Los ríos: raíces de nuestra civilización
Muchos son los factores que arroparon a la humanidad para gestar lo que hoy denominamos galantemente “civilización”. Pero hay uno que, ya sea por nuestro antropocentrismo irracional, nuestra desensibilizada noción de progreso, o bien nuestro egoísmo sin medidas, hemos soslayado, olvidado, y aprisionado: los ríos.
Si hacemos una breve cartografía de los asentamientos humanos, como por ejemplo la antiquísima Mesopotamia o la sempiterna ciudad del Cairo, la imponente Tenochtitlán, la histórica Roma, o la inspiradora París, todo su florecimiento se encuentra arraigado a sus raíces hídricas.
Las raíces ácueas son la vitalidad que permitió florecer el hábitat urbano. No hay historia posible de la “civilización humana” sin el alma acuática de las ciudades que serpentea por sus estructuras. Pero, en la medida en que el “progreso” y la “industrialización” fueron poseyendo el “ethos” humano, los ríos dejaron de ser parte de nuestra mística social e incluso espiritual, para convertirlos en simples objetos de apropiación, aprovechamientos y destrucción.
Cuando las ciudades abandonaron la sinergia y simbiosis con sus ríos, decayeron gravemente enfermas, de una afectación de índole global: “El síndrome del arroyo urbano”. Este síndrome, nombre empleado por diversos especialistas para describir síntomas hidrológicos como la degradación biológica, química y física derivada de la impermeabilización del suelo, la canalización forzada, la contaminación o el aumento de temperatura, son básicamente la descripción de las señales eméticas de una probable muerte entrópica de nuestras raíces hídricas urbanas.
El remedio a esta crisis fluvial requiere creatividad, empatía, solidaridad y resistencia, pero, sobre todo, una transformación radical de nuestra arquitectura citadina. Recuperemos ya la sinergia y la vitalidad de nuestros ríos. Dejemos atrás esos apilamientos de cemento y hormigón como símbolos de progreso o monumentos al ego gubernamental.
Existen modelos afortunados y reconfortantes en la biografía contemporánea de las selvas urbanas: la restauración del Cheonggyecheon, en Seúl y el Plan Isar, en Múnich.
Cheonggyecheon es un arroyo de casi diez kilómetros que divide el centro de Seúl y que hoy en día es uno de los parques urbanos más hermosos del mundo, con fauna, vegetación, andadores, y todo en el epicentro de una ciudad y centro neurálgico de la economía asiática. Pero para lograrlo, se tuvieron que tomar decisiones urgentes, impopulares, aunque valientes. El arroyo en el pasado se encontraba encarcelado en frías tuberías de hormigón y enterrado en los cimientos grises de una autopista elevada. Todo ello se demolió para buscar que la infraestructura azul-verde fuera el símbolo de progreso de la capital de Corea del Sur. La simbiosis natural fue el estandarte para la ciudad.
La Ciudad de México, agonizando entre los estertores del “síndrome del arroyo urbano”, olvidada su grandeza, mantiene en su tumba de argamasa los otrora imponentes ríos de la Piedad, Churubusco y Mixcoac. Ojalá llegue el día cuando las autoridades, partidos y gobernantes, alineados con la ciudadanía, tomen como estandarte la recuperación de nuestra alma fluvial, aunque ello implique derruir viejos monumentos de cemento, varilla y cal, de pasados –o presentes– gobiernos.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
MINISTRO EN RETIRO DE LA SUPREMA CORTE DE JUSTICIA DE LA NACIÓN
PAL