Nápoles, la ciudad mediterránea donde el orfebre de Dolce & Gabbana e Irina Shayk diseña joyas asequibles
La rutina del maestro Argentiere se asemeja al ritmo de la segunda urbe más poblada del sur de Italia: es una mezcla inesperada de creatividad, magnetismo, nostalgia y sentimiento donde no hay dos días iguales ni, mucho menos, monótonos. Al ritmo de sus pensamientos, cada mañana enfila sus pasos hacia la vía San Biagio dei Librai 96, cerca de la célebre San Gregorio Armeno, la calle donde, incluso durante los sofocantes meses de verano (nada que no solucione un buen helado), es Navidad.
El diminuto taller de Massimo Argentiere (massimoargentiere.it) se esconde tras las vitrinas del negozio, donde se exhiben joyas artesanales para todos los bolsillos (otras se realizan por encargo), que dejan entrever un diseño meditado de cada pieza, una delicada formación en gemología y el dominio de otras técnicas artísticas. También un delirio por el dibujo, su descubrimiento temprano. Y una profunda espiritualidad, empeño y pasión. Mucha pasión. Tanta que, tras más de 40 años engarzando joyas que han atravesado el corazón de Irina Shayk, Lana Wachowski, Drena De Niro, Vittorio Gassman, Giancarlo Giannini, Juergen Teller, Christopher Lambert o Sting... el maestro orfebre se declara enamorado de su trabajo.
La corazonada barroca de Dolce & Gabbana
Desde su pequeña mesa de trabajo, Massimo Argentiere observa, entre creación y creación, el deambular incesante del gentío. Muchos se paran frente al escaparate, atraídos por sus sagrados corazones. Son su devoción y un recordatorio de que, en Nápoles, se venera al Santo Patrono, San Genaro, que cada 19 de septiembre obra el milagro de su sangre licuada frente a la muchedumbre. Otros tantos se deciden a entrar, seducidos por esas piezas artesanales que brillan con alma propia. O quizá porque se antojaron de estos caprichos en el cine o en series como Mare Fuori o I Bastardi di Pizzofalcone. O simplemente por el pálpito, acertado, de que este taller es especial.
“¡Cómo olvidar el día que conocí a Domenico Dolce y Stefano Gabbana!” recuerda con su sonrisa franca Massimo Argentiere. Era primera hora de la tarde y los dos paseaban por San Biagio dei Librai para inspeccionar el enclave donde presentarían su Colección Alta Moda Otoño-Invierno 2016/2017. Entraron en la joyería y se fijaron en mi artesanía, que elogiaron muchísimo. Debido a su entusiasmo, les prometí crear dos piezas para su desfile y, si podía, también para las modelos. La mezcla de emociones, satisfacción, asombro y alegría fue indescriptible. Aún perdura.” Finalmente, Massimo Argentiere diseñó los 40 colgantes (los motivos fueron el campanario de San Gregorio Armeno, uno de los escenarios del desfile, y el Sacro Cuore tocado por una corona borbónica) que las modelos exhibieron durante una pasarela memorable donde, como se suele decir, no se dio puntada sin hilo.
El atardecer de julio se desvaneció entre suntuosos tejidos y un vaivén impecable de alta costura, que no desentonaban en ese laberinto de belleza decadente que se respira en la actual Nápoles. Recordemos que, en tiempos del virreinato español, esta fue una de las metrópolis más prósperas, refinadas y esplendorosas de Europa. Tanto que los cronistas de la época dejaron buena cuenta de la pompa y el boato de sus fiestas. En cualquier caso, el barroquismo, los volúmenes perfectos, las mitras bordadas, los tocados florales y la camiseta del S.C.C. Napoli a lo Dolce & Gabbana aún se recuerdan en la capital.
Al igual que Massimo Argentiere, agradecido por naturaleza, conserva en su memoria el instante en el que descubrió que, del cuello de Domenico y Stefano, pendía una cadena con su sagrado corazón. Fue tanta la repercusión (aunque el orfebre ya era famoso antes de este episodio) que incluso recibió una llamada de Pedro de Borbón-Dos Sicilias y Orleans en agradecimiento por este guiño al legado histórico de su dinastía. No obstante, el creador de la línea C'a Maronna t'accumpagna, el dicho benévolo más poderoso de Nápoles (el que las madres o las abuelas dicen a sus seres queridos antes de salir de casa), sonríe prudente al recordarlo. Con cercanía y aplomo. Por algo bautizó otra de sus marcas como Stai Sciolt. Significa "mantén la calma".
