¿Por qué Sheinbaum no va a Washington?
Trump acusó a Gustavo Petro, presidente de Colombia, de ser protector de narcotraficantes. Petro lo negó tajantemente, y fue a Washington a conversar con el presidente de los Estados Unidos. Se miraron a los ojos, y se dijeron lo que cada uno tenía que decir. Tuvieron, según Petro, una muy buena conversación.
Lula, el presidente de Brasil, ha ido a Washington dos veces, en ambas ocasiones cuando había acusaciones de Trump de por medio. La segunda vez fue ésta semana, a raíz de amagos por parte de Estados Unidos, cuestionando las políticas de Brasil. El trato directo no tiene sustituto: se miran los gobernantes y dicen lo que se tiene que decir.
Ni Colombia ni Brasil han recibido la cantidad de amenazas, y acciones directas sobre su territorio, como México por parte del gobierno de Trump. Ni de cerca. Pero la presidenta Claudia Sheinbaum no ha ido a Washington. No ha dado ese paso decisivo: mirarse a los ojos con Trump y afirmar lo que se tiene que defender, explicar, razonar.
Los últimos seis presidentes mexicanos, incluyendo López Obrador, han viajado a Washington, usualmente al inicio de sus respectivas gestiones, para establecer algo que en diplomacia es absolutamente crucial: el conocimiento personal, el conocer el pensamiento, las ideas y propuestas del otro, de viva voz. No es una visita social. Es un acercamiento político para saber quién está del otro lado del teléfono, y para que ese otro conozca el pensamiento y propuesta de México. Es mirarse a los ojos para confirmar que hay confianza, incluso cuando hay conflicto.
Habitualmente, el presidente electo o ya en funciones de México suele visitar primero países de la región latinoamericana, y dependiendo de las coyunturas políticas específicas, las más importantes: Argentina, Brasil, Chile, Colombia y quizá República Dominicana en el Caribe, y después acude a Estados Unidos. Ese orden de prelación contiene un simbolismo particularmente importante para México. Refuerza la noción de que éramos el gozne entre dos mundos.
Ese papel de interlocución se fortaleció cuando México avanzó de forma institucional hacia la condición de ser una democracia funcional, con la confianza de que las instituciones del Estado, junto con órganos autónomos y un potente órgano instructor electoral, eran su mejor carta de presentación.
Todo cambió cuando Morena llegó al poder. La reunión en días pasados de la presidente con los legisladores de su coalición es el símbolo exacto de lo que es México hoy, bajo la dirección de la llamada 4T. Qué bueno que se reúna con sus legisladores. El problema de México gobernado por esa coalición es que nunca se ha reunido con la oposición. Nunca.
Ni ella ni su antecesor, López Obrador. Como sistema de gobierno, no habla con quienes piensan diferente. Es más, han llegado a considerar que pensar diferente es “traición a la Patria”. Para Morena opositores no son contrincantes, sino enemigos que deben ser liquidados.
Morena y sus líderes no hablan con nadie que no sea suyo o de su interés. Hablan con los empresarios que no critican fuerte porque quieren su dinero. Hablan con otros países porque quieren que vengan sus inversionistas. Y hablan con líderes del narcotráfico porque tienen intereses en común: Morena los quiere como “promotores del voto” y el narco quiere a Morena en el gobierno para asegurar las rutas del negocio. Terminan compartiendo el ejercicio real del poder.
La estrategia de hablar por teléfono con Trump para aplacar sus presiones es visto como una tarea política necesaria. Sheinbaum considera que hablar con él cada vez que sea necesario por teléfono le permitirá controlar, modular e incluso eventualmente tripular las presiones provenientes del Norte.
¿Cuál es la línea roja que no puede cruzar? Ante la situación creada después del indictment contra Rocha Moya y nueve funcionarios más, Sheinbaum no está en condiciones políticas de poder entregar los liderazgos del movimiento a la justicia estadounidense. Si hubiera viajado antes del indictment, aún podía mirar a Trump a los ojos. Hoy, ya no puede.
Para resistir los efectos presentes y futuros de este indictment y otros por venir, Sheinbaum ha promovido la radicalización del debate dentro de México y, por tanto, la polarización. Los ataques a la presencia en México de la señora Isabel Díaz Ayuso, presidente de la Comunidad de Madrid, son para un estudio de laboratorio sobre el fanatismo que el discurso anti extranjerista presidencial provoca.
