La cartografía de la enseñanza mexicana

La cartografía de la enseñanza mexicana

Una de las fechas conmemorativas con mayor asimilación nacional es el 15 de mayo: año con año, desde que fue promulgada por Venustiano Carranza el 3 de diciembre de 1917, es la justificación para reconocer al magisterio nacional como los grandes arquitectos cívicos e intelectuales de la nación mexicana.

La formación educativa nacional no ha concluido. Es un proceso en permanente construcción que suele estar en constante tensión por las efervescencias políticas, o improvisados bosquejos pedagógicos, ideologizados mandatos gubernamentales o desazonados cálculos sectoriales.

La cartografía de la enseñanza mexicana se forma por el cúmulo complejo de problemáticas que enfrentará cualquier docente comprometido para forjar su propio sendero. Son las “sin-razones” desteñidas en los enredados obstáculos no sólo físicos, sino también sociales, económicos, políticos, sindicales o gubernamentales que conforman la eticidad magisterial mexicana.

Un docente comprometido sortea con agilidad esas metrallas. Un pedagogo consciente es un soldado de la libertad. Es un libertador que emancipa con la suavidad de la verdad y la prudencia de la duda. Alimenta la crítica, ilustra la búsqueda de los misterios universales, forma el sendero y señala la línea de inicio. Toda nación se forja con el paciente tesón del profesor.

Este soldado idílico, magnánimamente ilustrado por Edmundo de Amicis, en su novela Corazón [1886], a través del profesor Perboni, que ejerce su autoridad activa y directiva, pero con un inconmensurable afecto paternal y verdadera conexión emocional. Para el señor Perboni, sus alumnos son el vínculo más fuerte con su propia espiritualidad: son su única familia.

La emancipación cívica solo germina en la enseñanza aséptica de ideologías y supercherías. La educación suministrada así, es el bálsamo para prevenir y erradicar el populismo, el autoritarismo y el caudillismo.

Pero en el anverso de la historia, un profesor que vea la docencia como la palestra para el ascenso político y no como vocación inmanente y restauradora, tiene el potencial tiránico que cualquier autoritarismo. La vocación de la docencia, con humanidad -en sentido amplio y no político-, es fundamental para la formación de infancias libres y esperanzadoras.

En su momento Charles Dickens nos advirtió en su novela Tiempos Difíciles [1854], cómo las descorazonadas palabras vacías y frías del profesor Choakumchild convirtieron el aula escolar en una gélida prisión de la imaginación y en un páramo hostil para una infancia ávida de sueños y esperanzas. En los yermos de la industrialización, los datos duros y descontextualizados de un profesor instrumentalizado, hicieron de la docencia un instrumento de dominación y no de libertad.

La antípoda pedagógica es clara: o ser instrumento de libertad o ser el grillete del pensar. Si habremos de conmemorar año con año al magisterio, también debemos recordar que un magisterio emancipado de las redes políticas y los vaivenes ideológicos son una garantía de nuestra libertad nacional. Esperemos que la libertad magisterial sea pronto una plena realidad.

POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ 
MINISTRO EN RETIRO DE SCJN

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