Un papado entre el colectivo y el algoritmo
León XIV llegará a España dentro de dos semanas, y oportunidades habrá de comentar esta importante visita pastoral. Pero la publicación -este lunes 25 de mayo- de su primera encíclica, Magnifica humanitas, nos interpela de inmediato al situar abiertamente su pontificado en el parteaguas de nuestro tiempo: ¿qué significa defender la dignidad humana cuando la persona ya no sólo se ve amenazada por la guerra, la pobreza, la persecución o el poder político, sino también por sistemas capaces de clasificarla, anticiparla, vigilarla e incluso decidir por ella? En un papado de fuste, la primera encíclica traza el orden de batalla intelectual y moral de la Iglesia católica. Al hacerlo, León XIV se reclama de León XIII y de Rerum novarum. Entonces, la Iglesia saltó a la arena de la mutación social provocada por la Revolución Industrial. Hoy, se faja frente a la cuestión antropológica de la era algorítmica.
¿Qué queda de la persona cuando las fuerzas dominantes tienden a absorberla, ya en el colectivo, ya en el algoritmo? Aun cuando la rebasa, la interrogación alcanza de lleno a la Iglesia que León XIV hereda. Ha recibido una institución de extensión global, atravesada por fracturas de sensibilidad y obediencia; depositaria de una tradición bimilenaria, incardinada en sociedades que han perdido buena parte de su gramática religiosa. La división no se reduce a la vieja bronca entre progresistas y conservadores; afecta al modo de interpretar autoridad, continuidad, reforma y cómo encarna el mensaje del Evangelio en el mundo. Francisco abrió y desplazó conversaciones, removiendo inercias profundas; León XIV debe ahora ahormarlas, sin sofocar la inquietud que las hizo visibles. Esa es la guía de Dilexi te, la primera exhortación apostólica de su pontificado.
Pero lo llamativo no está en la tarea ingente de coser y pacificar, sino en el terreno que ha elegido para definir su pontificado; la línea de quiebra entre dos eras. La inteligencia artificial no es una materia técnica de ingenieros, empresas o reguladores. Es una infraestructura de poder. Ordena la información, orienta decisiones, transforma el trabajo, altera la guerra, interviene en la educación, reorganiza la vigilancia y modifica las condiciones mismas del juicio. Su desarrollo no plantea sólo problemas de privacidad, empleo o seguridad. Plantea una pregunta previa: ¿qué entendemos por humano cuando funciones características -calcular, prever, redactar, evaluar, acompañar, persuadir- pueden ser mimetizadas y hasta superadas por sistemas no humanos?
La Iglesia sabe de estas rupturas. Rerum novarum no fue una disertación económica ni un programa político, sino el intento de responder al cambio histórico que se estaba gestando: aparición de masas obreras desarraigadas, concentración fabril, rivalidad entre liberalismo económico y socialismo revolucionario. León XIII no inventó la modernidad industrial, pero comprendió que la Iglesia no podía limitarse a dogmatizar. Tenía que bajar al barro donde se dirimía el lugar que correspondía al trabajador, la familia, la propiedad, la justicia, los sindicatos o el Estado. Si León XIV toma ahora la inteligencia artificial como asunto constituyente, declara desde los primeros compases de su pontificado que el desafío actual no es sólo social; es antropológico. No se trata únicamente de cómo se distribuyen los frutos de la técnica; el meollo concierne a la concepción de humanidad que la gobierna.