Las palabras soberanía, Patria, traición, entreguismo, derecha conservadora y odiosa resuena ahora todos los días en la mañanera. Se optó por radicalizar el debate y la discusión para beneficio y conmoción de su cada vez más disminuída congregación de feligreses. Fue la instrucción de AMLO a Sheinbaum en su no-reunión en Palenque.
Coloca el debate en el terreno de la defensa de la soberanía nacional. Plantea el supuesto dilema entre soberanía y entreguismo. Pero no logra explicar que defender a los narcotraficantes en Morena es también defender la soberanía de la nación. No lo explica, dado que su línea defensiva fundamental está en sostener lo que les permitió acceder al poder. Lo que está en juego para Morena es su perpetuación en el poder.
La reciente encuesta de Reforma dijo que el 57% de los mexicanos piensan que Rocha debería ser extraditado. El 63% piensa que tiene nexos con el narcotráfico. El 55% piensa que el gobierno mexicano es incapaz de una investigación imparcial. Y para rematar (porque, según Morena, esto quiere decir que México está lleno de traidores) el 50% confía más en la justicia estadounidense que en la mexicana, que cuenta sólo con el 33% de apoyo.
Mientras la presidenta y su partido se radicalizan, el país obviamente piensa distinto. El desgaste y el descrédito producto de la corrupción morenista, aunado a su coraza impresionante de hipocresía, están haciendo su labor de erosión de su armadura política: cada día existe menos convencimiento de la causa que dio origen a Morena.
Pero su sectarismo ha infectado al país. Y contribuye a explicar por qué Sheinbaum no ha viajado a Washington. Porque el radicalismo infecta a su propia base social de apoyo, que repudia cualquier asomo de gestos “conciliatorios” con Washington.
Quizá en un inicio no viajó porque no quería aparentar “ansiosa”. Lo habrá razonado políticamente. Después parecía que las 16+ llamadas telefónicas eran suficiente “mientras” la situación se estabiliza. ¿No habrá reflexionado, cuando se enteró de los viajes de Lula y Pedro, que quizá había razones más de fondo, que justificaría un viaje a Washington?
Posiblemente haya existido un veto a que viajara a Washington. Pero en vista de su indecisión de reunirse personalmente con Trump, e, incluso, por su evasividad durante el encuentro fugaz tripartita con FIFA en Washington, el gobierno americano empezó a enviar mensajes cada vez más estridentes. Resulta difícil imaginar la cantidad de datos que posee Estados Unidos sobre los vínculos de líderes morenistas con el narcotráfico después de sus interrogatorios con los Chapitos y con el Mayo Zambada. En todo caso, suficiente para meter a medio Morena en la cárcel, pero en Estados Unidos.
La presidenta ha extremado su propio discurso sobre intervencionismo, soberanía y la existencia de traidores en México, deseosos de la intervención extranjera. Después de la persecución y ataques a Maru Campos, gobernadora de Chihuahua, por haber aceptado el apoyo de la CIA en su combate al crimen organizado y la muerte de dos de sus elementos, y sin recibir siquiera una mínima señal de empatía de parte de la mandataria mexicana, es imposible imaginar una fructífera reunión en la Oficina Oval entre Sheinbaum y Trump.
¿De qué hablaría Sheinbaum con Trump, después del indictment a Rocha y su negativa a entregarlo a la justicia estadounidense? ¿Defenderá la dictadura cubana?
Petro dijo que resolvió sus diferencias con Trump. Lula dijo que incluso hablaron de Cuba y Trump confirmó que no piensa invadir la Isla. Si hay condiciones y temple, se puede hablar. Sin temple y con la adicción al radicalismo, mejor ni acercarse a Washington. Cuando un diálogo promete destruir más que construir, obviamente no tiene sentido que se realice. Es terrible lo que esto reconoce sobre la realidad de la relación México-Estados Unidos. El siguiente paso es el precipicio.
Una reunión de Sheinbaum con Trump ahora sería vista en Morena como una traición a la Patria. Para ir a Washington, tendría que negar su retórica, y repudiar las locas y afiebradas andanadas verbales de Ariadna Montiel contra todo aquello que huela a “traición e intervención estadounidense en México”.
México perdió su tradicional calma, mesura y objetividad. Hoy no es un factor útil para la resolución de conflictos regionales. México es, en sí mismo, otro conflicto más. Tan es así que su Presidenta no se atreve a ir a Washington.
POR RICARDO PASCOE
COLABORADOR
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MAAZ