La arquitectura de la supervivencia: por qué la República Islámica no colapsa

La arquitectura de la supervivencia: por qué la República Islámica no colapsa

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Hay una pregunta que la política occidental hacia Irán nunca se ha hecho en serio: ¿y si la presión no debilita al régimen, sino que lo sostiene? No es una provocación retórica. Es lo que sugieren cuatro décadas de sanciones, operaciones de eliminación selectiva y aislamiento diplomático cuando se observan sin el filtro de los resultados esperados. Amnistía Internacional ha documentado oleadas de ejecuciones mientras las autoridades restringen el acceso a internet durante episodios de protesta y conflicto. El patrón se repite. Y, sin embargo, sigue sin leerse como es. La República Islámica ha sobrevivido a todo. Y no a pesar de la hostilidad exterior. En parte, gracias a ella. Entender por qué exige abandonar los modelos habituales. Y mirar la arquitectura.

La supervivencia de la República Islámica no se explica por su legitimidad ni por su eficiencia. Se explica por su diseño. Tras la guerra con Irak, el sistema incorporó una lección fundamental: concentrar el poder es volverse vulnerable. Desde entonces, el poder no se acumula en un único centro, sino que se distribuye en una red de instituciones y niveles operativos capaces de funcionar de manera autónoma en situaciones de crisis. No es una pirámide. Es una red.

Este rasgo altera de manera decisiva los cálculos habituales. En sistemas altamente centralizados, la eliminación de figuras clave puede desencadenar procesos de colapso. En Irán, esa lógica no se sostiene. La eliminación de mandos no paraliza el sistema: activa mecanismos de sustitución previstos de antemano. Los niveles intermedios no están diseñados únicamente para ejecutar órdenes, sino para garantizar la continuidad operativa. La pérdida de una pieza no desarticula el conjunto. Lo configura.

Esta capacidad de absorción se ha reforzado con el tiempo. Un elemento central ha sido la experiencia prolongada con las sanciones. Durante años se asumió que la presión económica debilitaría al régimen. Lo que ocurrió fue distinto. Las sanciones no erosionaron el sistema: lo entrenaron. A lo largo de décadas, se consolidó una economía de supervivencia basada en redes informales, mecanismos paralelos y circuitos alternativos. Lo que surgió como adaptación terminó institucionalizando. El resultado es un sistema que no solo resiste condiciones extremas, sino que ha aprendido a operar dentro de ellas.

A esto se suma la continuidad ideológica. En muchos regímenes, la eliminación de figuras clave genera crisis sucesorias. En el caso iraní, los cuadros se forman dentro de un marco ideológico compartido que permite una transición funcional. Lo que se reproduce no son individuos. Son patrones. La continuidad no depende de personas, sino de estructuras.

Irán, además, proyecta esa lógica más allá de sus fronteras. A lo largo de décadas ha construido una estructura de influencia regional que amplía su profundidad estratégica y multiplica los escenarios de conflicto. Enfrentarse a esta configuración es radicalmente distinto a enfrentarse a un poder centralizado.

Alimentar el problema

Europa no observa esto desde fuera. Forma parte directa del marco desde el que, junto a sus aliados, ha diseñado durante décadas su política hacia Irán. Si el sistema no responde a la presión como se ha asumido, insistir en las mismas herramientas no sólo resulta ineficaz. Puede estar contribuyendo, de forma indirecta, a reforzar las condiciones que permiten su continuidad. La cuestión, por tanto, no es sólo qué hacer con Irán, sino hasta qué punto el propio marco de interpretación occidental está alimentando el problema que pretende resolver.

Hasta aquí, la ingeniería del poder. Pero esa arquitectura no existe en el vacío. se sostiene sobre una población. La guerra no solo reprime. Reordena prioridades. Cuando la supervivencia entra en juego, la libertad deja de ser urgente. Este desplazamiento no elimina el descontento, pero sí reduce su capacidad de traducirse en acción colectiva. El miedo deja de ser únicamente una herramienta de control y se convierte en un entorno. La incertidumbre constante y la violencia acumulada erosionan la confianza y fragmentan el tejido social. En ese contexto, incluso quienes rechazan el sistema pueden percibir escenarios alternativos como más costosos o más inciertos. La permanencia del statu quo deja de ser una adhesión ideológica y pasa a ser, en muchos casos, una elección condicionada por el riesgo.

Esta lógica también tiene cifras. Desde el inicio de la reciente escalada bélica, organizaciones como Hengaw Organization for Human Rights han documentado al menos 1.700 detenciones, junto con un repunte en el uso de la pena de muerte contra presos políticos y acusados de delitos vinculados a la seguridad nacional. En los últimos meses, varias ejecuciones se han concentrado en el contexto inmediato del conflicto, coincidiendo con un endurecimiento generalizado del control interno.

Al mismo tiempo, se ha intensificado la persecución de la comunidad bahá'í, con nuevas olas de detenciones dirigidas especialmente contra jóvenes. Lejos de ser un fenómeno residual, este tipo de represión cumple una función dentro del sistema: en contextos de presión externa, la activación de mecanismos de control sobre grupos vulnerables refuerza la capacidad de disuasión interna. Así se ha observado también durante la reciente Guerra de los 12 días, donde el endurecimiento del control coincidió con una intensificación de este tipo de prácticas.

El problema, por tanto, no es sólo estratégico. Es conceptual. Mientras se siga interpretando Irán como un sistema susceptible de colapsar bajo presión externa, se seguirán aplicando políticas que no captan su lógica real. La presión no actúa en el vacío. Se incorpora al funcionamiento del sistema, alimenta su narrativa de asedio y amplía su margen de control interno. Esto tiene una consecuencia directa que rara vez se formula. Si las herramientas diseñadas para debilitar al sistema están contribuyendo a reforzarlo, insistir en ellas no es una estrategia fallida. Es una forma de perpetuar el problema bajo otra apariencia. Y en ese escenario, quienes pagan el coste no son quienes sostienen el sistema, sino quienes viven bajo él.

La República Islámica no sobrevive a pesar de la presión. Sobrevive, en parte, gracias a ella.

* Ryma Sheermohammadi es una analista sociopolítica especializada en Irán y Oriente Próximo