizando de una forma muy emocional y muy agresiva. En Estados Unidos hay una criminalización constante de determinadas comunidades, especialmente de los latinos. Muchas veces ya no hablamos sólo de control migratorio, sino de identidad, miedo y confrontación cultural.
P. España está viviendo ahora un debate muy fuerte sobre inmigración, con la regularización masiva impulsada por el Gobierno y el auge de discursos sobre "prioridad nacional" desde parte de la oposición. ¿Cómo se observa eso desde Estados Unidos?
R. Nosotros vemos a España y Portugal como modelos mucho más inteligentes de integración. Vosotros entendéis que necesitáis inmigración y que, si existe integración, esas personas terminan formando parte de la sociedad y de la economía muy rápido. En Estados Unidos estamos entrando en otra lógica mucho más dura, donde muchas veces el inmigrante se convierte directamente en un enemigo político.
P. Entonces, ¿la figura de Sánchez se percibe de forma positiva en determinados sectores de Estados Unidos?
R. Depende mucho del ámbito político del que hables. Evidentemente, en el entorno de Trump existe incomodidad con Sánchez, sobre todo por sus posiciones internacionales y por haberse desmarcado en cuestiones como Irán o determinadas políticas exteriores de Washington. Pero también hay muchos sectores que ven a España como un país que está intentando mantener una posición más autónoma dentro de Europa y eso genera cierto respeto.