Cara a cara en Pekín entre los dos hombres más poderosos del mundo

Cara a cara en Pekín entre los dos hombres más poderosos del mundo

Las primeras señales de que, esta vez, Donald Trump no pospondría su viaje a Pekín como hizo en marzo, no llegaron desde los canales de la diplomacia oficial, sino desde decenas de vídeos que comenzaron a circular hace unos días por las redes sociales chinas. En ellos se veía una hilera de enormes todoterrenos negros avanzando por una autopista de la capital china, escoltados por motos y vehículos de seguridad locales. Eran los Chevrolet Suburban blindados del servicio secreto estadounidense, reconocibles para cualquier aficionado chino a la geopolítica global. En esa caravana aparecía también "la Bestia", la limusina presidencial construida sobre chasis de Cadillac que Estados Unidos desplaza por el mundo como si fuera una embajada blindada sobre ruedas.

Los vecinos de Pekín interpretaron el desfile mecánico como la confirmación definitiva de que habría cumbre entre Xi Jinping y Trump. Además, varios aviones militares C-17 Globemaster III han ido aterrizado transportando los vehículos blindados. La llegada del aparato logístico estadounidense disparó la expectación alrededor de la reunión diplomática más importante del año.

EEUU y China, aunque se han hecho de rogar, ya han confirmado que Trump aterrizará el miércoles por la noche en un Pekín muy distinto al que visitó en 2017. Entonces, durante su primer mandato, las autoridades chinas desplegaron una coreografía imperial: visita privada a la Ciudad Prohibida, ceremonia fastuosa en el Gran Salón del Pueblo y representación de ópera tradicional. Xi quiso exhibir al líder republicano como un dirigente seducido por la grandeza histórica china. Todo aquello sucedió antes de la pandemia, antes de la guerra tecnológica, antes del colapso de la relación bilateral y antes de que ambas superpotencias quedaran atrapadas en una espiral de sanciones, aranceles y sospechas continuas de espionaje.

Este será el primer viaje de un presidente estadounidense a China en casi nueve años. La mayoría de los análisis coinciden en que Trump regresa muy debilitado. "Trump necesita un acuerdo con China que pueda presentar como una victoria interna, especialmente antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre de 2026, pero llegará a Pekín en una posición negociadora extraordinariamente débil para un presidente que ha hecho de la fortaleza su sello distintivo", apunta Alicia García-Herrero, economista jefe para Asia-Pacífico en el banco de inversión Natixis.

La ventaja de Xi

"Trump está inmerso en el conflicto con Irán, en el que los aliados europeos de EEUU no le brindan apoyo, mientras que la economía estadounidense sufre las consecuencias de los aranceles que él mismo impuso y que el Tribunal Supremo ha bloqueado. Mientras tanto, el presidente Xi no tiene elecciones ni una prensa libre que compliquen las cosas". La analista añade que el actual contexto internacional también favorece a Pekín. "En respuesta a las aventuras de política exterior de Trump, China ha optado por una estrategia de contención calculada, basada en una retórica dura y el rechazo público a la hegemonía estadounidense", sentencia.

"La debilidad doméstica coloca a cualquier presidente estadounidense en una posición precaria frente a Xi Jinping", comparte en otro análisis Brett Bruen, ex director de relaciones globales de la Casa Blanca. "Xi no solo detecta esa fragilidad, sino que intenta explotarla". En Pekín muchos hacen el mismo diagnóstico. Funcionarios y asesores cercanos al poder consideran que Trump llega presionado por la caída de popularidad, por el desgaste de la guerra con Irán y por el caos judicial que amenaza su política arancelaria.

La Corte Suprema estadounidense ya declaró inconstitucional parte del esquema de aranceles que Trump había convertido en emblema político. La decisión obliga ahora a la Casa Blanca a seguir procedimientos administrativos mucho más lentos y limita la capacidad presidencial para improvisar medidas económicas mediante decretos o mensajes en redes sociales. El golpe es enorme: la guerra comercial -Washington llegó a imponer aranceles del 145% a productos chinos- había sido presentada por Trump como prueba de fuerza frente al gigante asiático.

La última vez que Xi y Trump se vieron cara a cara fue el pasado octubre en Busan, Corea del Sur, al margen de una cumbre regional. En aquel encuentro extendieron una tregua comercial que rebajó tensiones, pero no resolvió el conflicto estructural. EEUU mantiene controles tecnológicos destinados a frenar el desarrollo chino en semiconductores e inteligencia artificial. Por su parte, China continúa utilizando su dominio sobre minerales críticos como herramienta de presión estratégica.

"Washington se dirige a la cumbre enfrentándose a una realidad incómoda: su rápido gasto en sistemas de armas avanzados en Oriente Próximo y Ucrania agrava las profundas vulnerabilidades en las cadenas de suministro vinculadas a los elementos de tierras raras e imanes, insumos dominados por China", destaca Heidi E. Crebo-Rediker, investigadora del think tank Consejo de Relaciones Exteriores.

En las semanas previas a la cumbre de Pekín, funcionarios de ambos países han estado negociando discretamente posibles compras agrícolas chinas, pedidos de aviones Boeing y declaraciones conjuntas sobre inteligencia artificial. Ambos países anunciaron que el viceprimer ministro chino He Lifeng viajará a Corea del Sur el martes y miércoles para mantener conversaciones comerciales con el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, en una ronda final de negociaciones.

El apoyo de China a Irán

Uno de los principales asuntos que sobrevolará toda la cumbre será la guerra en Irán. Funcionarios chinos creen que Trump se encuentra atrapado en un conflicto militar que consume capital político y tensiona aún más la relación con aliados europeos y asiáticos. Y eso China lo quiere aprovechar, aunque varios medios estadounidenses han informado que Trump tiene la intención de presionar a Xi para que "frene el apoyo de China a Irán". En los últimos días, EEUU ha sancionado empresas y refinerías chinas vinculadas a la compra de petróleo iraní.

En este frente, el régimen chino trata de mantener una ambigüedad calculada. Por un lado, necesita el petróleo barato iraní y rechaza públicamente las sanciones estadounidenses. Por otro, tampoco desea una guerra prolongada que desestabilice Oriente Próximo y perjudique la economía global. Los analistas chinos aseguran que esa posición intermedia permite a Xi presentarse como un actor racional frente a una Administración Trump percibida cada vez más errática.

En paralelo a la guerra en Irán, la cuestión de Taiwan seguirá siendo la más explosiva durante la reunión. Wang Yi, ministro de Exteriores chino, afirmó esta semana que la isla representa "el mayor riesgo" para las relaciones bilaterales.

Pekín espera obtener alguna señal de moderación por parte de Washington. Trump ya ha mostrado un lenguaje menos entusiasta sobre el apoyo a Taipei que sus predecesores, describiendo al territorio autónomo más como competidor económico que como un aliado democrático.