Del aumento del precio del agua embotellada en India a los robos en gasolineras de Bangladesh: el 'vía crucis' energético de Asia

Del aumento del precio del agua embotellada en India a los robos en gasolineras de Bangladesh: el 'vía crucis' energético de Asia

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En los supermercados abarrotados de Bombay, el agua embotellada cada día es más cara. En los barrios ricos de la capital económica de la India, unas rupias de más apenas se sienten; en los hacinados barrios marginales, donde viven más de 12 millones de personas en condiciones de extrema pobreza, esa subida puede convertirse en un riesgo para uno de sus salvavidas diarios.

La guerra en Irán ha encarecido el petróleo y, con él, el plástico con el que se fabrican las botellas. La subida de precios podría convertir un producto básico en un artículo de lujo justo en cuando comienza la temporada más caliente: en abril y mayo las temperaturas de una gran parte de India pueden superar los 45°C.

Ponemos el foco en el país más poblado del mundo, hogar de más de 1.400 millones de personas que, en muchos casos, no tienen al alcance agua potable segura. India se prepara para una temporada abrasadora mientras la crisis energética global ya golpea directamente a su vida cotidiana. A la escasez de bombonas de gas de las que tanto depende la economía informal -la columna vertebral de esta gigante nación del sur de Asia-, se suma ahora la subida de los precios del agua embotellada.

Según datos recientes, comprar botellas de marcas líderes como Bisleri cuesta hasta un 11% más que hace un mes. En zonas donde los ríos y pozos están contaminados o el suministro público es deficiente, el acceso a agua potable segura es una necesidad básica para evitar enfermedades transmitidas por el agua, desde diarreas hasta infecciones más graves.

El bloqueo del Estrecho de Ormuz derivado del conflicto en Oriente Próximo explica buena parte de este caos. Gran parte del crudo que llegaba a India desde el Golfo Pérsico alimentaba la producción de preformas de PET, la materia prima de las botellas. La escasez y el aumento del coste han obligado a cerrar temporalmente alrededor del 20% de las plantas de embotellado en Maharashtra, uno de los polos industriales de bebidas del país. Algunas empresas han absorbido parte de los sobrecostes, pero los fabricantes advierten que, de prolongarse el conflicto, los consumidores asumirán aumentos aún mayores en plena temporada de máxima demanda.

India no está sola en esta tormenta. El conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel se ha transformado en una enorme crisis energética sobre todo en Asia, que depende de casi todo el petróleo y el gas que transitaba por Ormuz: aproximadamente el 80% del crudo y el 90% del gas natural licuado (GNL) destinado al continente pasaba por esta vía. Solo en 2025, India, Bangladesh y Pakistán importaron cerca de dos tercios de su GNL a través del estrecho.

Más carbón y petróleo ruso

Como respuesta a la crisis, muchos países asiáticos están poniendo en marcha centrales de carbón y aumentando la producción para reforzar el suministro de energía. También han comenzado a comprar millones de barriles de petróleo ruso desde que EEUU concedió un alivio temporal a las sanciones. La mayor refinería privada de India, Reliance, propiedad del multimillonario Mukesh Ambani, el hombre más rico de Asia, comenzó a importar crudo ruso tras la flexibilización de las restricciones. El grupo había suspendido las compras de este petróleo en noviembre bajo la presión de Washington, que duplicó los aranceles a los productos indios cuando el presidente Donald Trump acusó a la India de financiar la guerra del régimen de Vladimir Putin en Ucrania.

La semana pasada llegaron a Filipinas dos buques cisterna cargados de crudo ruso, los primeros desde noviembre de 2021. Manila (más del 95% del petróleo que consume es importado) fue el primer país en declarar la emergencia energética, alegando un "peligro inminente" que supone para su suministro energético el bloqueo iraní de la vía marítima clave.

Hace unos días, miles de trabajadores filipinos del transporte se declararon en huelga para protestar por el alza vertiginosa del precio del diésel. En otros países como Birmania, Sri Lanka o Indonesia ya han anunciado un racionamiento de combustible y ordenado a los funcionarios públicos trabajar desde casa varios días entre semana.

La escasez de energía y la inflación de bienes esenciales como agua y combustible están obligando a Asia a aplicar medidas que recuerdan a los primeros meses de la pandemia: restricciones de movilidad, limitaciones de racionamiento y reorganización del trabajo público y privado. "La crisis energética obliga a Asia a imponer restricciones similares a las de la pandemia", escribía recientemente el diario japonés Nikkei. El efecto es transversal: desde el precio de una botella de agua en Bombay hasta el parón del transporte en Manila, pasando por la inseguridad en las carreteras de Dhaka y Karachi.

En Bangladesh y Pakistán, la crisis ha adoptado un rostro más violento. Se han registrado múltiples robos a transportistas y gasolineras durante la noche; en algunos casos, los asaltos han terminado con la muerte de trabajadores. El aumento de los precios del combustible y la inseguridad ha tensado aún más la frágil economía local, y las fuerzas de seguridad luchan por contener la violencia mientras los ciudadanos buscan desesperadamente medios para mantener sus hogares y negocios en funcionamiento.

Mientras la guerra en Irán se prolonga, los países asiáticos, sobre todo las economías en desarrollo, enfrentan un dilema estructural que va más allá del aumento temporal de precios: la región debe replantear su seguridad energética y su resiliencia ante choques externos. El encarecimiento del transporte y de bienes básicos como agua embotellada y gas podría profundizar la desigualdad social, tensionar la economía informal y alimentar conflictos locales. La crisis energética actúa como un catalizador de tensiones latentes.