Cuba: ¿el último fantasma de la Guerra Fría?
Cuba bien podría ser el último fósil político de la Guerra Fría. O, quizá más inquietante todavía, el último régimen que todavía cree que puede sobrevivir indefinidamente administrando pobreza, propaganda y enemigos externos mientras promete un futuro que nunca llega.
Un sistema atrapado en una época que dejó de existir hace más de tres décadas, pero que sigue hablando el idioma de 1962: imperialismo, bloqueo, revolución, resistencia. La nomenclatura cubana continúa creyendo que convocar marchas, repetir consignas y fabricar amenazas externas puede esconder el desastre económico, humano y moral en que terminó convertida la isla. Como si en cualquier momento fueran a regresar los subsidios soviéticos y los barcos cargados de petróleo de una URSS —y, para el caso, de una Venezuela— que ya sólo existe en los museos y en la propaganda oficial de La Habana.
En días recientes, Donald Trump felicitó al pueblo cubano por el 124 aniversario de su independencia y habló nuevamente de libertad para la isla. Casi al mismo tiempo, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio —hijo de inmigrantes cubanos y acaso uno de los políticos que mejor entiende el simbolismo de Cuba dentro de la política estadounidense— anunció un paquete de ayuda humanitaria por 100 millones de dólares canalizado a través de la Iglesia católica. La precisión importa: no sería entregado al gobierno cubano ni a sus estructuras militares o empresariales, porque en Washington existe la convicción —razones hay de sobra— de que gran parte de esos recursos jamás llegaría a la población.
La reacción de La Habana fue exactamente la que cabía esperar de un régimen agotado: propaganda, caricaturas y consignas. El aparato oficialista publicó imágenes burlándose de Rubio y lo llamó “Blond Worm”. Ni siquiera la propaganda conserva ya la sofisticación estética que alguna vez intentó presumir la revolución cubana. Hoy la retórica del castrismo parece una reliquia oxidada: envejecida, predecible y cada vez menos eficaz incluso para consumo interno.
Quizá lo que realmente irritó al régimen no fue la ayuda en sí, sino el mensaje implícito: Washington considera más confiable a la Iglesia católica que al Estado cubano para distribuir alimentos y medicinas dentro de la isla. La desconfianza no es gratuita. Rubio acusó además a la élite gobernante de haber saqueado durante décadas miles de millones de dólares mientras responsabiliza eternamente al embargo de todos los males nacionales. Y ahí aparece una de las grandes tragedias históricas de Cuba: el embargo existe, sí, pero también existe una maquinaria burocrática y militar que convirtió el control político en un sistema de extracción económica permanente.
Además, cuando se habla del embargo, pocas veces se menciona una de las ironías más brutales del sistema cubano: el propio gobierno restringe severamente la pesca privada de sus ciudadanos por temor a que huyan de la isla. Una isla rodeada por uno de los mares más ricos del continente y cuyos habitantes no pueden lanzarse libremente al mar porque el régimen teme que conviertan cualquier embarcación en una vía de escape. Hay metáforas políticas que se escriben solas.
La Habana tampoco recibió bien otra acusación de Rubio: la presencia histórica de infraestructura de espionaje ruso y chino en la isla. Cuba sigue funcionando como pieza geopolítica para potencias rivales de Estados Unidos, precisamente porque el régimen necesita enemigos externos para justificar su propia supervivencia. El castrismo descubrió hace mucho tiempo que el conflicto perpetuo es más útil que la normalización.
De hecho, en círculos diplomáticos estadounidenses empieza a hablarse de la posibilidad de endurecer nuevamente ciertas restricciones financieras y ampliar sanciones individuales contra miembros de la nomenclatura cubana vinculados al aparato militar y de inteligencia.
La señal parece clara: Washington comienza a considerar que el deterioro interno del régimen abre una ventana de presión inédita desde hace años.
A eso se sumó un viejo expediente que Washington nunca cerró del todo: el derribo en 1996 de las avionetas de Brothers to the Rescue, donde murieron cuatro personas. Estados Unidos no suele archivar del todo este tipo de agravios, especialmente cuando involucran ciudadanos estadounidenses muertos por acciones directas de un gobierno adversario. En geopolítica, los expedientes
incómodos pueden dormir décadas enteras, pero rara vez prescriben políticamente.
La respuesta cubana volvió a ser teatral. Marchas, discursos y llamados a “defender la revolución”. Incluso familiares de Raúl Castro aparecieron abogando públicamente por el viejo líder histórico. Pero detrás de la retórica revolucionaria empieza a percibirse otra cosa: miedo. Porque las dictaduras envejecen mal.
Pierden capacidad de movilización, agotan sus mitologías y terminan dependiendo exclusivamente del aparato coercitivo y de la inercia. No es casual que, según algunos trascendidos diplomáticos en Miami y Washington, sectores del exilio cubano comiencen a discutir escenarios de transición que hace apenas cinco años parecían fantasía política. Y tampoco es casual que La Habana haya endurecido recientemente su narrativa de “plaza sitiada”. Los regímenes perciben antes que nadie cuándo empieza a resquebrajarse el miedo colectivo.
Mientras tanto, el deterioro material de Cuba continúa acelerándose. Apagones constantes, éxodo masivo, salarios pulverizados y una población cada vez más descreída de la épica revolucionaria. La revolución cubana alguna vez prometió crear al “hombre nuevo”; terminó produciendo una nación que huye.
Pienso que el problema central para el régimen es mucho más profundo que Trump o que Rubio. El verdadero problema es histórico: el castrismo perdió la capacidad de ofrecer futuro. Y cuando un sistema político deja de prometer futuro, empieza lentamente a convertirse en un fantasma.
Por eso Cuba hoy se parece menos a una revolución triunfante y más a un decorado envejecido que se sostiene por propaganda, miedo y nostalgia ideológica. Un sistema que todavía exige obediencia absoluta mientras la realidad se derrumba alrededor. Y quizá ahí esté la parte más incómoda de toda esta historia: los fósiles políticos nunca creen ser fósiles. Creen que son eternos… hasta que un día descubren que el miedo dejó de alcanzarles.
POR VERÓNICA MALO GUZMÁN
COLABORADORA
VERONICAMALOGUZMAN@GMAIL.COM
MAAZ