Nápoles, sacra y profana
Parténope mira al Mediterráneo al ritmo de la tarantela. Con una personalidad azul apabullante. Excesiva y, en los últimos tiempos, sin complejos. Ninguna como ella para saciar la curiosidad. Para nadar y guardar la ropa, si hablamos de esa extraña dualidad entre lo sacro y lo profano. No hay más que caminar por el Quartieri Spagnoli, situado cerca de la calle Toledo, llamada así en honor al virrey Pedro de Toledo, y que ahora cuenta con una estación de metro en la que merece la pena bucear. El Barrio de los Españoles, levantado para acoger las guarniciones militares, es perfecto para descubrir la ropa blanca tendida con un desorden encantador. Sus calles angostas y cinematográficas, como nos recuerda un mural del entrañable actor Vico Totó, napolitano de cuna. Su entramado laberíntico y futbolero hasta la extenuación, con un sempiterno Maradona que espera en el rincón más insospechado. 'El Pelusa' no necesitó nacer en esta urbe para que se le otorgara la categoría de semi Dios y para que se le dedicara una plaza rocambolesca que hace las veces de altar improvisado. El argentino también inspiró el nombre de la que ha sido catalogada como una de las mejores pizzerías del mundo, 10 Diego Vitagliano, donde una divertida masterClass (bajo petición) nos permite descubrir los secretos de un pizzaiolo: desde cómo extender una masa de autor hasta los grados (430º) y los segundos (90) que la convierten en un apetitoso crujido napolitano.
Un hotel frente al Vesubio
El corazón de Nápoles también es generoso, como las curvas de una exuberante y joven Sophia Loren, inmortalizada en un sinfín de obras callejeras. Tampoco fue un inconveniente que la diva del cine naciera en Roma, porque aquí también se la idolatra, y mucho. En Nápoles se crio y se formó como actriz. Y aquí, tras más de 30 años de cortejo por parte de Dolce & Gabbana, la protagonista de El Cid (o El oro de Nápoles) presidió, sentada en historiados sillones de terciopelo rojo, aquel desfile de 2016. Pero antes, mucho antes, amadrinó uno de los hoteles más emblemáticos de la ciudad: el Eurostars Hotel Excelsior, el primer edificio que da la bienvenida al visitante que llega por vía marítima. En sus imágenes de archivo se conserva la fotografía de una sugerente Sophia, frente a su fachada, tocada no con una corona, sino con un pañuelo que, en otro rostro, podría resultar una calamidad.
Son muchos los avatares que ha vivido este alojamiento inaugurado a finales de enero de 1908 y construido en el tiempo récord de diez meses. Entre sedas y hechuras clásicas (la colección de lámparas de cristal de Murano que alumbran el salón donde se sirven unos desayunos deliciosos es extraordinaria), se han rodado películas como Viaggio in Italia (1954), de Roberto Rossellini, o Il giudizio universale (1961), de Vittorio de Sica. Y, a lo largo de este siglo, sus 100 habitaciones de lujo y 22 suites de distintas categorías han procurado los mejores sueños de, entre otros, Winston Churchill, Alexander Fleming, Luciano Pavarotti o Jennifer López.
Se dice que el Excelsior dispone de los mejores salones de eventos de la ciudad. Lo que es incuestionable es que, una vez se saborean algunas de sus propuestas mediterráneas en su Ristorante La Terrazza, el postre es divisar las paradisíacas islas de Ischia y Capri desde la Dolce Vita, su azotea ajardinada. Y el Vesubio, cuya belleza aparentemente dormida corta la respiración. En el Excelsior nació su actual director, Gianni Ricci, que relata que sus abuelos fueron testigos de la última erupción del Vesubio, en 1944, y que su padre forjó parte de la historia del hotel, donde fue concierge hasta que se jubiló. Tampoco se puede obviar que este establecimiento histórico funcionó como presidencia de la Cruz Roja durante la Primera Guerra Mundial y que, durante la segunda, fue bombardeado e hizo las veces de hospital y de cuartel de las tropas americanas. Las fotografías no engañan. Tras estos trágicos sucesos, reabrió en 1947 con una estética Belle Époque.
Tras 117 años, el rumbo es otro y la situación privilegiada la misma, frente a la bahía de Nápoles, en medio de un paseo marítimo de aire señorial que es un placer recorrer de día. Y al anochecer, cuando las luces de La Scialuppa tintinean con el majestuoso Castel dell'Ovo como parte de la estampa. En este restaurante, bajo una galería de ilustres comensales y un ambiente refinado, se sirven antipasto con toque napolitano y sabrosos mariscos. Isabella Rossellini y Laura Pausini han probado sus delicias. Y, en 2016, Stefano Gabbana. Lo sabemos porque, en medio de algo parecido a un corazón, y entre exclamaciones, dejó escrito un sonoro, y barroco, ¡Grazie di cuore!








