Comparar con el pasado
No es raro que la gente utilice el pasado para entender su presente. Es algo natural en el ser humano, un ser que siempre ha dado usos al tiempo. Una manera de hacerlo, es decir, de utilizar ese pasado, es mediante la comparación. Al comparar, uno siente que puede ubicarse mejor frente a cierto fenómeno. De ahí que abunden las comparaciones entre temas actuales y hechos o personajes históricos. Lo interesante es que esta práctica también ha estado presente en el propio pasado. Hoy es común comparar cualquier mal con Adolf Hitler; pero, en su momento, él también fue comparado con el pasado.
Cuando Hitler ascendió al poder, políticos, periodistas y analistas miraron hacia el pasado para explicar lo que representaba semejante personaje, ya fuera para señalar continuidades, para validar la teoría del gran hombre a lo Carlyle o para subrayar las particularidades propias del dictador. En las etapas tempranas de su ascenso, lo compararon con conquistadores, señores de la guerra o emperadores. Fue una manera de advertir o pronosticar lo que su mandato implicaría para la política.
En la década de los treinta, fue común comparar a Hitler con Napoleón Bonaparte. El paralelismo mostraba ambiciones continentales y campañas militares. Claro que tal comparación también revelaba límites y sus errores. El contexto de Napoleón estaba marcado por la Revolución Francesa y por nuevos ideales políticos; Hitler, el dictador, en cambio, emergió de la derrota alemana, la crisis económica, el antisemitismo y una cultura política de masas dotada de las tecnologías de propaganda. Ponerlos en la misma balanza iluminaba algunos rasgos… y oscurecía otros. Pero las comparaciones también servían para señalar lo que uno había logrado y el otro no, con la intención de negar la comparación misma. Así, por ejemplo, un senador estadounidense afirmó en 1939: “Hitler nunca conquistará Europa. Nadie lo ha logrado hasta ahora. El intento más cercano fue el de Napoleón, y comparar a Hitler con Napoleón es absurdo”.
En México tampoco faltaron tales comparaciones. El 31 de agosto de 1938, un colaborador del periódico El Nacional Revolucionario escribió sobre la peculiaridad de Hitler y la particularidad sin precedente que lo rodeaba con respecto a otros personajes del pasado: “Ni los grandes capitanes como Alejandro, César, Carlos V o Napoleón tuvieron en sus manos un poderío tal, para decidir de la suerte de los pueblos y de los destinos de la civilización”. Estas palabras hacían ver que para ciertos observadores lo que sucedía en Europa era algo nuevo, algo particular en la historia.
Sin la comparación, la sociedad se siente perdida, pues necesita referencias para no caminar a ciegas. Cabe recalcar, sin embargo, que en estas comparaciones siempre hay ideologías de por medio; detrás de cada una hay una razón. Ante ello, uno se pregunta: ¿quién compra?, ¿con qué propósito? y ¿qué se omite?
POR IGNACIO ANAYA
COLABORADOR
@IGNACIOMINJ
MAAZ