Del presidente antiguerras al profeta de los 'cambios de régimen': la transformación de Donald Trump

Del presidente antiguerras al  profeta de los 'cambios de régimen': la transformación de Donald Trump

Uno de los tuits más conocidos y citados de Donald Trump se publicó en 2011 y decía: "Barack Obama atacará Irán para lograr ser reelegido". No fue una ocurrencia esporádica. En 2012 repitió: "Ahora que las encuestas de Obama están en picado, estén atentos a si lanza un ataque en Libia o Irán. Está desesperado". En 2013, fue más allá: "Hoy predigo que en algún momento Obama atacará Irán para lavar su cara", y poco después recordó ese mensaje añadiendo que el ataque sería la forma del ex presidente de encubrir "su incapacidad para negociar".

Ahora, 15 años después, el que ha atacado Irán, dos veces nada menos en apenas unos meses y mientras negociaba con ellos, ha sido Trump, en medio de su mayor crisis interna y con todas las encuestas indicando que los republicanos serán ampliamente derrotados en las elecciones legislativas de medio mandato, en noviembre.

Hay sin embargo mucho más que un intento desesperado de lograr cohesión y frenar la sangría de votos y la caída de popularidad con una intervención militar, un clásico de la política estadounidense.

Con el ataque de hoy, y su apuesta por un cambio de régimen, se desmonta ya definitivamente uno de los mitos más asentados en el imaginario colectivo conservador: el de que Trump era un presidente antiguerras, anti intervenciones, contrario a los experimentos de construcción de naciones y de democratización a través de las bombas.

Trump llegó al poder y, sobre todo, volvió a la Casa Banca con un mensaje singular en política exterior que ha calado entre sus simpatizantes de todo el planeta. No es ni ha sido nunca un aislacionista, pero Trump lideró al movimiento MAGA abogando por que EEUU dejara de intentar ser el policía del mundo y concentrara su dinero, sus recursos y su atención en América y los americanos.

Bombardeos a siete países

Apostaba por intervenir, y mucho, pero a través de aranceles, acuerdos. O eso decía. "Vamos a dejar de correr para derrocar regímenes extranjeros de los que no sabemos nada, con los que no deberíamos involucrarnos", dijo Trump, en ese momento presidente recién elegido cerca de la base militar de Fort Bragg en Carolina del Norte, a finales de 2016. "No buscamos un cambio de régimen en Irán. Quiero dejarlo claro", dijo Trump y repitió una y otra vez al final de su primer mandato.

El gran mantra de sus partidarios es que en su primer mandato no empezó ninguna guerra. Pero desde enero del año pasado ha bombardeado ya siete países, amenazado con anexionarse Groenlandia o Panamá, con quedarse Gaza, ha capturado al presidente de Venezuela para dirigir el país en la distancia, habla de una "toma amistosa de Cuba", ha hundido decenas de lanchas en medio del mar matando a más de 100 personas sin rendir cuentas y ha atacado de nuevo Irán, animando a sus ciudadanos a tomar el control del país. Todo mientras las explosiones se multiplicaban por toda la región en una espiral de caos y violencia, mientras el presidente estaba en su residencia de Florida.

"Cuando terminemos, tomen el control de su gobierno. Será suyo. Esta será probablemente su única oportunidad en generaciones. Durante muchos años, han pedido la ayuda de Estados Unidos y nunca la recibieron. Ningún presidente estuvo dispuesto a hacer lo que yo estoy dispuesto a hacer esta noche. Ahora tienen un presidente que les está dando lo que quieren. Estados Unidos los respalda con una fuerza abrumadora y devastadora. Ahora es el momento de tomar las riendas de su destino y de desatar el futuro próspero y glorioso que está a su alcance. Este es el momento de actuar. No lo dejen pasar", instó Trump a los iraníes en un mensaje en la madrugada del sábado.

La narrativa de la última década insistía en que Trump y el trumpismo habían aprendido la lección de Irak y de Afganistán, pero también de Vietnam, Libia y hasta Bahía de Cochinos. No sólo sobre el peligro de involucrarse con tropas sobre el terreno. Sino ante la tentación de los cambios de régimen y el 'nation building', el intentar convertir a regímenes autoritarios, dictatoriales, en democracias por la fuerza.

Intervención occidental

La idea de que los ciudadanos de países oprimidos recibirían con los brazos abiertos al invasor/liberador parecía desterrada. El propio Trump, desde Arabia Saudí, lo dejó muy claro en 2025, cuando dijo en un discurso muy relevante, entre elogios al desarrollo del reino y de los emiratos del Golfo, que su "transformación no ha provenido de intervencionistas occidentales... que les den sermones sobre cómo vivir o cómo gobernar sus propios asuntos. No, las relucientes maravillas de Riad y Abu Dabi no fueron creadas por los llamados 'constructores de naciones', los neoconservadores ni las organizaciones liberales sin ánimo de lucro, como quienes gastaron billones de dólares en el fracaso del desarrollo de Kabul y Bagdad, y tantas otras ciudades", manifestó entre aplausos.

Lo cierto es que Trump ha sucumbido a la misma tentación que sus predecesores, aunque sea por razones diferentes, a ritmos diferentes, con un estilo diferente. Y ha mostrado en el camino que es muy sensible a las presiones o seducciones de líderes como Benjamin Netanyahu o los de los países del Golfo, especialmente los enemigos de Irán y del chiismo, los que hoy ven drones estallar en sus ciudades. Muy sensible también a los intereses geopolíticos y económicos y a las prebendas de los mismos que le ofrecen aviones como regalo o invierten miles de millones en los negocios de su familia.