En esa encrucijada aflora la carga del colectivo. Occidente, con todas sus caídas y contradicciones, ha articulado su arquitectura moral y jurídica en torno a la dignidad de la persona. No siempre la honró. La esclavitud, el colonialismo, los totalitarismos, las guerras y tantas exclusiones obligan a huir de la autocomplacencia. Sin perjuicio de ello, una civilización no se mide sólo por sus incumplimientos, sino por los principios desde los que juzga sus propios tropiezos. La noción de persona, la responsabilidad ética, la libertad religiosa, la igualdad ante la ley y los derechos fundamentales no son ornamentos retóricos. Son pilares, imperfectos pero reales, de una determinada ordenación de la vida común. Hoy el concepto mismo de universalidad es discutido. Hay modelos políticos y culturales que encuentran la clave de bóveda de la convivencia en la continuidad del Estado, la armonía social, la estabilidad del grupo, la obediencia a la autoridad y la primacía de la comunidad sobre el individuo. Allí donde Occidente pregunta por los límites del poder frente a la persona, otros sistemas preguntan por la eficacia del poder para estructurar el conjunto.
El reto radica en que el algoritmo puede ponerse al servicio de la libertad o del control, de la creatividad o de la vigilancia, del cuidado o de la manipulación, de la educación o del adiestramiento. Puede ayudar a diagnosticar enfermedades, pero asimismo a seleccionar blancos; ampliar el acceso al conocimiento y, en paralelo, degradar la verdad en una producción ilimitada de simulacros. La técnica no reposa sobre una antropología neutra. Aunque se presente como herramienta, lleva inscrita una idea instrumental del hombre: consumidor previsible, trabajador reemplazable, fuente de información explotable y riesgo que gestionar.
Por eso la encíclica trasciende al mundo católico. En una época que tiende a reducirlo todo a competencia de potencias, cadenas de suministro, chips, energía, defensa y control de datos, reflexionar sobre la dignidad humana puede parecer abstracto. No lo es. La geopolítica del siglo XXI se concretará en este debate. La inteligencia artificial no será un mero sector industrial ni una carrera entre empresas. Será una forma de ordenar sociedades. Quien defina sus estándares, sus límites, sus usos militares, su inserción en el trabajo, su relación con la educación y su poder de vigilancia no estará regulando una tecnología más. Estará fijando las condiciones prácticas de la libertad. Ni la tradición vive si se muda en reliquia, ni la innovación merece acatamiento por el solo hecho de su estreno. La cuestión no es si la inteligencia artificial avanzará. Avanzará. La cuestión es bajo qué idea del hombre lo hará.
En ese punto, la colaboración del cofundador de Anthropic -gigante de la inteligencia artificial enfrentado a Trump por negarse a relajar sus límites al uso militar de sus modelos- para lanzar la que ha de calificarse sin ambages de requisitoria existencial adquiere un interés singular. Los titanes tecnológicos, incluso cuando invocan prudencia y seguridad, operan dentro de una lógica de escala, rendimiento y beneficio que no coincide necesariamente con la dignidad humana. En la configuración del mundo que viene, Estados Unidos sigue siendo el principal laboratorio de la revolución tecnológica y una democracia sometida a una polarización corrosiva. Por su parte, China representa la demostración más acabada de cómo tecnología, Estado, industria y control social se integran en un mismo proyecto de poder; mientras Europa proclama valores, regula con intensidad y, sin embargo, depende de capacidades ajenas. Entre esos polos se juega el futuro. León XIV no resolverá esa pugna, pero puede azuzar conciencias. ¿Qué queda de una visión de la humanidad cuando los grandes actores no defienden, con razones inteligibles, la centralidad basilar de la persona?
En último término, el debate en el que León XIV irrumpe no pertenece sólo a los creyentes. Atañe a cualquiera que entienda que la civilización no se mide únicamente por su capacidad de producir, calcular o dominar. Cuenta también el lugar que reserva al hombre. Si la persona deja de ser fin y se convierte en variable, ni Occidente habrá conservado su alma, ni la tecnología habrá cumplido su promesa. Un papado entre el colectivo y el algoritmo no significa un pontificado atrapado entre dos amenazas, sino la decisión de discernirlas. En un mundo que vacila entre la absorción del individuo por el conjunto y su reducción a dato por la máquina, sostener la dignidad humana constituye una forma de realismo. Quizá la más perentoria y exigente de todas.