"Somos pequeños, pero estamos muy unidos; Estados Unidos no nos va a anexionar"

"Somos pequeños, pero estamos muy unidos; Estados Unidos no nos va a anexionar"

"Valoro demasiado mi libertad como para convertirme en estadounidense". Inunnguaq Møller, de 40 años, groenlandés de nacimiento, hizo esa reflexión ayer sentado en el café Pascucci, en el centro de Nuuk, con su mujer y su hija, mientras veía un programa de debate en la televisión local sobre las amenazas de anexión de Estados Unidos de Groenlandia, un territorio que forma parte de Dinamarca.

Inuk, como le llaman sus amigos, vivió un año en estados Unidos, habla buen inglés -y aceptable español, tras un año de Bachillerato en Houston (Texas)- y, hasta que llegó Donald Trump por segunda vez a la Casa Blanca y empezó a hablar una y otra vez de anexionarse Groenlandia, iba de vacaciones todos los veranos a ese país. Así que se puede decir que lo conoce bien. "La libertad en Estados Unidos no es comparable a la que tenemos aquí", explicaba. Y su dictamen era claro: "Si esta tierra pasa a ser parte de Estados Unidos, mi esposa y yo ya hemos decidido que nuestra familia se muda a Dinamarca o a Noruega".

Mientras hablaba para EL MUNDO, Inuk seguía de reojo, en la televisión del Pascucci, un debate sobre la reunión que acababa de comenzar en Washington para decidir el futuro de Groenlandia entre Estados Unidos, Dinamarca, y los representantes de la isla, que tiene competencias en prácticamente todo salvo Defensa, exteriores y política monetaria. Era un momento un tanto surrealista. La nacionalidad de las aproximadamente 15 personas -contando a los empleados- del local estaba siendo puesto sobre la mesa en Washington, a 3.200 kilómetros de distancia. Era como si los africanos cuyo futuro fue decidido en la Conferencia de Berlín en la que las potencias europeas se repartieron África en 1885 hubieran tenido la ocasión de ver los prolegómenos del encuentro.

Y los groenlandeses sabían que ése era su papel. Normalmente, el Pascucci está lleno a las 14:00 horas. Ayer, más de la mitad de las mesas se encontraban vacías. La gente estaba en sus casas siguiendo el encuentro por televisión. Y tenían buenos motivos para ello. La reunión que tanto les preocupaba acabó en desacuerdo total, con la constatación de "diferencias fundamentales", en palabras de uno de los asistentes, el ministro de Asuntos Exteriores -y ex primer ministro- de Dinamarca, Lars Løkke Rasmussen. "Para nosotros, las ideas que no respetan la integridad territorial del Reino de Dinamarca o el derecho a la autodeterminación del pueblo groenlandés son, desde luego, totalmente inaceptables", subrayó. El único acuerdo, por ahora, "es seguir negociando".

Esas palabras llegaron a Nuuk alrededor de las 17:00, hora local, cuando ya es de noche en la ciudad, que en enero apenas tiene cuatro horas de sol diarias. Pero antes, alrededor de las 15:00, mientras Rasmussen estaba en la decisiva reunión de Washington, la televisión había interrumpido su debate para pasar la señal a una rueda de prensa del ministro de Defensa danés, Troels Lund Pulsen, acompañado, cosa inusual, por el jefe del Estado Mayor de ese país, el general Michael Wiggers Hyldgaard.

Pulsen anunció el envío de soldados a Groenlandia para proteger instalaciones críticas -en especial cables submarinos, minas, nodos de comunicaciones, e infraestructura energética- y añadió que Suecia ya ha enviado efectivos. Noruega ha enviado dos militares para coordinar el despliegue. Alemania mandará una docena. Países Bajos también va a participar. Lo mismo que Canadá, un país que ya ha sido amenazado con la anexión por Donald Trump, y para el que una Groenlandia estadounidense sería una amenaza de primer orden, dado que lo dejaría emparedado entre esa isla y Alaska, y con el 90% de su población en una franja de territorio de 75 kilómetros al norte de la frontera con EEUU.

Oficialmente, esos movimientos de tropas son las maniobras operación Resistencia Ártica (Arctic Endurance), para reforzar las capacidades de la OTAN en el cada día más trascendental teatro de operaciones que rodea al Círculo Polar. En realidad, son una señal diplomática a Washington de que una anexión unilateral de Groenlandia sería un golpe mortal a la OTAN porque, en la práctica, y aunque nadie lo quiera decir, es el equivalente a una declaración de guerra a un aliado.

Aunque no toman parte en los ejercicios, Francia, ya que no están enviando -al menos por ahora- fuerzas de tierra, y el Reino Unido también están expresando su apoyo a Copenhague. París ha enviado al menos una fragata a Groenlandia y, según algunas informaciones, Londres ha desplazado naves a las aguas de la región occidental de la isla, donde está Nuuk. Ayer por la mañana, frente al barrio de Qinngorput, a unos tres kilómetros del centro urbano de Nuuk, era visible el patrullero de altura danés Ejnar Mikkelsen, especialmente destinado para operar en el Ártico. Y, anteayer, el Gobierno de Dinamarca declaró que, en el caso de que hubiera incidentes, los soldados de ese país tenían orden de disparar sin pedir autorización.

Un funcionario arría la bandera de Groenlandia frente al Ayuntamiento de Nuuk.

Un funcionario arría la bandera de Groenlandia frente al Ayuntamiento de Nuuk.Alberto Di Lolli

Ese despliegue es simbólico. Es evidente que, si Estados Unidos atacara Groenlandia, todas las fuerzas desplegadas por sus aliados de la OTAN no durarían ni un cuarto de hora. Pero el objetivo de Dinamarca y Groenlandia es demostrar que no están solos. Y que el expansionismo de Donald Trump amenaza con acabar con la OTAN.

Otra cosa es que eso le importe a Washington. En la reunión de ayer, por parte estadounidense estuvo el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J. D. Vance. Si bien el primero es la cara más multilateralista del Gobierno de Trump, Vance es poco menos que un enemigo de la idea de Europa que ha llegado a expresar su malestar ate los ataques de la Armada de EEUU a los hutíes de Yemen porque eso abría a la navegación al mar Rojo, lo que favorecía el tráfico comercial a y desde Europa.

Así que el clima de preocupación y de tristeza en Nuuk era comprensible. Aunque la mayoría de sus habitantes huyen de los miles de periodistas de todo el mundo que han aparecido en ese pueblo de 40.000 habitantes que concentra al 70% de la población de una isla que tiene una superficie equivalente a cuatro veces España, los que hablaban ayer no ocultaban su angustia. "En mi familia nos reunimos y hablamos de esto, y no sabemos qué hacer", decía una empleada de una tienda de ropa. Aunque siempre queda lugar para la esperanza. Norah, de 20 años, que trabajaba como dependienta en una tienda que vende camisetas con el lema "Groenlandia no está en venta" lo tenía claro: "Somos una comunidad pequeña, pero muy unida. Estados Unidos no nos va a anexionar".