Hay una célebre tribuna de JD Vance, que se había hecho famoso por un libro de memorias pero que entonces no era nadie en política, publicada en The New York Times en abril de 2016, antes de las elecciones que convirtieron a un multimillonario magnate en líder de EEUU.

Vance, que entonces criticaba y hasta llamaba "el Hitler de América" a Trump, explicaba por qué su mensaje antiguerra tenía mucha pegada en el país, especialmente entre la población blanca, como su familia. "Donald J. Trump atormenta a una élite republicana incapaz de admitir sus propios fracasos. Cada vez que critica la Guerra de Irak, cada vez que denuncia a un político por elogiar a George W. Bush, cada vez que se queja de que nuestro país ya no gana, puedo oír a mi abuela vitoreando", decía Vance.

"Trump no es apto para el cargo más alto de nuestra nación. Pero a quienes se han sentido humillados por la derrota, les promete que volveremos a ganar. A quienes se sienten desanimados por un gobierno incapaz de cuidar de las personas que envió a la guerra, les promete cuidar de nuestros veteranos. A los votantes furiosos con los políticos que enviaron a sus hijos a luchar, sangrar y morir en Irak, les dice lo que ningún político republicano importante en una década ha dicho: que la guerra fue un terrible error impuesto al país por un presidente incompetente".

Usar el poder militar

¿Qué ha pasado desde entonces? Muchas cosas. Trump, que en su primer mandato se burlaba de los soldados diciendo que era estúpido morir en guerras, y que en el segundo ha recortado los fondos para veteranos, ha logrado sin embargo que calara esa imagen antibélica pero pro ejército frente al establishment de Washington. Pero tanto su retórica como su pasado, apoyando guerras y ataques, como la práctica son bien distintas.

Trump tiene una visión muy clara del poder, y nadie acumula más poder militar que EEUU. Y en su cosmovisión, tener ese instrumento y no utilizarlo es absurdo, irracional. Le parece idiota arriesgar vidas estadounidenses para frenar una sangría en África o para intervenciones humanitarias, pero no para bombardear a sus enemigos. Para castigar a los que matan cristianos en Nigeria. Para destruir instalaciones nucleares iraníes. No para capturar a Maduro si le prometen que puede hacerse sin bajas. Lo usa como amenaza constantemente, contra todo el mundo, enemigos y aliados.

Maduro, tras ser capturado por agentes de EEUU.

Maduro, tras ser capturado por agentes de EEUU.Efe

El de hoy es el mismo Trump que disfrutó enormemente con la eliminación de Qasem Soleimani, de la que habla de forma recurrente regodeándose. O de los ataques para destruir al Estado Islámico.

Hoy tiene incentivos para desviar la atención del caso Epstein, la economía o las constantes amenazas de cara a las elecciones de noviembre. Pero hay también un cambio de fondo que se puede explicar apelando a la mencionada tribuna de JD Vance de 2016 y al corazón de la filosofía trumpista.

En su escrito, el hoy vicepresidente decía que "hace 60 años, los estadounidenses miraban hacia Europa y Asia y veían continentes liberados y déspotas derrotados. Con el Estado Islámico arrasando, hoy miran hacia un Oriente Medio humillantemente peor que como lo encontramos". En la cosmovisión del presidente, las últimas décadas han sido un fracaso continuo, especialmente en Oriente Próximo, e Irán es un recordatorio diario de ello. En su vídeo de la madrugada del viernes al sábado, lo menciona expresamente: "El régimen iraní que históricamente ha atacado a las fuerzas e intereses estadounidenses. La toma de la Embajada estadounidense en 1979, el atentado con bomba en Beirut en 1983 y el ataque al USS Cole en 2000. Las fuerzas aliadas de Irán también han participado en numerosos ataques en Oriente Medio", citó.

Para Trump, Irán es la demostración de políticas fallidas, de perdedores. Y si algo obsesiona al presidente es la idea de ser un ganador. Lo dice y repite todo el tiempo. Y lo recalcó de forma clara en el Discurso del Estado de la Unión. "No paramos de ganar, me lo dice todo el mundo".

Por eso, tras ver en directo como si fuera una película o un videojuego a sus tropas en Caracas, o tras el éxito del bombardeo de junio, con un despliegue nunca visto por todo el planeta, Trump está en un momento de euforia.

Cree que es imparable, invencible, y que puede resolver de una vez cualquier cosa. Igual que piensa que ha parado ocho o nueve guerras y merece el premio Nobel por eso, cree que puede reconfigurar de una vez por todas el tablero global, resolviendo todo lo que sus predecesores no pudieron: Ucrania, Gaza, Siria, Irán.

Trump, arrastrado por su propia retórica y filosofía, empujado por dos éxitos indiscutibles y espectaculares desde en punto de vista militar, no sólo presume de tener un ejército capaz de hacer cosas que nadie más puede hacer, sino que se ha generado a sí mismo tiempo la necesidad de ir a más, aunque eso rompa al movimiento MAGA, alianzas históricas o su base de votantes. La necesidad de seguir buscando lo que nadie ha conseguido. Y en la historia de EEUU, al menos desde Jimmy Carter, eso significa derrotar y derrocar a los ayatolás. Al precio que sea.