Un unipersonal sobre el privilegio y el abandono

Un unipersonal sobre el privilegio y el abandono

Patán es un perro mestizo de clase media alta que vive una casa cómoda, rodeado de sus dueñas y de una rutina que, a sus ojos, es perfecta. Tiene acceso a todo lo que podría necesitar un perro ‘afortunado’: techo, comida, juguetes, tecnología y hasta una tornamesa que le permite imaginarse DJ. Cree incluso que la ausencia de sus humanas durante el día es una especie de regalo para que él pueda ‘vivir su libertad’ en plenitud. En su mundo, todo está bien o al menos eso parece”, cuenta José Luis Saldaña, director de la puesta en escena.

Sin embargo, la fisura aparece cuando descubre a su vecino, otro perro llamado Segismundo que es abandonado en una azotea, sin agua, sin comida y bajo el sol implacable. Esa es la premisa de Patán, puesta en escena que estrena en La Teatrería, en la colonia Roma, del 17 de mayo al 12 de julio.

“El nombre de Segismundo no es casual, es una alusión directa a La vida es sueño, de Calderón de la Barca, y funciona como espejo trágico”, explica.

Segismundo no solo está abandonado, está olvidado. Y ese olvido, cuando finalmente lo conduce a la muerte, es el punto de quiebre que empuja a Patán fuera de su mundo”, añade el director.

Después de ese acontecimiento, Patán huye de su departamento y se lanza a la calle, donde descubre una ciudad que no tiene nada de amable.

“El afuera es otra cosa, los perros callejeros, el hambre, la violencia silenciosa y una humanidad que ya no se ve desde la comodidad del sillón, sino desde el margen. En ese recorrido aparecen también otras realidades que lo descolocan: niños en situación de calle, migrantes, trabajadoras sexuales, vidas que existen pero que, desde su burbuja, nunca habían sido visibles”, narra.

Sin embargo, en ese territorio desconocido ocurre otra transformación, su primer amor, Maga, una perrita callejera con la que vive su primer vínculo afectivo real.

“Es un amor que no suaviza la historia, sino que la profundiza, porque en medio del descubrimiento del mundo también aparece la fragilidad de todo lo que se puede perder”, agrega Saldaña.

Con esta premisa, Patán se construye como un unipersonal interpretado por el actor Omar Medina que, en palabras del también dramaturgo, más que un monólogo, es una pieza donde un solo cuerpo da vida a múltiples voces y personajes que transitan entre la comedia, la ironía y una tragedia que se filtra lentamente.

El director explica que uno de los pilares del montaje es el equilibrio inestable entre humor y dolor.

“Su mirada ‘progre’, sus aspiraciones de emancipación animal y su visión idealizada del mundo generan momentos de comedia que pronto se tensan frente a lo que descubre fuera de casa. La risa, aquí, nunca es del todo inocente”, comparte.

Asimismo, la música juega un papel central: boleros y piezas de los años 50 y 60 acompañan la acción desde una tornamesa operada en escena, con la intención de reforzar la nostalgia y el carácter emocional del relato.

“Todo contribuye a una atmósfera que oscila entre lo íntimo y lo devastador”, dice.

“El resultado es una tragicomedia que no busca únicamente contar la historia de un perro, sino poner en evidencia una pregunta más incómoda: ¿qué tan cerca estamos de ver o ignorar las realidades que habitan fuera de nuestras propias burbujas?”, concluye.